La vida en campamentos transitorios de La Guaira: resiliencia frente a la adversidad y búsqueda de nuevas oportunidades
Sin empleo, con movilidad reducida y el temor latente a nuevos desastres, cientos de familias en el litoral central recurren a la reinvención y a la ayuda comunitaria para hacer frente a una temporalidad que amenaza con prolongarse
«Aquí hacemos vida en todo el sentido de la palabra». Kariuska Ríos habla desde el porche de su cabaña en la ciudad vacacional Los Caracas, en La Guaira, donde funciona uno de los campamentos transitorios que habilitó el gobierno tras los terremotos del 24 de junio.
Antes del desastre, su día a día solía tener un ritmo predecible en Caraballeda: llevar a su hija a la escuela, atender su puesto de venta de ropa, ir al gimnasio al finalizar la tarde y volver a casa. Ahora, a 32,6 kilómetros de su hogar, su vida está en lo que ella denomina como una «pausa forzada».
«No tenemos televisión ni radio. Entonces la rutina aquí es esta, nos paramos por la mañana y nos sentamos aquí a conversar y todo el día y llega la noche y al siguiente día otra vez lo mismo, porque no tenemos como que distracción nosotros los adultos», cuenta.
Salir a buscar el pan tampoco es una opción viable en este momento. De acuerdo con la Cámara de Comerciantes Industriales y Aduaneros de La Guaira, 40% de los establecimientos ubicados en las parroquias más afectadas por el doblete sísmico no tienen posibilidad de operar.
Entonces, la reinvención ocurre dentro del mismo campamento. Kariuska y su familia comenzaron a preparar comida rápida en la cocina de su cabaña y, tras un par de días de iniciativa, se les facilitó un carrito de perros calientes. Trabajar no solo le da un sustento diario, sino que le permite mantener la mente ocupada para no pensar tanto en lo que perdió.
Cada cabaña en Los Caracas cuenta con tres cuartos, cocina, baño y comedor, que comparten hasta dos familias
Kariuska es parte de las más de 250 familias que habitan temporalmente en el complejo vacacional. La rutina del albergue se organiza bajo un esquema estructurado que coordinan voluntarios en rotación continua. No obstante, las actividades recreativas suelen estar más enfocadas en los niños.
«Falta por lo menos, no sé, un gimnasio. Algo con lo que la gente drene, ¿sabes? Uno tenía como que su rutina diaria hecha. Ya cuando llegaba el fin de semana tú podías hacer otra cosa y tenías posibilidad ya de hacer otras cosas. Ir al cine, al mismo McDonald’s que lo tenía por ahí cerca. Aquí no, aunque por lo menos para ellos sí. De hecho, metí a la niña ahorita en una cuestión de canto que van a poner», comenta Kariuska.
Por motivos de seguridad, cada residente y voluntario lleva un brazalete de color según su sector. Las visitas deben ser anunciadas con antelación y solo pueden ir los sábados y domingos, sin posibilidad de pernoctar en el sitio.
Aunque los residentes son libres de ir y venir durante el día, la lejanía de Los Caracas les juega en contra. El campamento cuenta con transporte que cubre las rutas hacia Caribe y Caracas, el cual está sujeto a horarios fijos: la salida es a las 6:00 a.m. y el retorno a las 5:00 p.m. El paso hacia el recinto queda restringido pasadas las 10:00 p.m.

Los cuatro hijos de Linyeska Rodríguez conviven en un mismo cuarto
Esa rigidez logística limita a Linyeska Rodríguez, madre de cuatro niños que perdió su apartamento en Tanaguarena. «Por momentos me agobio aquí en el campamento, porque estoy sin hacer nada. Porque cuando uno está acostumbrado a hacer algo, a ocuparse en algo, entonces es difícil cuando ya no tienes nada. Por las noches a veces no puedo dormir. Antes tenía mi espacio sola, ahora comparto cabaña con otra familia», relata.
Para ella, realizar un trámite o salir a hacer mercado implica una logística compleja: coordinar el cuidado de sus hijos con la vecina de cabaña, calcular los horarios del autobús del refugio o, si pierde la unidad, caminar hasta la avenida principal a pedirle la cola a los conductores que van hacia Naiguatá o pagar hasta $3.50 en transporte privado.
Su meta actual es conseguir ayuda para comprar un horno y una batidora de pedestal para vender repostería dentro del campamento, lo que le permitiría generar ingresos sin alejarse de sus hijos.

Un voluntario del campamento, quien prefirió el anonimato, cuenta que en los hoteles del complejo vacacional se habilitó una cocina para que cada familia se ocupe de su alimentación
El secretario ejecutivo del Estado Mayor para los Campamentos Transitorios y Vivienda, Héctor Rodríguez, reportó el 12 de julio que la red centralizada aumentó a 108 campamentos en la Región Central —41 en Caracas, 29 en Miranda, 28 en La Guaira y 10 en Aragua—, con capacidad para 25.087 alojamientos y una atención directa reportada de 19.583 personas. Según el funcionario, las autoridades mantienen un trabajo articulado entre las instituciones del Estado, el sector privado, comunidades organizadas y organismos multilaterales.
Sin embargo, la atención que reflejan los reportes oficiales no se siente igual en todos lados. A varios kilómetros de distancia de Los Caracas, la estampa cambia hacia un panorama mucho más precario en el Campo de Golf de Caraballeda. Allí no hay cabañas de concreto, sino 98 carpas alineadas sobre la tierra donde pernoctan unas 200 familias.
Los efectivos de seguridad que están en el área controlan el acceso y resguardan el orden, pero la dinámica diaria depende casi por completo de la autogestión de los propios albergados y de la ayuda comunitaria.

La limpieza de cada carpa la asumen las familias, mientras que la del terreno se ocupan cuadrillas de la guardia nacional
Para paliar las carencias del campamento, la iglesia local asumió un rol protagónico. El pastor Yovani Manrique recorre a diario las filas de carpas repartiendo medicinas, mosquiteros y bidones de gasolina, entre otros insumos. Lo que haga falta, él lo gestiona.
«Cómodos no estamos porque no queremos estar como estamos. Nosotros estamos acostumbrados a trabajar para hacer un cafecito, la comidita. Acá no. Tenemos que esperar a que llegue. Lo demás toca resolver por cuenta propia. Estamos ocho personas en una misma carpa. Todo lo que recibimos ha sido donado o lo conseguimos por cuenta propia», comenta.
Con el paso de las semanas, la asistencia gubernamental disminuyó significativamente. Tras un primer mes donde se garantizaban las tres comidas diarias, la ración oficial quedó limitada únicamente al almuerzo.

Frente a esa reducción, la iniciativa privada y religiosa multiplicó esfuerzos. «Ahorita estamos dando el desayuno, el almuerzo nos lo están dando y la iglesia da la cena en la noche», explica Manrique sobre la rutina de alimentación que hoy sostiene a la comunidad y que se extiende, incluso, a los propios guardias desplegados en la zona.
La falta de trabajo pega y el descontento por la falta de respuestas claras a largo plazo es evidente. «El gobierno dice muchas cosas, pero ayuda económica no nos han dado. Tampoco nos han dicho qué podemos hacer una vez salgamos de aquí», cuestiona Manrique. Pese a la precariedad de la vida en carpas, la postura de Yovani coincide con la de Kariuska y Linyeska: prefieren resistir en el litoral mientras esperan por una vivienda definitiva antes que ser reubicados en otros estados del país.



Publicar comentario