Despecho en las Bases Chavistas: Fatiga del Oficialismo y la Influencia de María Corina Machado en la Política Venezolana
Tras el retorno de María Corina Machado a Caracas y su posterior movilización en la autopista Valle-Coche, el escenario político venezolano abrió un nuevo ciclo marcado por la exigencia ciudadana de comicios presidenciales, la renovación institucional y la liberacion de los presos políticos. La jornada dominical, que congregó a centenares de personas durante doce horas tras el anuncio de la dirigente de Vente Venezuela, dejó al descubierto la persistencia de una sostenida presión de calle frente a las estructuras que aún controlan el Estado.
La magnitud de esta convocatoria coincide con un fenómeno profundo en el seno del oficialismo: la fractura y el descontento inocultable en las bases chavistas originarias. Para el politólogo y periodista Juan Barreto y el investigador universitario Roberto López Sánchez, los sectores populares y trabajadores que en el pasado respaldaron el proyecto fundacional experimentan hoy un profundo desencanto ante una cúpula que, lejos de representar los ideales originales, heredó y profundizó las prácticas de control, ineficacia y represión del madurismo.
En este diagnóstico coinciden ambos analistas al desestimar la narrativa oficialista impulsada por la encargada del Ejecutivo, Delcy Rodríguez, quien recientemente insistió en que”pronto” se verá un “alivio” económico y prometió metas como el plan “Hambre Cero” para 2027 o 2028, además de apelar a un supuesto talante dialogante. Tanto Barreto como López Sánchez señalan que la promesa de reformar el Estado «desde adentro» bajo la premisa de que «vienen del sistema que están cambiando» carece de sustento moral y político, toda vez que quienes hoy dirigen Miraflores son corresponsables directos de la asfixia institucional, la crisis economica y los abusos documentados durante la última década.
El momento político actual cristaliza así un choque de fuerzas asimétricas: de un lado, una oposición impulsada por el desborde carismático y la presencia de calle liderada por Machado —quien en sus recientes declaraciones ante medios reiteró que su presencia en el país refuerza el plan de transición y exigió que temas como la renovación del CNE y el TSJ se ejecuten sin dilaciones—; del otro, un oficialismo acorralado que intenta contener el desgaste de sus bases mediante el despliegue de su aparato burocrático y una contraofensiva discursiva.
Mientras la cúpula gobernante apela a incentivos económicos, contratos petroleros y promesas de aperturas para mantener cohesionados a sus cuadros, la base social de ambos extremos acusa los estragos de una profunda fatiga material.
Esta transición se desarrolla, además, bajo el condicionamiento de una mesa de negociaciones y dinámicas tuteladas por factores externos, como la influencia de Estados Unidos. Frente a la exigencia de una ruptura institucional profunda que disuelva los aparatos de persecución y renueven los poderes al margen de arreglos cupulares, el país transita por una encrucijada donde la administración de Rodríguez intenta ganar tiempo, apostando al desgaste de las movilizaciones y a la readecuación de sus viejas estructuras bajo nuevos ropajes corporativos.
La fatiga de las bases chavistas
La fractura en la base social del oficialismo no constituye un secreto para quienes transitan los espacios populares y sindicales. A juicio de Juan Barreto, las bases chavistas originarias experimentan un marcado «despecho» político al sentirse defraudadas por una cúpula que se apartó por completo del proyecto inicial, distanciándose abismalmente de la impronta del difunto Hugo Chávez.
“En las bases los chavistas están muy disgustados por los maduristas; se sienten defraudados y añoran con nostalgia los tiempos de Chávez”, explica Barreto, al tiempo que advierte que los sectores leales a la estructura actual actúan condicionados por la dependencia laboral y la necesidad de mera supervivencia cotidiana.
Juan Barreto califica como un acierto táctico la presencia física de Machado en la capital.
“Se movilizan los que se movilizan porque son funcionarios públicos o dependen de la estructura y tienen que pagar la comida o los remedios de la abuela, pero cuando hablas en privado con ellos, admiten las circunstancias y saben que tienen enfrente un barranco”, comenta.
Por su parte, el profesor Roberto López Sánchez profundiza en este desgaste al señalar que la continuidad del bloque gobernante bajo la batuta de Delcy Rodríguez arrastra el costo político acumulado de una década de destrucción económica, precarización salarial y asfixia institucional. Para el historiador e investigador de la Universidad del Zulia (LUZ), la cúpula del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) y el alto mando militar son corresponsables directos del colapso del país y esto genera, dice, un rechazo transversal que pulveriza la cohesión ideológica y reduce al oficialismo a una maquinaria de control sostenida por la inercia del poder, la represión selectiva y el manejo discrecional de los recursos del Estado.
¿Ahora sí hay que creer?
Frente a la narrativa expuesta recientemente por Delcy Rodríguez —quien defendió la capacidad de su administración asegurando que “una transformación de esta magnitud solo lo puede hacer quien conoce el Estado desde adentro”—, los analistas desmontan categóricamente tal planteamiento al considerarlo una coartada para perpetuar el modelo.
López Sánchez califica este argumento como una contradicción inaceptable desde el punto de vista histórico y etico. “Decir que la experiencia de haber administrado la dictadura de Maduro es una ventaja o una virtud es un elemento muy negativo. Eso no es una virtud; eso es un crimen, en todo caso, por haber destruido las instituciones, el sistema público de salud, la educación y los derechos sociales de los venezolanos”, subraya el académico, quien además cuestiona la legitimidad de un gabinete que ahora busca presentarse como pragmático tras años de políticas de saqueo.
En la misma línea, Barreto matiza que, aunque el actual triunvirato en el poder intente mostrarse ante los factores internacionales como un grupo de “reformadores” dispuestos a flexibilizar la economía o suscribir acuerdos petroleros, su pragmatismo obedece exclusivamente a una estrategia de supervivencia institucional tras las derrotas acumuladas.
Para el politólogo, el liderazgo de Rodríguez asume un rol de transición obligada no por convicción democrática, sino por la imperiosa necesidad de redecuarse a un nuevo tablero geopolítico y de mantener el control de los resortes de poder económico e institucional.

Estrategia de los extremos
El retorno de María Corina Machado a Caracas y su posterior movilización en la autopista Valle-Coche puso a prueba las costuras de ambos bandos. Mientras la oposición ratificó su capacidad de convocatoria ciudadana y su alineación con el plan de tres fases respaldado por Washington, la respuesta oficialista consistió en una demostración de fuerza burocrática orientada a contener el impacto mediático de la opositora, combinando descalificaciones hacia su regreso —tachándolo de «show»— con promesas sociales enfocadas en el plano productivo y agrícola.
Barreto califica como un acierto táctico la presencia física de Machado en la capital, aunque observa que la dirigencia opositora transita por el riesgo de sobreexponer sus liderazgos sin consolidar una agenda social paralela. A su vez, advierte sobre la dinámica de retroalimentación entre los extremos políticos: los sectores más radicales del oficialismo y de la oposición terminan oxigenándose mutuamente mediante una confrontación discursiva que invisibiliza los problemas cotidianos de los trabajadores, los pensionados y los gremios universitarios.
Machado, en tanto, ha insistido en que su retorno refuerza la ruta hacia unas elecciones libres en 2027 y que cualquier acuerdo nacional debe incluir la renovación inmediata del CNE y el TSJ, además de exigir el cese definitivo de la persecución. No obstante, ambos consultados advierten que la arquitectura de la transición no puede eludir la profunda crisis social que golpea a las bases populares.
Ambos consultados coinciden en que la salida a la crisis venezolana no puede limitarse a un pacto cupular de élites ni a una transición negociada exclusivamente bajo los auspicios de factores externos o de una mesa de diálogo operando al margen de las verdaderas urgencias nacionales.
López Sánchez advierte que cualquier proceso de renovación institucional que mantenga intactos los aparatos de persecución y que ignore las demandas de los gremios universitarios y de los trabajadores devendrá en una farsa incapaz de garantizar estabilidad. Por su parte, Barreto enfatiza que la mesa de diálogo institucional impulsada desde Miraflores debe incorporar obligatoriamente una «mesa social» que atienda los salarios deprimidos, la recuperación de los servicios públicos y la restitución de los derechos laborales, evitando que el conflicto estrictamente político eclipse el drama humano que padece la inmensa mayoría de la sociedad venezolana, tanto en la oposición como en las descontentas bases del oficialismo.
*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes «contra el odio», «contra el fascismo» y «contra el bloqueo». Este contenido fue escrito tomando en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.



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