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El legado periodístico de Ricardo Escalante: recuerdos de la democracia venezolana y sus protagonistas

El legado periodístico de Ricardo Escalante: recuerdos de la democracia venezolana y sus protagonistas

Lo mejor de leer un libro como el de Ricardo Escalante, En voz alta (autoedición, Amazon), es la posibilidad de asistir a la etapa democrática venezolana desde la mirada y la experiencia de un testigo privilegiado. El libro es prologado por Beatrice Rangel.

Escalante guarda la Historia ―así, con mayúscula― en el puño de su mano y con ella teclea. Guarda la evolución política del país contada desde su privilegiada posición de reportero en varios medios, sobre todo El Universal y El Nacional. Guarda su vivencia directa, alimentada de la serenidad que da el tiempo transcurrido. Guarda sus conversas con Gonzalo Barrios, su asombro ante las rencillas de algunos próceres.

Guarda su cabal entendimiento del papel principal que desempeñó Betancourt, aun sin pretensiones forenses, es decir, «sin el propósito de practicar una autopsia política que corresponderá a historiadores y sociólogos». Es cierto: su trabajo es producto de crónicas, notas y entrevistas entresacadas de sus cuadernos o de algún grabador que hoy será un vejestorio. En síntesis, su libro es una radiografía vívida de un país protagonizado por hombres con defectos y pasiones, pero sobre todo convencidos de su condición democrática.

Acaso el chavismo, en estos precisos instantes, da paso tras paso hacia un foso insondable: a estas alturas, todavía es difícil vaticinar tal paso y tal foso; lo cierto es que esta otra casta de venezolanos aborda por Escalante determinó un país ―aun lleno de desigualdades y manejado con torpeza― que fue el de las posibilidades: de progreso y de bienestar.

Esa cualidad, la de las posibilidades, retoma ahora su vigor. Las tramas humanas están en el libro, mezcladas, claro, con corrupción, ambiciones desmedidas y pasiones amotinadas por el ego.

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Ponerse en las botas de Ricardo Escalante para revisar los intríngulis del caso Sierra Nevada y aquel reconcomio que levantó Carlos Andrés Pérez, para volver en 1989 por virtud de su carisma y conformar su gabinete de 20 puntos, para finalmente ser trincado por las mandíbulas de los Notables. Ponerse no en sus botas, pero al menos a bordo de su libreta de apuntes para conocer cómo fue la conversación terrible entre Eduardo Fernández y Rafael Caldera al disputarse una candidatura presidencial. O asistir al decaimiento de Gonzalo Barrios en su casa de Las Mercedes, donde vivía con una hermana. Leer, para evocar o imaginar aquellos días, desde el oficio que debe registrar las noticias, encadenarlas unas con otras, sopesarlas, tomarles el pulso en su contexto, mirándolas al trasluz para obtener una gran historia.

¿Cómo lo lograba, el tubazo? Algunas veces sentándose a conversar con Barrios, simplemente; otras veces bastaba reproducir una voz de autoridad, una declaración. Escalante daba tubazos a cada momento. Contaba con su Garganta Profunda, también con su capacidad deductiva. Así bordeaba la realidad. De allí, de esa capacidad para dar tubazos, nace esta pregunta:

―Parece que hoy el periodista no levantara demasiado su trasero de la mesa donde tiene la computadora junto al celular, ¿no?

―Es verdad, pero es que los periodistas no podemos desestimar los avances tecnológicos. Todo lo contrario, tenemos que utilizarlos y hacerlo de la mejor manera posible, sin abandonar las fuentes directas, porque debemos acudir a ellas, cultivarlas, entablar relaciones amplias y conocer las causas de los hechos y sus entornos. En la medida en que el periodista esté más y mejor informado, más calidad tendrá su trabajo y su impacto será mayor.

―Parece que hubiese cataratas de información y opinión cada día.

―Pero el periodismo tiene que seguir adelante y abrirse camino. En el caso específico de los venezolanos, tengo algo deplorable que decir: ahora casi no leen, se limitan a las redes sociales y son excepciones los que acuden a los libros. Esa es la verdad y a ello ni siquiera escapan los nuevos periodistas.

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Lo que hace Escalante en su libro es una especie de devolución de la papilla de periodismo que ingirió durante décadas. Por eso le pido que compare el periodismo de antes con el de hoy. Y lo expresa de este modo:

―El periodismo está afectado por la fragmentación, pero ninguna actividad humana queda exenta. Todo se ha simplificado y, por supuesto, unas actividades más que otras. La educación, por ejemplo, es uno de los sectores más perjudicados y uno lo nota en estudiantes de distintos niveles, con lecturas superficiales, con investigaciones y tareas circunscritas a la inteligencia artificial. Solo los verdaderamente inquietos y deseosos de conocimiento pasan horas entre libros, laboratorios, etcétera….

―Ya no se habla de tubazos.

―Es verdad, ya no se habla de tubazos; en honor a la verdad, las exclusivas no han desaparecido y no pueden desaparecer porque son esencia del periodismo. Han cambiado los enfoques y las maneras de lograr las primicias, pero su desaparición significaría la uniformidad total de los medios y es imposible pensar en la existencia de un solo medio. Todo lo contrario: ahora vemos la figura del periodista independiente. Algunos están muy capacitados y son influyentes, como tiene que ser. Hay, por supuesto, chapuceros, algunos llamados influencers. Sin embargo, dice, el hombre no puede dar marcha atrás «porque la verdad es que los avances tecnológicos son trascendentales».

―Y, dime una cosa, Ricardo, viendo toda esa Historia en perspectiva, ¿el venezolano es absolutamente culpable de lo que le pasó?

―Sí. Claro. ¿Por qué? Yo no voté por Chávez. Ni la primera vez ni ninguna vez, pero fuimos los venezolanos quienes votamos mayoritariamente por él. Lo elegimos presidente a pesar de que él mató, no con sus manos, pero sí con sus instrucciones: dejó muertos en el país, heridos, ocasionó daños a la infraestructura del país, intentó un magnicidio que por fortuna no logró cometer. A pesar de todo eso, y a pesar de que estaba sometido a un juicio, llegó el inefable doctor Caldera y lo sobreseyó.

Para él, la corrupción en las Fuerzas Armadas fue un factor decisivo en el golpe del 4-F y lo que vino después.

―Fuimos todos los hombres, pero unos más que otros; y me preocupa mucho la posibilidad de que al país vuelva a llegar un líder autoritario. Tenemos que tratar de evitar figuras autoritarias.

―Umjú. ¿Me puedes poner un ejemplo?

―Es mejor evitar dar nombres, pero hay unas figuras que ya asoman en ese camino. ¿Por qué no mencionarlas? Porque creo que estamos a tiempo de corregir y creo importante que en Venezuela, dentro del proceso que está a punto de comenzar, surjan movimientos y partidos políticos sólidos, con democracia interna.

―Pero, ¿ves el futuro del país luminoso o temes un panorama incierto, con nubes?

―Creo que el panorama del país del que hablamos es incierto porque hay cosas que no se han definido. Nadie sabe cómo ni cuándo serán las elecciones ni cómo será el proceso de escogencia para elegir autoridades nacionales. Es necesario a segurar un poder legislativo que ejerza el contrapeso.

A Escalante le inquieta, igualmente, el tema petrolero, el asunto de las regalías, y se pregunta si volverán Las 7 Hermanas. Recurre al esfuerzo sostenido que tuvieron que hacer Rómulo Betancourt y Pérez Alfonzo para asegurar ciertas condiciones. Ese esfuerzo se está descuadernando. La nacionalización que hizo Carlos Andrés Pérez con el petróleo está en veremos… «No solo en veremos, en duda».

Sí, algunos podrán decir que Ricardo Escalante es un hombre atado al pasado. Sin embargo, es una voz acostumbrada a dar tubazos. El tubazo no es un truco de prestidigitación; solo lo pueden dar ―y bien duro― aquellos periodistas que ven una noticia donde otros no la ven.

La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.

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