Gatopardo y Gatopardismo: Análisis del Cambio Político en Venezuela
Si alguien quisiera escribir un libro sobre Venezuela que empezara como el famoso inicio del Manifiesto comunista —“Un espectro recorre Europa, el espectro del comunismo”—, escribiría: “Un espectro recorre Venezuela, el espectro de El Gatopardo”.
De la célebre novela de Lampedusa, El Gatopardo, ha quedado una frase para la eternidad, que todo el mundo cita, y que textualmente dice: “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”. La frase se repite con numerosas variaciones que cada uno le pone a su gusto. Los venezolanos nos preguntamos todos los días, recordando a El Gatopardo, si no estamos viviendo, con esto de las autoridades provisionales, un capítulo más de gatopardismo de los muchos que la historia ha contemplado y que, en nuestro caso, se traduce en el muy simple hecho de que el interinato aparente estar haciendo cambios que lo que van a hacer es permitirle permanecer en el poder.
Vamos, pues, a jugar Gatopardo, a ver qué nos sale. Imaginemos, en efecto, que el Gatopardo es un juego. Como si fuera Monopolio. Hay cuatro posibilidades, cuatro casillas. La primera es la propia de la famosa frase: que todo cambie arriba para que nada cambie abajo. La segunda, que nada cambie arriba y que nada cambie abajo. La tercera, que todo cambie arriba y que todo cambie abajo. La cuarta, que nada cambie arriba y que todo cambie abajo. Claro que las palabras “todo” y “nada” son simplificaciones, pero creo que me hago entender.
Muchos de los venezolanos que anhelan un cambio temen que estemos en el primer escenario, que todos esos cambios que vemos estén destinados a lograr que todo siga igual. Parece que “todo” cambia, o está en vías de cambiar, pero en realidad “nada” cambia y “todo” sigue igual. La famosa “supervivencia”. Poner a González López en el lugar de Padrino es, en cierta forma, un cambio, pero en realidad no lo es, y lo que significa es que, en el fondo, nada cambia. Ya que hay que cambiar —pues así lo exige el país del Norte—, entonces que lo que parezca un cambio en realidad no lo sea. Es la única jugada posible para las autoridades provisionales, a ver si meten el gatazo. Y así con todo.
El segundo escenario no tiene vida. Hay que cambiar algo arriba, aunque sea para no cambiar nada abajo. Allá los gringos si no se dan cuenta del truco. Pero no cambiar “nada”, ni arriba ni abajo, no sirve como opción.
El tercer cuadro es el ideal que se anhela. Que haya un cambio real arriba, que refleje o se traduzca en un cambio real abajo, o viceversa. Por ahora, este cuadro ideal tiene que esperar.
El que me atrae para entender lo que estamos viendo es el cuarto escenario: ausencia de cambios arriba y cambios reales abajo. De hecho, salvadas las simplificaciones del lenguaje, creo que algo como eso es lo que está ocurriendo. Se ha dicho que el nuevo ministro de la Defensa viene a ser lo mismo que el anterior. Que si, como tanto se comenta por ahí, Rodríguez Torres va a ser el nuevo ministro del Interior, entre él y Cabello no hay mayor diferencia. De modo que, en realidad, si generalizamos los ejemplos, arriba no se están produciendo cambios y, por supuesto, tampoco abajo. Creo que no es así. Creo que esos cambios en apariencia cosméticos, esos supuestos “no cambios”, sí pueden significar, sí van significando, cambios de fondo. Es posible, es probable, que no sea esa la intención del interinato. Que su intención, como hemos dicho, sea moverse en la primera casilla: “cambiar” para que no cambie nada. Quiso aparentar cambios para que nada cambie, pero eso no es posible ya. Y no lo es porque, tal como llegaron a estar las cosas en el antiguo régimen, en el madurato, no hay manera de cambiar nada sin cambiar el conjunto. El “sistema” llegó a estar tan bien trabado que se convirtió en un sistema rigido, inflexible. Si mueves una pieza, aunque quieras que el cambio sea cosmético, todo cambia. El primer cuadro del juego, el gatopardismo propiamente dicho, es imposible. No puedes cambiar a Padrino o a Cabello sin que el conjunto cambie. No: aunque nos cueste admitirlo, o “tragarlo”, dados los antecedentes del personaje, no es lo mismo González López que Padrino.
Para ser rigurosos, y dejando un poco de lado que estamos en juegos mentales, se podría aducir que, en realidad, estamos ante una versión provisional o chucuta del tercer cuadro, el de cambios arriba y abajo. Que poner a González López y otros generales que han asumido cargos en la estructura militar es, en realidad, una versión del cambio arriba, la versión que están en capacidad de producir, a lo mejor muy a su pesar, las autoridades interinas, y que ese cambio tan imperfecto, de todos modos, acarrea su cadena de cambios hacia abajo. No tengo problemas con ese alegato.
En resumen, de acuerdo con lo hasta ahora dicho, en ese juego casero al que en estas líneas hemos transformado El Gatopardo, en este Monopolio político, caímos en la casilla del tablero que dice: “nada cambia arriba, todo cambia abajo”. Hasta aquí llega el juego que les he propuesto jugar mentalmente. Como se ve, es un ejercicio mental que cada cual puede jugar a su manera e inventarse todas las casillas que quiera. Vamos ahora a unas pocas consideraciones un tanto menos lúdicas.
Si hacemos memoria, veremos que hasta no hace tanto no era así. Se pudo sacar a El Aissami del juego y el régimen aguantó. Cambio real arriba sin cambio abajo. Pero, al atreverse a quitar una pieza de tal tamaño, las que quedaron tuvieron que acoplarse más entre sí. Y más aún ante la arremetida democrática que tuvieron que enfrentar desde 2024. Ese excesivo acoplamiento tuvo su precio, bien alto por cierto, en términos de una excesiva rigidez. Ya vimos la falta de cintura que precedió al tres de enero.
También es de precisar que el tablero crucial de este juego de Gatopardo es el represivo. Es allí donde se ve si se cambió, arriba y abajo. Ese es el armazón donde quitar una pieza arriba, a fuer de cambio cosmético, trae consigo un cambio real abajo. Y ese es el componente clave de todo el esquema de poder que se quiere reemplazar por uno democrático.
Por último, una observación de peso: el gerundio es clave. En el mundo al que pertenecen estas líneas las cosas no pasan una vez una, luego la otra; no, las cosas van pasando, en el modo gerundio. El acontecer se desliza en una sucesión cuya sutil continuidad puede no ser fácil de percibir. Un cambio en una comandancia, un cambio en un puesto fronterizo: se van sumando, se van cumulando. Hay baluartes más complicados que otros, donde el cambio, cosmético o no, requiere más tiempo, más maduración, más tacto, sea para que la transformación se deslice imperceptible, sea para preparar un zarpazo, un encontronazo. El ojo tutelar probablemente lo sabe.



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