La Inauguración Histórica de Abelardo de la Espriella en la Arena USC: Un Nuevo Capítulo para Colombia
Cali se prepara para algo sin precedentes en Colombia. El 7 de agosto, Abelardo de la Espriella jurará como presidente en un lugar que hace dos años no existía: la Arena USC, auditorio principal de la Universidad Santiago de Cali, en la sede Pampalinda, que el rector de la universidad ha bautizado con su propio nombre: Carlos Andrés Pérez Galindo. Nunca un presidente colombiano había tomado posesión fuera de Bogotá, y menos en un recinto que pertenece a una universidad privada.
El camino hacia el auditorio de la universidad tomó semanas de pulso entre el gobierno saliente y el entrante. De la Espriella deseaba jurar dentro de una guarnición militar en Popayán, un gesto hacia las Fuerzas Militares, a las que prometió fortalecer ante el avance armado en el suroccidente del país. El Senado aprobó mover la sesión solemne al Cauca, 55 votos contra 32, pero dejó sin resolver si el acto se llevaría a cabo dentro de un batallón. Gustavo Petro, que hasta el último segundo de su mandato sigue siendo comandante supremo de las Fuerzas Militares, cerró esa puerta.
En un acto en la Casa Museo Quinta de Bolívar, donde devolvió la espada del Libertador, indicó que no autorizaría ninguna guarnición ni instalación militar o policial para la toma de posesión de un funcionario civil. Ni el Ejército, ni la Armada, ni la Policía podían disponer espacios para el evento. Los cuarteles, insistió, seguían bajo su mando hasta que el nuevo presidente jurara. Los civiles, decía, se posesionan ante el pueblo, no ante las armas.
Descartada esa vía, y con el volcán Puracé afectando de forma intermitente el aeropuerto de Popayán —cerrado, según De la Espriella, más de un tercio de los últimos veinte días—, el equipo del presidente electo trasladó la ceremonia a Cali. Pidió a la Cámara convocar la sesión allí, y el Congreso tuvo que votar nuevamente una proposición, ahora sin mencionar el Cauca. En Cali surgieron varios nombres: la Plaza de Cayzedo, la Plazoleta de San Francisco, la Base Aérea Marco Fidel Suárez, el Centro de Convenciones Valle del Pacífico, el Teatro Jorge Isaacs como respaldo. Tras un consejo de seguridad con la Gobernación del Valle, la Alcaldía y la Fuerza Pública, la gobernadora Dilian Francisca Toro confirmó el lugar definitivo: la Arena USC.


El recinto, construido bajo la dirección del arquitecto caleño Juan Felipe Cadavid, lleva poco más de un año funcionando. Abrió el 25 de diciembre de 2024, en plena Feria de Cali, con un concierto que reunió al Grupo Niche, Los Hermanos Lebrón y Rey Ruiz. La obra costó, según algunas fuentes, entre 35.000 y 100.000 mil millones de pesos, y quedó bautizada Arena USC Carlos Andrés Pérez Galindo, en honor al rector que la impulsó. Tiene 2.200 sillas tipo cine, más de 800 parqueaderos, sonido envolvente, pantallas led, aire acondicionado. En su primer año pasaron por ahí conciertos, congresos, graduaciones y hasta un ballet del Ballet Nacional de Kosovo. Forbes la mencionó en noviembre de 2025 como parte del auge cultural de Cali, meses después de que la ubicaran entre los mejores teatros cubiertos de América Latina.

La Universidad Santiago de Cali —dueña de la arena— nació en 1958. Veintinueve profesionales vallecaucanos, cansados de que sus hijos tuvieran que viajar a otras ciudades para estudiar derecho, firmaron el acta de fundación el 16 de octubre y abrieron las puertas el 17 de noviembre, con noventa estudiantes y veintiún docentes. Alfredo Cadena Copete presidió la corporación, Demetrio García Vásquez fue el primer rector, Rafael Martínez Sarmiento, decano de la naciente Facultad de Derecho.
Diez años después, la casa que se había levantado con ladrillo y con fe —esa que ya tenía su facultad de derecho, sus aulas nuevas, su auditorio recién estrenado como prueba de que el sueño de los socios fundadores no había sido en vano— empezó a resquebrajarse por dentro casi al mismo tiempo que terminaba de construirse. En 1967 la Asamblea de Socios entró en una crisis que nadie supo nombrar del todo, una crisis de representación, de quién mandaba y en nombre de qué, y el estudiantado, envalentonado por el aire de los años sesenta, por el rock que sonaba en los pasillos y por la Revolución Cubana que muchos llevaban prendida como una medalla íntima, tomó pacíficamente la universidad en noviembre del 68.


Entonces el movimiento estudiantil —respaldado por figuras como Álvaro Pío Valencia y el filósofo Estanislao Zuleta— obligó al cogobierno, un sistema que otorgó poder a estudiantes, profesores y egresados en una institución que hasta entonces solo manejaban los fundadores. El reparto no trajo calma. Las facultades compitieron entre sí, los fundadores no soltaron del todo sus intereses, y la universidad arrastró años de tensión, incluidas investigaciones del entonces ICFES.
Los ochenta no trajeron paz, sino otra forma de la misma tormenta: la plata de las matrículas —única fuente real de ingresos— se iba entera en nómina y en mantenimiento, sin dejar un peso para pensar la universidad como proyecto académico, y las trabas burocráticas, dijeron ellos mismos años después, nunca se superaron del todo.
Solo hacia 1988, con el país entero convulsionado y las universidades públicas en pie de lucha, la Santiago empezó a corregir el rumbo del gasto y llegó, apenas, a un equilibrio presupuestal que le duró poco. Porque en 1990, cuando ya se palpaba una universidad con más ladrillos y más aulas, con la infraestructura que tanto le había costado, un pliego de peticiones de los profesores volvió a poner en jaque a la institución, en medio de un país donde la protesta estudiantil se armaba de consignas sobre la educación pública y el conflicto armado.
La Santiago crecía por fuera —más programas, más estudiantes, más metros cuadrados— mientras por dentro se afianzaba, sin que casi nadie lo notara, un liderazgo cada vez más unipersonal que terminaría de explotar, ya en el nuevo siglo, en la crisis de 2001 que fue, ante todo, una crisis de imagen y de credibilidad institucional, marcada por una amonestación pública del Ministerio de Educación Nacional (MEN). Llegó como el desenlace lógico de lo que los propios historiadores de la USC llaman el periodo de «expansión cuasigerencial»: los años noventa habían traído más infraestructura, más programas y más estudiantes, pero ese crecimiento convivió con un deterioro progresivo del espíritu democrático del cogobierno y con una concentración del poder cada vez más individual.
La crisis más reciente fue en 2011. El rector Hebert Celín, en el cargo desde 2001, renunció bajo presión de la comunidad universitaria, entre denuncias de ingobernabilidad, edificios deteriorados y deudas. La vicerrectora María Nelsy Restrepo quedó a cargo mientras el Ministerio de Educación investigaba irregularidades y un profesor demandaba el proceso de elección de rector. El 26 de mayo de ese año, en lo que la propia comunidad llamó la retoma universitaria, el Consejo Superior eligió con 83 votos a Carlos Andrés Pérez Galindo, biólogo de la Universidad del Valle, como nuevo rector. Catorce años después, sigue en el cargo. Bajo su gestión, la USC pasó de la ingobernabilidad a ser la universidad privada más grande del suroccidente colombiano, con sedes nuevas, un edificio tecnológico con la pantalla 3D más grande del país y, ahora, un auditorio que en menos de dos años se convirtió en el lugar donde Colombia estrenará una forma distinta de posesionar presidentes.



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