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De la Tragedia del 99 a la del 2026: Lecciones de un Voluntarismo Despótico en la Educación Venezolana

De la Tragedia del 99 a la del 2026: Lecciones de un Voluntarismo Despótico en la Educación Venezolana

Debió ocurrir entre septiembre-octubre de 1999. Se iniciaba un nuevo año escolar y en la escuela básica Negro Primero de Caucaguita, estado Miranda, se formalizaban las inscripciones de acuerdo con los procedimientos establecidos por el “Antiguo Régimen”, aún no abolido: los usuarios debían pagar una contribución para la Sociedad de Padres y Representantes, una pírrica cuota única anual, que servía para afrontar la falta de útiles de limpieza, el crónico problema de agua padecido por la zona y su escuela. Además de servir para pagar algún suplente, cuando un maestro titular se ausentaba por alguna razón. Era una cuota con un valor menor a tres cervezas, lo cual no afectaba el pago de las dos cajas promedio que al momento se ingerían en cualquier barrio de la Gran Caracas.

El director suplente, mi amigo de baja estatura, enjuto y buena persona, no estaba enterado de lo dicho por el Comandante Eterno quien, a la fecha, ya se entrenaba en peroratas interminables por radio y televisión, convertidas en actos de gobierno. En una de éstas, el Gran Líder, con puro voluntarismo, sin medida ni prudencia, había prohibido el pago de la cuota de la Sociedad de Padres y Representantes. Y quien contradijera aquella maravilla del populismo de baratillo, pasaría a engrosar las filas de la oligarquía corrupta, enemigos del pueblo, partidarios de la privatización de la educación. Desde ese momento, todos los insumos requeridos por las escuelas públicas les serían suministrados por el Ministerio de Educación.

Mi amigo el subdirector, fue derribado por el contundente derechazo lanzado por una señora fornida, bien entrada en kilos, a la vez que lo acusó de ladrón y hambreador. No debió mencionar el oprobioso pago de la contribución referida. Sin ninguna instrucción por escrito, el colega actuaba sujeto a normas vigentes, emanadas de instancias superiores. Pero el pueblo voluntarioso y empoderado, el pueblo chavista, no entendía de reglamentos ni normativas burocráticas, creadas para oprimirlo y explotarlo. Fue sólo uno de muchos actos de barbarie que nos tocó observar y que marcaron una línea divisoria muy clara entre el voluntarismo despótico de un líder incompetente y la realidad que demanda conocimiento, habilidades, procedimientos. El viejo duelo entre los procedimientos normativos institucionales y la acción fulgurante que arrebata pasiones.

Con el tiempo, pero sobre todo tras el fracaso estrepitoso de la barbarie chavista, la pestilencia de los baños escolares los inhabilitó para su uso, la ruina de las escuelas se fue consolidando, la falta de agua llevó a cierres periódicos preventivos ante el temible foco de infecciones. Ya no hubo dinero para pagar suplentes. Escuelas y liceos dejaron de enseñar ciencias por falta de docentes, y sin dinero para siquiera, pagar bachilleres aventajados. Solo a quienes odian el saber y la cultura se les podría ocurrir afrontar tales problemas educativos con un engendro del tipo Misión Chamba Juvenil. Más recientemente, donde exista una escuela pública que medio funcione, se encontrará una Sociedad de Padres reivindicada, o los útiles de limpieza son incorporados a las listas escolares. Es el resultado del voluntarismo despótico de unos gobernantes ineptos y de una sociedad manipulable, incapaz de valorar la importancia de las instituciones.

Pocos meses después de lo ocurrido a mi colega, se produjo el deslave de Vargas. Nuevamente la línea divisoria entre el voluntarismo de un líder incompetente y la realidad que demanda conocimiento, ciencia, habilidades, procedimientos sistemáticos. A la fuerza inusitada de una naturaleza indómita, sólo es posible oponerle la sabiduría que se acumula con el tiempo de observación, el registro empírico, el estudio sistemático para entender sus ciclos. Cierto que las situaciones extremas demandan respuestas extremas. Pero el Planeta Tierra lleva demasiados años demostrando su ferocidad inclemente como para no incluir rutinas administrativas y protocolos orientados a la previsión de los efectos de la furia telúrica.

Algo no está bien si, frente a la fuerza inusitada de la naturaleza, respondemos siempre como si fuese la primera vez. Es nuestra primera tragedia: el presentismo suicida, el desprecio por el tiempo vivido, la insania del olvido que no extrae lecciones y menos las procesa para darle sustento a la previsión institucionalizada.

El voluntarismo personalista de 1999, en buena medida creó las condiciones para la tragedia del 2026. Al desprecio por las habilidades, la ciencia y la sana administración, se le añadió la feroz corrupción, apenas disimulada con el patetismo que proclamó: “Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y bla bla bla…” Es una arenga apropiada para la exaltación, para elevar el ánimo y la voluntad de lucha, para despertar la solidaridad pasional que nos hermana en cuerpo y espíritu. Es la invocación al patetismo heroico. El mismo que nos reduce a la impotencia durante la emergencia, cuando los buenos deseos se estrellan contra un bloque de hormigón de 10 toneladas, requerido de grúa telescópica para su remoción. La nulidad chocante cuando las manos sangran ante la impotencia impuesta por el acero retorcido.

Entre la tragedia de 1999 y la del 2026 media la voluntad desenfrenada de un sujeto que no encontró límites institucionales a la hora de hacer uso y abuso de los recursos públicos. La emergencia humanitaria permitió disimular la personalísima necesidad de un líder aguijoneado por la ambición de poder. Fue la cita del hambre con las ganas de comer: el infeliz encuentro de una cultura que sobreestima el voluntarismo en la misma medida en que desestima el conocimiento, la ciencia, la experiencia que se adquiere en las rutinas cotidianas para transformarse en previsión.

La emergencia valora como héroes a quienes se colocan al frente de la dura circunstancia, dándole respuesta a lo inusitado. Y no puede ser de otro modo pues, no hay instituciones preparadas siquiera, para reconocer el respeto por nuestros queridos muertos. Es el hacer enfrentando la inercia derivada del no prever. Porque la previsión no produce héroes o son anónimos, en el mejor de los casos. La voluntad del hacer, surgida de lo trágico, no se aviene con la parsimonia del saber que se acumula en el tiempo, en la experiencia, en rutinas de aprendizaje para afrontar contingencias.

Mi amigo el subdirector, bajito y enjuto, derribado por un contundente derechazo, intentaba defender una institución y su rutina. Humillado en el momento, reivindicado con el tiempo, el juez implacable. El voluntarismo epiléptico presentista nos impide aprender del tiempo. Allí está el casco histórico de la Guaira, herido y a la vez erguido, cargando su vida más que bicentenaria, ofreciendo una lección. Si pudiéramos aprender del tiempo, es muy probable que produciríamos menos héroes patéticos, pero también menos víctimas.

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