La Madre Resiliente: Mari Delgado y la Búsqueda del Cuerpo de Su Hijo en Catia La Mar Tras el Terremoto
Para la madre que aguarda por el cuerpo de su hijo, la ausencia de equipos pesados durante las primeras horas del desastre selló el destino de quienes quedaron atrapados bajo los bloques de la torre C del urbanismo Luisa Cáceres de Arismendi.
Mari Delgado pasa las horas sentada sobre las toneladas de concreto que sepultaron a su hijo. Los rescatistas y obreros que remueven los escombros en Catia La Mar ya la conocen con un nombre que describe su entereza: “la mamá que no quiere irse”.
Permanece inmóvil, instalada exactamente sobre el punto donde su certeza de madre le dicta que está el cuerpo del niño. Desde allí observa las excavadoras que se mueven en las edificaciones vecinas, ignorando el peligro de desplome de las estructuras que siguen en pie.
“Yo sé que está por aquí. Ese instinto de mamá me lo dice. Sé que está muerto, porque ya llevamos cinco días”, relata la madre de 36 años.
Foto | Lucía Ramírez
Para ella, la ausencia de equipos pesados durante las primeras horas del desastre selló el destino de quienes quedaron atrapados bajo los bloques de la torre C del urbanismo Luisa Cáceres de Arismendi.
“Si los materiales y máquinas como ganchos y excavadoras hubiesen llegado, hubiesen sacado más sobrevivientes y muertos”, reclama. “A nosotros los que nos dieron fue mandarria, pico y pala para que nosotros mismos sacáramos los cuerpos”.

Foto | Lucía Ramírez
El doble terremoto del pasado miércoles 24 de junio sacudió con fuerza el centro y el norte costero del país, dejando a su paso fallas de borde, vías agrietadas y el desplome de edificaciones tanto en la capital como en el litoral central. Las réplicas recurrentes mantienen bajo alerta a los equipos de rescate por la inestabilidad de los terrenos.
Poco antes de la primera sacudida, el niño fue a visitarla a la bodega cercana donde ella trabajaba.
“Él había ido a la bodega a tomar agua. Me dijo: ‘mamá, dame agua’. Yo le dije que cuidado. Él respondió: ‘dale mami, nos vemos ahorita’”, recuerda.
Tras despedirse, el niño regresó a la cancha del complejo residencial. Mari se quedó en el comercio. Aunque ellos vivían en el piso 11 de la estructura, la emergencia los atrapó separados.
Al momento del sismo, alguien en la calle les gritó a los muchachos de la cancha que corrieran. El aviso no bastó. Los dos primeros pisos de la torre se deslizaron por completo y sepultaron el área de juego bajo el peso del resto del edificio.

Foto | Lucía Ramírez
La dueña de la bodega intentó alertar apenas recibió la notificación de alerta sísmica de Google en su teléfono celular, pero el colapso de la estructura fue inmediato.
“Esto era un poco de humo, un polvero, la gente gritaba pidiendo ayuda”, rememora.
Quienes caminan hoy al lado de la estructura comentan que la mujer luce tranquila, pero ella describe la procesión que lleva por dentro.
“Esto es un dolor que siento en la boca del estómago que me está matando durísimo. No se lo deseo a nadie. Es una presión que sientes en tu pecho porque sabes que tu hijo está por aquí”, explica. Su única meta actual es encontrarlo para no dejarlo tapiado.
A pesar de las advertencias de las autoridades por el peligro de desmoronamiento, Mari no se moverá de Catia La Mar sin él. “Yo tengo que llevarme el cuerpo de mi hijo”, insiste. Comenta con firmeza que no permitirá que su hijo quede sepultado para siempre como tantos en la tragedia de 1999, cuando los deslaves en el estado Vargas sepultaron comunidades enteras bajo toneladas de lodo y rocas, dejando a miles de familias sin cuerpos que enterrar. Para ella, marcharse vacía es repetir ese olvido histórico de la región.
Los socorristas le piden distancia por seguridad. Le prometieron que, si localizan los restos de los niños que se encontraban en la cancha, la llamarán de inmediato para el reconocimiento.
Alrededor de la ruina se despliegan funcionarios de Protección Civil, bomberos y de la Dirección General de Contrainteligencia Militar (Dgcim). Sin embargo, el reclamo generalizado de las familias apunta a la falta de previsión en los materiales de construcción estatales.

Foto | Lucía Ramírez
“Yo no quiero refugio, no quiero apartamento, no quiero nada. Estas son unas construcciones mal hechas. Esto y que era antisísmico y mira, un terremoto y todo se derrumbó”, reclama Mari mientras señala los apartamentos contiguos, desprovistos de paredes externas, que ahora muestran las salas y cuartos vacíos a la intemperie.
Su decisión está tomada. Cuando logre recuperar el cuerpo de su hijo, dejará los escombros de Catia La Mar y se marchará definitivamente a Caracas.
72 horas de inasistencia
“Cuerpo de bomberos de Caracas: ¿Hay alguien con vida?”, grita un funcionario en medio de los bloques caídos. El eco de su voz exige el silencio de cientos de personas que aguardan en las aceras por noticias de sus familiares.
Las motos y los vehículos apagan sus motores de inmediato. Durante una hora entera, nadie hace ruido. La única prioridad es captar cualquier vibración o sonido humano bajo la superficie. Los rescatistas se observan y corren en completo silencio, como si ni las pisadas tuvieran permiso de interferir. Minutos después, operan un escáner para detectar ruidos.
Los sobrevivientes del urbanismo Luisa Cáceres de Arismendi agradecen el apoyo actual, pero reclaman el desamparo de las primeras 72 horas. Ese lapso inicial es la ventana médica crítica en estructuras colapsadas; es el tiempo límite en el que las probabilidades de encontrar sobrevivientes con vida son altas antes de que la deshidratación, el aplastamiento o la falta de oxígeno causen daños irreversibles.
“No nos habían traído las máquinas. Nosotros las detuvimos porque las querían pasar derecho”, denuncia Doris Romero. Ella y sus vecinos trancaron el paso de los camiones pesados que se dirigían a otros sectores para obligarlos a trabajar en su bloque.
Doris espera por su hija Brenda Mora, de 17 años, quien al momento del temblor estaba en su apartamento, ubicado en el piso 3.
“Anoche y en la madrugada se escuchaba gente ahí. Yo creo en Dios y sé que me hará el milagro. Nadie me ha dicho nada sobre mi hija y sé que está viva. Algo me lo dijo aquí”, manifiesta con la mano sobre el pecho.

Foto | Lucía Ramírez
Fe en Playa Grande
A pocos metros, en el sector Playa Grande, la remoción de escombros depende de la juventud de la zona. Un grupo de siete muchachos saca piedras y dobla cabillas por su cuenta. Entre ellos está Rayner Tovar, de 18 años, quien acudió de forma voluntaria para buscar a sus amigos atrapados en las edificaciones del sector.
Lleva tres días consecutivos en la tarea, todavía sin resultados. “No he conseguido a ninguno. Todo esto quedó feo. Horrible. Pero tengo fe en que los voy a encontrar”, afirma Rayner.
El joven critica la actuación de las autoridades en este tramo de la costa. Asegura que las comisiones policiales se concentran en custodiar el retiro de electrodomésticos de los locales en lugar de agilizar las labores de salvamento.

Foto | Lucía Ramírez
“No mandan maquinarias, no mandan nada. Uno mismo es el que está sacando los cuerpos”, denuncia. También lamenta la llegada de personas que acuden al sitio del desastre solo a tomar fotografías en vez de sumarse a las cuadrillas de trabajo. En esa parte del litoral, muchas estructuras quedaron destrozadas y las carreteras lucen con grietas profundas.
“Me salvó una mentira”
Daniel Romero permanece sentado en la entrada del edificio Aguja Azul. Intenta respirar profundo para controlar un mareo constante debido a la falta de alimento. El cuerpo le pide nutrientes por mera supervivencia, pero la angustia le impide pasar bocado.
El día del terremoto fue junto a sus dos hermanos a un centro comercial en la Candelaria, en el centro de Caracas. Para ausentarse de su empleo a distancia, mintió a sus supervisores y reportó una supuesta falla eléctrica en su zona. Ese engaño evitó que estuviera en su casa al momento de la sacudida.
Minutos antes de salir, el hombre de 32 años intentó convencer a su madre de que los acompañara al centro de la capital, pero ella prefirió quedarse en la vivienda junto a su padrastro.

Foto | Lucía Ramírez
Con una mueca que intenta dibujar una sonrisa, Daniel repite que una mentira le salvó la vida, aunque el remordimiento por no haber hecho más esfuerzos para sacar a su madre de la residencia lo acompaña desde entonces. El apartamento, ubicado en la planta baja, quedó completamente sepultado bajo el peso del resto de la estructura.
En este punto trabaja un equipo de rescate proveniente de Chile. Los brigadistas internacionales se acercan de vez en cuando, conversan con él y le aseguran que hacen lo posible en la excavación.
Daniel confiesa que perdió la noción del tiempo. Su mente sigue fija en la tarde del miércoles, cuando el temblor cortó las comunicaciones y lo obligó a regresar a toda prisa a casa tras intentar llamar a su madre, sin recibir respuesta alguna.



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