El legado del soldado lituano: De prisionero de guerra a mentor de Antanas Mockus en Colombia
El llanto de una niña italiana de 10 años fue uno de los pocos sobresaltos que presentó el largo viaje hacía América en el Amerigo Vespucci. El filólogo Juozas Zaranka estaba listo para desembarcar en el puerto de Buenaventura y empezar una nueva vida junto a sus dos nuevos amigos Alfonsas Mockus y Nijolė Šivickas, joven pareja de esposos lituanos que también estaban huyendo de la guerra.
El propósito del Comité Católico Lituano era traer a Colombia a 1800 afectados por la II Guerra Mundial. Los Mockus y Zaranka fueron de los primeros en llegar.
Todo el equipaje de Juozas era una fotografía suya vestido de soldado alemán, un tomo de Novelas Ejemplares de Cervantes con el que aprendía español y la ropa que llevaba puesta. Después de dieciocho meses de cautiverio al que lo sometieron los soviéticos, no necesitaba más. Lo primero que hizo apenas lo soltaron del campo de concentración fue irse para la Universidad de Lovaina y graduarse como filólogo con una tesis en latín acerca de Plinio el Joven.
Los tres lituanos se instalaron en Teusaquillo. Era una casa de tres pisos, con una sala, dos dormitorios, un cuarto que acomodaron como estudio y un pequeño patio. Era un barrio agradable que llevaba dos años levantándose de entre las cenizas del trágico 9 de abril de 1948.
Se estima que, por esos tiempos, Colombia se convirtió en el destino de aproximadamente 550 refugiados lituanos que se esparcieron a lo largo y ancho del país. En ciudades como Medellín, la comunidad de migrantes construyó la Casa Lituana, mientras que la presencia lituana en Bogotá estuvo marcada por una inmensa concentración de intelectuales y académicos que enriquecieron las instituciones académicas y artísticas del país.

La casa lituana fue construida en 1957 y es la única en su especie en todo el país.
La vida Juozas Zaranka antes de su llegada a Colombia
Apenas terminó el bachillerato en Utena, una pequeña ciudad ubicada al norte de Lituania, Zaranka entró a la universidad a estudiar humanidades. Allí, descubrió su pasión por la cultura griega a la que le dedicaría el resto de su vida. Mientras los nazis cometían todo tipo de atrocidades con los judíos de su pueblo, Zaranka vivía veinte o treinta siglos atrás, entretenido con los concursos de teatro de las fiestas dionisíacas o con las envolventes conversaciones de Sócrates.

Sin embargo, una noche de 1944, mientras caminaba junto a su hermano, la cruda realidad lo sacó de su fantástico mundo griego. Una patrulla del ejército nazi los reclutó. El intelectual Juozas Zaranka fue inscrito como un soldado alemán.
En Lituania -como ya había sucedido en cualquier tierra a la que llegaban- el ejército comandado por Adolf Hitler cometió todo tipo de atrocidades. Se estima que asesinaron a doscientos mil judíos en todo el país. Tal como contó años después Abraham Malnik, sobreviviente de la barbarie nazi, los obligaban a desnudarse y luego les disparaban a sangre fría.
Enseguida, las montañas de cadáveres eran aplanadas con tractores que abrían espacio para las siguientes filas de víctimas. En uno de esos batallones militaba Zaranka, pero nunca reconoció ser partícipe de semejantes crímenes. Por el contrario, cuando le preguntaban al respecto, aseguraba que nunca le dieron un arma y que su labor como soldado alemán era subirse a los postes de la luz para quitarles el cobre.
Cuando los alemanes se vieron sometidos por los soviéticos, estos capturaron a Zaranka como prisionero de guerra. Sin embargo, nunca pudieron comprobar su participación en las atrocidades que cometió su batallón y, por esta razón, lo liberaron.
Las primeras semanas de los tres lituanos en Bogotá
La primera que consiguió trabajo de los tres lituanos recién llegados a Bogotá fue Nijole. La contrataron como ilustradora de la revista Cromos. Después su esposo se ubicó en una empresa de metalmecánica llamada Distral S.A., la cual fue liquidada en 1999. Aunque lejos de casa, Zaranka también consiguió trabajo en su especialidad, dictando clases de literatura antigua en el entonces municipio rural de Soacha.
Dos años después llegaron los hijos al matrimonio de los Mockus: Antanas fue el primero, luego llegó su hermana Ismena. Zaranka los recibió como si fueran sus propios hijos. Su horario de profesor le permitía llevarlos al colegio cuando se les hacía tarde. Además, en los tiempos libres les leía libros que poco a poco iban cocinando un carácter provocador, intelectual y rebelde en los dos pequeños.

Alfonsas Mockus con sus dos hijos Antanas y Ismena.
La inigualable preparación académica de Zaranka lo llevó a ser profesor de planta de la Universidad Nacional. A principios de los sesenta conoció a María Jankauskas, su primera esposa. Abandonó, entonces, la casa de los Mockus. La pareja se fue a vivir al barrio El Recuerdo, en una casa donde los miles de libros del filólogo ocupaban todos los rincones posibles.
Sus colegas recordaban la intensa alegría que experimentaba Zaranka cuando iba a las oficinas de correos de los edificios Murillo Toro o Avianca, en el centro de Bogotá, para reclamar los paquetes de libros importados en su mayoría de Hamburgo.
La temprana partida de Alfonsas Mockus
Sin embargo, prontamente la muerte tocó la puerta de la casa de los Mockus. El 14 de enero de 1966 el vuelo número 4 de Aviana despegó desde Cartagena con destino a Bogotá.
Tan solo unos cuantos minutos de haber cogido vuelo, la aeronave se precipitó al mar. Murieron 56 personas entre las que se encontraba Alfonsas Mockus. Desde ese momento, a Nijole no le quedó de otra opción que sacar adelante a sus dos hijos vendiendo sus esculturas, haciendo exposiciones y dando clases de arte, que le dieron para pagar la costosa mensualidad del Liceo Francés a su brillante hijo que se graduó con honores.

Una vez se Alemania se rindió ante los soviéticos, Nijole fue liberada del campo de trabajo y aplicó a la Academia de Bellas Artes de Stuttgart con dibujos de las máquinas que operó durante su tiempo en cautiverio.
Por su parte, Zaranka también enviudó tempranamente. Aunque no quedó registro público que documente la causa de muerte de su primera esposa, se sabe que atravesó su duelo almorzando con una colega llamada María Teresa Cristina, que se había convertido en la directora del departamento de Literatura de la Universidad Nacional.

A María Teresa la reconocen como la académica con el estudio más completo de la obra de Jorge Issacs.
Zaranka recordaba con bastante aprecio a María Teresa porque había sido una de sus mejores alumnas de literatura griega en la Universidad de Los Andes. Sin embargo, María Teresa recordaba a ese hombre rubio de ojos claros, veinte años mayor que ella, de mucho tiempo antes de que fuera su profesor. En su memoria permanecía como un lector inagotable del Amerigo Vespucci, que además no se despegaba de su lectura de Cervantes ni ante su escandaloso llanto infantil.
La niña italiana, amante de Dante, se enamoró del filólogo lituano. Se casaron en 1987, pero nunca pudieron vivir juntos, pues las inmensas bibliotecas de ambos no cabían bajo un mismo techo. Mientras disfrutaba de la luna de miel con su segundo matrimonio, a Zaranka le detectaron un agresivo cáncer de riñón que se lo llevó en cuestión de meses.

Su esposa María Teresa no solo se dedicó a preservar su memoria, sino también logró que un edificio de Chapinero fuera bautizado con el nombre del filólogo lituano.
La última petición que Zaranka le hizo a María Teresa fue que devolviera sus cenizas a Lituania cuando los soviéticos la desalojaran. Siempre había anhelado volver a su tierra, pero había jurado no hacerlo hasta que estuviera libre de los aliados.
Antanas Mockus, hecho un intelectual de gran reconocimiento por sus atrevidas y revolucionarias ideas, fue a visitar al hospital a su viejo tutor que le había enseñado gran parte de lo que sabía. El filólogo se despidió con una palabra: FIN.



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