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Solidaridad y Resiliencia: Venezuela en el Rostro de la Destrucción y la Ausencia del Estado

Solidaridad y Resiliencia: Venezuela en el Rostro de la Destrucción y la Ausencia del Estado

Después de varios días acompañando a refugiados y escuchando a algunos sobrevivientes de La Guaira, finalmente pueod sentarme a escribir estas palabras. No lo hago desde la distancia ni únicamente desde mi oficio de investigadora. Escribo atravesada por los relatos, por el dolor de las familias y por lo que he visto en estos días. Quizá por eso necesito comenzar por la siguiente afirmación: “Un terremoto es un hecho natural. Lo que ocurre antes y después pertenece al ámbito de la política”. Una frase poderosa en la que coincido con Karina Sainz.

La tierra no distingue entre gobiernos o ideologías; sacude por igual a todos. Sin embargo, sus consecuencias nunca son exclusivamente naturales. La naturaleza explica el temblor; la política debe explicar por qué una sociedad llega a una catástrofe con hospitales destruidos, servicios colapsados y un Estado incapaz de proteger la vida. Este terremoto hizo visible la destrucción institucional acumulada durante décadas y descubrió los énfasis del poder: la represión por encima del derecho a la vida.

El desastre del país no comenzó con el terremoto. Ya existía en el deterioro de los hospitales, el colapso de los servicios públicos, la ausencia de protocolos efectivos de emergencia y en un Estado que, por diseño, no garantizó, no garantiza ni garantizará el derecho a la vida.

Toda catástrofe genera pérdidas inevitables. Ninguna sociedad puede impedir completamente la destrucción provocada por un fenómeno natural de esta magnitud. Pero existe una diferencia ética y política entre lo inevitable y lo evitable. Las primeras setenta y dos horas constituyen el tiempo decisivo para rescatar sobrevivientes, atender heridos y contener el impacto inicial del desastre. Cuando transcurren sin coordinación, información organizada ni una respuesta institucional eficaz, la tragedia natural comienza a convertirse en tragedia política. La naturaleza produce el terremoto; la inacción —o la omisión— política del régimen determina cuántas vidas más pueden perderse después.

Los relatos desde La Guaira profundizan la noción de un Estado fallido. Venezolanos que se sienten olvidados dicen haber visto militares, sí, “pero con armas y no con palas”. La imagen es brutal porque sintetiza la naturaleza del sistema: un Estado preparado para controlar, vigilar y reprimir, pero incapaz de reorganizar sus capacidades para salvar vidas. Cuando la sociedad necesitó rescatistas, maquinaria y organización, apareció nuevamente el rostro armado y represor del poder.

Mientras el régimen de dominación se colocó a sí mismo como prioridad, por encima de toda vida humana, emergió otra realidad profundamente venezolana: miles de ciudadanos comenzaron a organizarse espontáneamente. Jóvenes removiendo escombros con sus propias manos, vecinos preparando alimentos para las víctimas, iglesias abriendo sus espacios para recibir damnificados, voluntarios recorriendo largas distancias para llevar agua, medicinas y abrigo. Allí donde faltaban estructuras oficiales apareció una inmensa red de solidaridad construida desde la comunidad.

Esta respuesta no constituye un fenómeno excepcional. Las investigaciones desarrolladas durante décadas por el Centro de Investigaciones Populares, siguiendo la obra de Alejandro Moreno, muestran que la sociedad popular venezolana se organiza desde la convivencia. El venezolano no comprende su existencia como un individuo aislado, sino como alguien sostenido por una red de relaciones familiares, vecinales y comunitarias. La solidaridad forma parte de una manera de abitar el mundo. El terremoto no creó esa disposición al apoyo mutuo; esta situación extrema permitió verla con una intensidad extraordinaria.

Quizá por eso los testimonios resultan tan conmovedores. Personas que, después de encontrar sin vida a sus propios familiares, continuaron ayundando en las labores de rescate. Comunidades pobres asistiendo a otras comunidades igualmente pobres. Jóvenes sin formación especializada ofreciendo su fuerza para remover escombros. Son escenas que revelan una verdad antropológica más profunda que cualquier estadística: cuando la vida del convive está en riesgo, el venezolano busca al otro antes que centrarse únicamente en sí mismo.

La verdad subyacente en la destrucción es que podemos sobrevivir cuando estamos juntos. Opera frente al hambre y también ante situaciones límite como un terremoto. Sobrevivimos sin Estado; sobrevivimos en solidaridad.

Esta tragedia dejó al descubierto una paradoja: Venezuela posee una sociedad extraordinariamente capaz de organizarse frente a la adversidad y un Estado que ha renunciado a su misión fundamental de proteger la vida porque solo le importa conservar el poder. La sociedad le delegó esa responsabilidad porque posee los medios, la información y la capacidad de coordinación; pero el régimen reorganizó el poder para garantizar su propia permanencia, negando toda garantía de vida ciudadana y comunitaria.

Cuando las instituciones no cumplen su responsabilidad, la sociedad responde desde sus vínculos y su capacidad de organización. Pero lo hace a ciegas, con sus propios recursos y pagando un costo humano que nunca debió pagar. La sociedad hizo todo lo que pudo; el Estado no hizo lo que debía.

Entre los escombros apareció nuevamente la mejor Venezuela: la de los vecinos que ofrecen sus manos para el rescate, las familias que comparten lo poco que tienen, los voluntarios que no esperan instrucciones y las comunidades que convierten la solidaridad en su primera forma de organización. Esa reserva moral no nació con la tragedia; ha acompañado al país durante décadas de crisis.

Tendremos una tarea profunda: construir instituciones capaces de estar a la altura de la sociedad que este terremoto volvió a revelar. Cuando llegue el tiempo de la reconstrucción será necesario levantar viviendas, hospitales y escuelas, y para ello necesitaremos un Estado comprometido con el derecho a la vida. Solo volviendo a la democracia podremos garantizar justicia y equidad.

Quizá allí esté una de las revelaciones más importantes de estos días: la ausencia de Estado no produjo caos; reveló una sociedad con una enorme capacidad de convivencia y organización. Somos más poderosos que el caos.

La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.

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