Luchando por la Libertad en Venezuela: Un Testimonio de Resistencia Tras la Represión Chavista
Dicen que la memoria es crucial para ayudarnos a no repetir la barbarie. Por eso es importante entender lo que pasa cuando un régimen encierra a quienes se le oponen. Porque eso es entender lo que pasa cuando escogemos el camino de la intolerancia y de la fuerza, en lugar del de la ley y la democracia.
El documental Manual para volver, producido por La Gran Aldea, es un testimonio crucial para visualizar el túnel que parece inevitable cuando una sociedad transita la barbarie y, como consecuencia, la barbarie elige como víctima a ese país que la eligió.
Manual para volver recoge las voces de Dignora Hernández, Jesús Armas, Carlos Julio Rojas, María Oropeza y Freddy Superlano, cinco protagonistas de la lucha democrática venezolana que, cada uno desde su oficio (activismo, militancia o periodismo), dan testimonio de su paso por las prisiones de la dictadura chavista. Cinco luchadores que fueron arbitrariamente calificados como terroristas —la hiperbólica acusación que durante años la dictadura ha usado para reprimir— únicamente por defender la legitimidad del voto.
La violencia de Estado: un bumerán
Para el Estado venezolano, la disidencia es terrorismo. «A la tiranía le da miedo quien piense distinto. Les da terror; entonces yo soy terrorista», afirma Dignora Hernández, secretaria política nacional de Vente Venezuela.
Una psicóloga experta en el tema, consultada en el documental pero que prefirió el anonimato por razones obvias, afirma que, aun teniendo valores muy claros, la mayoría de las víctimas desconocía la dimensión de vulnerabilidad en la que se encontraba frente al régimen chavista. Sin embargo, en todos los entrevistados se pone de manifiesto una convicción que habita, más allá de lo ideológico, en una fortaleza espiritual. Como si el propósito revelado de sus vidas fuese luchar por la libertad de Venezuela.
La profesional en salud mental deja claro algo inesperado: «Este tipo de experiencias vejatorias y represivas», a diferencia de lo que cree el régimen, que piensa que va a ablandarlos, «suele afianzar aún más sus ya fuertes creencias».
Visto en perspectiva, esto quiere decir que los aparatos represivos son un bumerán: en lugar de retrasar la caída del autoritarismo, catalizan su derrumbe.
«La experiencia de represión suele producir cambios internos en estos actores y, además de fortalecer sus ideales políticos, fortalece enormemente su mundo espiritual», añade la psicóloga.
La paradoja de quien lucha por la libertad
Una de las certezas más aterradoras que arroja el documental es que un activista político que lucha por la democracia en un régimen autoritario piensa que, tarde o temprano, será encarcelado. Trata de retrasarlo para poder seguir luchando, pero sabe que la posibilidad de perder la libertad por la que tanto luta está siempre latente.
De alguna manera, Dignora «sabía que lo que me esperaba era una pequeña muerte. No sabía cuándo iba a ocurrir, pero sabía que ocurriría». Pero, por mucho que tengan esa certeza, el horror de la represión de una dictadura es siempre un hoyo negro.
La abogada de Portuguesa María Oropeza, que ha luchado contra el régimen chavista desde que tenía 16 años, fue conocida nacionalmente por un video en el que su casa era asediada y que se viralizó por todo el planeta. Todos los seres humanos que defendemos la libertad estuvimos en ascuas, indignados por su inminente detensión.
El ingeniero Jesús Armas, organizador del Comando Venezuela, por ejemplo, pasó cuatro días en una casa clandestina de torturas. Luego compartió una celda hacinada con 37 presos comunes.
Todos fueron amenazados con atentar contra sus familias.
El documental nos refresca la memoria sobre la terrible cacería de brujas, salvaje e ilegal, con la que encarcelaron a miles de personas cuando la dictadura enfureció ante la aplastante derrota electoral que sufrió en 2024 y que no solo no pudo ocultar, sino cuyas pruebas llegaron al mundo entero y fueron certificadas por los organismos más respetables.
La participación que venció las armas
La arbitrariedad era tan vasta que las instrucciones de detención se daban por televisión.
Pero la represión comenzó años antes. Algunos especialistas consideran que hay un antes y un después de la detención de la jueza Afiuni: a partir de ahí, ningún juez se atrevió a llevarle la contraria a la voluntad de la dictadura. Los jueces se convirtieron en cómplices y ejecutores de la represión. Las causas y las imputaciones se volvieron absurdas y habituales. La idea de terrorismo se ha trivializado. Igual que la traición a la patria. Las pruebas tienen el mismo tenor.
El gobierno se cansó de denunciar falsos magnicidios. «Llegó un momento en que en Venezuela, según el régimen, había más terroristas que en Medio Oriente», comenta, en tono de sorna, Joel García, activista por los derechos humanos.
«Como no hay separación de poderes, los fiscales, en vez de filtrar los hechos para hacer valer el Estado de derecho, actúan como fuerzas policiales judicializadoras», explica.
Los procedimientos son tan arbitrarios que a veces ni siquiera se sabe cuáles son las acusaciones, o estas están mezcladas e incompletas. Y las detenciones son tan multitudinarias que los compañeros de activismo terminan encontrándose dentro de las celdas.
El documental también nos recuerda cómo, a pesar de las limitaciones económicas, del uso de los organismos represivos del Estado y de toda la arbitrariedad chavista, el pueblo venezolano participó en una elección en completa desventaja frente a la dictadura y logró triunfar a pesar del uso de las armas y del abuso de poder.
La ontología de estar preso
El chavismo marca a sus presos políticos con un número en la muñeca, como en los campos de concentración. Si son trasladados a una cárcel común, terminan conviviendo con criminales y asesinos en una misma celda.
Si eres preso político del chavismo, tu norma es la incertidumbre. Sorpresivamente te cambian de cárcel, te cortan el pelo, te llevan de madrugada a un interrogatorio, te desnudan. Siempre encapuchados. A veces, colectivos. Duermes en espacios diminutos, con catres sin colchón ni sábanas y una letrina en el medio.
La prisión es una dimensión distinta. Cambian los hábitos, los vecinos, las capacidades, las libertades, claro está, y la noción del tiempo. Todas esas privaciones tienen, casi siempre, la consecuencia del fortalecimiento espiritual de quienes llegan allí. Aunque también se corre el riesgo de la depreción, porque se pierde el sentido de la identidad y también el de la salud, considerando que la dictadura atiende mal —cuando las atiende— las afectaciones de salud de sus presos políticos.
Son innumerables los casos de presos políticos que han muerto bajo custodia de la dictadura.
Los entrevistados afirman que, estando encerrados, «se pierde y relativiza la noción del tiempo. El paso de los días. Lo que es rápido y lo que es lento».
Al mismo tiempo, se produce zozobra en los afectos que están afuera: «quedan presos contigo», amenazados, pensando que sus conductas o declaraciones pueden empeorar las cosas, y a veces suponiendo que su familiar está muerto.
Las cárceles políticas del chavismo no tienen luz y nunca se sabe la hora. A los presos se les aísla. Con el tiempo vas entendiendo que eres preso de alguien, de algún personero de la dictadura. Otros no pueden ayudarte aunque quieran. Eres, de alguna manera, «propiedad» de quien te mandó a encarcelar.
Pero el mundo sigue mientras ellos están adentro. A María Oropeza se le murió su abuela sin poder despedirse y ese, dice con pesar, es un moment que nadie le devuelve. Pasa algo parecido con los exiliados. Quienes están fuera de Venezuela viven experiencias similares a las de quienes están presos.
En Venezuela existen al menos 18 centros de tortura clandestinos. El chavismo está siendo investigado en cortes internacionales por tratos crueles y crímenes de lesa humanidad.
La dictadura chavista debe terminar, más temprano que tarde. Y esta historia hay que contarla para que no vuelva a repetirse. Y, muy importante, todos coinciden en los testimonios: «Si no hay justicia, se va a repetir».
La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.


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