El legado del pirata Walter Raleigh: Entre fama, mentiras y el misterio del Dorado en Venezuela
Hoy vamos a recordar a sir Walter Raleigh, famoso pirata inglés que llegó a la cumbre cortesana de Londres gracias a la fama de sus aventuras, hasta el punto de compartir lecho con la reina virgen, que de virgen solo tenía el título. Pero viene a cuento por motivos contemporáneos, dado que no logró con sus empresas lo que ahora puede disfrutar y controlar el presidente de los Estados Unidos sin necesidad de arriesgar el pellejo, apenas contando con el beneplácito de sus empleados del gobierno venezolano.
Después de unos viajes dedicados al robo de propiedades españolas, que solo le dejaron el rédito del prestigio porque pocos provechos económicos obtuvo, el tal Raleigh se dedicó a cultivar la fama para ver cómo salía de la pobreza y se metía en la jet set. Fue así como tuvo la idea de escribir un relato que, mientras le otorgaba celebridad, podía abrir las puerdas de la corte. Primero se puso a contar sus aventuras en las tabernas, o en los despachos de ciertos letrados de importancia que podían servirle de puente hacia puertos auspiciosos, unas escaramuzas tan atractivas que sus oyentes propusieron que las publicara. Y eso hizo, para convertirse en una figura superconocida.
La obra se publicó en 1596 para convertirse en conversación de la nobleza cercana a la reina Isabel y, como el autor pretendía, en fuente de capacidades de poder y dinero. El descubrimiento del vasto, rico y hermoso imperio de la Guayana, con un relato de la poderosa y dorada ciudad de Manoa fue uno de los libros más leídos de su tiempo. Chapman, el poeta de la corte, le compuso un canto épico, y la reina financió una nueva expedición para que le trajera un collar de esos que describía en sus páginas y, si era posible, un ropaje de los que usaba la mujer del cacique para su adorno. Mientras viajaba, los clientes de las cantinas repetían la descripción que hizo de una ciudad construida con pilares de oro y adornada con monumentos del precioso metal que ni en la Antigüedad griega se habían levantado. Habladera de paja, por supuesto, porque Raleigh de sus expediciones no trajo ni un ochavo.
Pero paja con vocación de permanencia. Fue tan duradera la impresión, que Diderot incluyó el tema de la ciudad dorada en la Enciclopedia, obra esencial de la modernidad, y Voltaire la convirtió en escenario de su Cándido, cuando se hablaba del «siglo de la razón» y de la necesidad de destruir los mitos perniciosos para el entendimiento sensato de la vida. Una falsedad monumental que ataca a un misionero jesuita nuestro del siglo XVIII, el padre Gilij. Escribe así, por ejemplo: «Como ordinariamente agrada a todos que haya un país donde fácilmente se haga uno rico, el Dorado, nombre antiquísimo en las historias hispanas, ha sido objeto de los viajes y de los deseos de todos (…) Pero digámoslo de una buena vez: son mentiras».
Mas ahora parece que no se trata de patrañas, según se le ha informado a Trump en su despacho de Mar-a-Lago sobre los recursos materiales del Arco Minero de Venezuela. ¿No se le prepara la escena, con pertrechos bélicos y con la prontitud de la servidumbre doméstica, para que la mítica Manoa del pirata antecesor se haga realidad en sus manos, sin siquiera mover un palo de golf?



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