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Médicos en Venezuela: La emergencia que dejó miles de heridos y el impacto psicológico en el personal de salud

Médicos en Venezuela: La emergencia que dejó miles de heridos y el impacto psicológico en el personal de salud

Angélica Camargo, médico residente del Hospital Miguel Pérez Carreño, lleva semanas conteniendo las ganas de llorar. Desde los terremotos, han pasado cientos de heridos por la sala de emergencia del hospital. La mayoría con lesiones que terminaron en amputación, además, ha habido mucha alteración psicológica entre los pacientes, pero también en el personal de salud. Entre los lesionados había muchos niños y niñas. Aquel panorama ha provocado nudos en la garganta de Angélica, quien, por momentos, sale a tomar aire a la entrada del hospital en un intento de recomponerse. Lo que ha visto desde el 24 de junio la ha sobrepasado en varias oportunidades.

“No tengo palabras, uno trata de hacer lo que puede. A veces quisiera poder hacer más, la verdad. Hay mucha necesidad. Llegan muchas personas buscando, mostrando fotos. Uno trata de darles paz, los invitamos a pasar a las salas para que miren a los pacientes, pero tristemente no ha podido presenciar algún reencuentro”, dice Angélica.

Tres semanas después, el gobierno estima que el doble sismo ha dejado más de 16.700 heridos y casi 4500 fallecidos. Sin embargo, no se habla del número oficial de personas desaparecidas, cifra que —organizaciones internacionales y organizaciones independientes en Venezuela—, estiman está entre los 30.000 y los 50.000 extravíos.

Al Pérez Carreño han llegado tantos pacientes como donaciones. “Es impresionante ver cómo el venezolano se ha movido para ayudar en medio de la tragedia”, añade. Gracias a esa solidaridad el hospital se mantiene abastecido, una excepción en un sistema de salud donde la escasez de insumos se ha vuelto parte de la rutina tras más de una década de crisis que en 2017 llegó a ser del 80% en medicamentos esenciales. “Ojalá todo siga como va, todo ha mejorado bastante”, expresa Angélica, aferrándose a la esperanza de que ese apoyo no desaparezca.

Domingo Luciani

Al otro lado de la ciudad, en el Hospital Domingo Luciani, Iremy Herrera y Yoseanny Escobar, médicos pediatras, descansan unos minutos en el cafetín del hospital. Permanecen en silencio, mientras revisan sus celulares. Son médicos residentes del Hospital J. M. de los Ríos, el centro de salud infantil más grande del país. En años anteriores este mismo centro de salud fue noticia por la muerte de al menos 100 niños entre 2017 y 2022 en espera de trasplante. La razón: el programa de trasplante continúa suspendido desde hace nueve años.

El personal de salud del Domingo Luciani no fue suficiente para atender a la cantidad de pacientes que llegó tras la emergencia. Iremy y Yoseanny están allí prestando apoyo, pero la falta de personal tiene una razón. Al menos el 40% de los médicos venezolanos son parte del masivo éxodo venezolano, según datos de la Academia Nacional de Medicina.

A las emergencias siguen llegando pacientes. Personas que pensaron que sus heridas no eran tan graves y ahora están complicadas. También están llegando casos de vómito, diarrea e infecciones, la mayoría producto del hacinamiento en los refugios. La mayoría de los pacientes pediátricos atendidos en este hospital tienen miembros comprometidos. Uno tiene lesiones en un brazo y una pierna, desarrolló una falla renal como parte de las complicaciones. No sabe que su mamá y su papá quedaron tapiados. Quienes lo acompañan son sus hermanas mayores, que han tenido que dormir en la sala de espera porque no tienen a dónde regresar.

“Están presentando algo que se llama síndrome compartimental. Esto quiere decir que el miembro, la mano o el pie, quedó atrapado. El atrapamiento provoca que el músculo y la piel también se lesionen, eso crea una inflación tan grande que la circulación también se compromete. Se hacen múltiples cirugías para tratar de salvar el miembro pero no sabemos si va a terminar en amputación, que es lo que siempre tememos”, explica Iremy.

Otra niña tiene lesionado un brazo. La primera atención la recibió a través de su seguro médico privado, un privilegio en Venezuela, donde apenas 6,6% de la población tiene una póliza de seguro. Ahora está en el Domingo Luciani. La acompaña su mamá, pero su papá y su hermana fallecieron, aún no lo sabe. Otro paciente tiene una lesión en una pierna. Los médicos están haciendo todo lo posible para que no la pierda, pero se comprobó que tiene lesión vascular, lo que quiere decir que el miembro está “bastante comprometido”. Está con su papá. La doctora Iremy no ha querido preguntar por la mamá, pero intuye que falleció. Este paciente, además, está dentro del espectro autista y su manejo de las emociones es diferente. Así lo dejó ver tras una réplica que le originó una crisis ansiosa.

“Aguantarse las ganas de llorar y guardarse los sentimientos que a veces uno quisiera demostrar, porque uno también es humano, pero tú como médico no puedes desvanecerte viendo la situación de un paciente, es fuerte para nosotros, pero hay que dejar eso a un lado y seguir. Nosotros como médicos, en algún momento, vamos a necesitar ayuda psicológica, porque estamos ya exhaustos y un poco colapsados”, cuenta Yoseanny.

El nivel de ayuda que ha llegado al hospital no deja de sorprender al personal médico. Gracias a ello, casos como los de estos niños, que requieren atención multidisciplinaria, ahora cuentan con medicinas y materiales que, fuera de esta catástrofe, no hubiesen podido recibir. “Estos pacientes necesitan materiales y medicinas especiales que regularmente no las hay en Venezuela. Injertos y materiales de cicatrización o para fracturas que no los hay, y que, afortunadamente, gracias a la ayuda de fundaciones, laboratorios y personas particulares se ha podido solventar la situación, pero, si uno de estos pacientes hubiese venido fuera de la tragedia, el desenlace sería peor”, explica Iremy.

José María Vargas

Angeles González es una joven de 19 años que cursa el último semestre de enfermería. Apenas está en fase de pasantías en el Hospital José María Vargas de Caracas. Ninguna de las clases que vio durante su formación académica la preparó para el tamaño de la emergencia, pero su vocación le dio la fuerza que necesitaba para hacer el trabajo. Desde el 24 de junio ha tenido que prestar servicio en varios hospitales. Lo peor lo vio en el Pérez Carreño. “Allí experimenté realmente lo que es ser personal de salud”, cuenta.

Allí vio morir a un paciente por primera vez. “Fue fuerte”, dice, al igual que ver cómo las personas iban en busca de sus familiares y no lograron encontrarlos entre los heridos. “Eso me marcó (…) A uno como personal de salud le enseñan, de cierta forma, a reprimir los sentimientos, pero uno igual es humano”, dice. Angeles estudió medicina porque quería conocer cómo funciona el cuerpo humano. Ahora, después de esta experiencia, quiere ejercer apoyo a las personas que atraviesan momentos complicados dentro de un centro de salud. “Esta es una profesión muy humanista y para la que hay que tener mucha empatía, y eso es algo que me representa”, afirma esta joven enfermera.

La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.

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