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Esperanza y Resiliencia: Javier Tarazona Tras la Libertad y La Lucha por los Derechos Humanos en Venezuela

Esperanza y Resiliencia: Javier Tarazona Tras la Libertad y La Lucha por los Derechos Humanos en Venezuela

Tras 1.675 días encarcelado, al defensor de derechos humanos Javier Tarazona le negaron la amnistía, cuestión que ve como una señal «contradictoria» desde un sector que ahora habla de reconciliación. La libertad de todos los presos políticos, la transformación educativa y, en definitiva, la democratización del país ocupan su tiempo entre el ir y venir de tribunales y recuperar su vida familiar.

Javier Tarazona dice que la esperanza guía sus próximos pasos, que perdonó en su corazón pero «no es bobo». Sus reclamos de justicia, reparación y garantías de no repetición de ese «infierno» que padeció por cuatro años y siete meses en las celdas del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin) Helicoide se mantienen intactos.

«Es toda la fuerza del Estado contra una persona, contra un grupo de personas. ¿Qué es lo que impera? A mí se me acusó de terrorista, se me acusó de traición a la patria e incitación al odio, pero yo iba al Estado. Yo acudí al Estado», afirma el defensor de derechos humanos y director de Fundaredes.

Ahora con 44 años, lidia con las secuelas físicas del encierro y todas esas «pérdidas» al estar alejado tanto tiempo de su familia, casi la mitad de la vida de sus hijos más pequeños mientras sigue el proceso judicial en su contra. La prisión, reconoce, le dio tiempo para repensar su activismo y la labor de Fundaredes en un escenario donde se deben «tejer redes que nos permitan transformar el país y cambiar la realidad que estamos viviendo».

«Reajustarse tras la cárcel» forma parte de una serie de entrevistas a personas detenidas por razones políticas en Venezuela, que recoge sus vivencias y cómo se reencuentran con su vida cotidiana tras meses o años en prisión. Esta es la historia de Javier Tarazona Sánchez.

Javier Tarazona, desaparecido

El activista de derechos humanos se encontraba en Coro (estado Falcón) en actividades de formación y asistencia a niños, niñas y adultos en comunidades vulnerables cuando se acentuó la persecución por sus denuncias sobre la situación fronteriza. Personas encapuchadas y con armamento largo lo siguieron durante la noche, por lo que decidió refugiarse junto a su hermano Rafael en casa de un activista de Fundaredes, en lugar del hotel que habían reservado.

El 2 de julio de 2021 le dijo a Omar de Dios García, abogado y coordinador de la ONG en ese estado, que quería denunciar ante el Ministerio Público. Los acompañó también Jhonny Romero, un activista cuyo hijo está desaparecido en las costas venezolanas.

«Estábamos esperando a la fiscal superior. De hecho, la fiscal auxiliar me permite una llamada telefónica con la fiscal superior, que me dice ‘tranquilo, doctor Tarazona, espéreme que yo voy de Paraguaná a ese lugar para atenderlo’. Me senté en su despacho a esperarla y lo que llegaron fueron unos 30 o 40 funcionarios encapuchados, fuertemente armados, a golpearnos y a sacarnos de ese despacho», recuerda Tarazona.

A Romero lo dejaron libre, pero el resto fue llevado por funcionarios del Sebin hasta Caracas, directo al Helicoide. Durante tres meses, a la familia Tarazona se le negó razón sobre dos de sus integrantes hasta que permitieron visitas.

García y su hermano Rafael estuvieron detenidos un mes más, hasta que fueron excarcelados. Nunca libertad. Se mantienen con un juicio abierto y medidas cautelares que los obligan a presentarse semanalmente ante tribunales y les prohíben salir del país.

Javier Tarazona, al centro, junto a su hermano Rafael Tarazona (de negro) y el abogado Omar de Dios García

Pero Tarazona pasó 1.675 días, que contó uno a uno en diarios o cualquier papel disponible, detenido en el Helicoide. Los días más duros, recuerda, fueron los 120 días que estuvo entre dos tigritos, como denominan a las celdas de castigo.

«No tienes acceso a baños, a agua potable, estás presurizado (aislado). Esa primera etapa fue muy dura, fue vivida con Omar de Dios y con Rafael. Ahí vivimos momentos durísimos, fueron los momentos donde tú dices ‘Señor, esto no se lo deseo a nadie’. El hecho de no saber el tiempo, la hora, qué está ocurriendo. No hay información», rememora.

La única posibilidad de salir de ese tigrito, explica, «es cuando te interrogaban». Sin embargo, en ese proceso se sucedían torturas, «tratos que no le deseo a nadie, que lo repudio y lo rechazo, no deberían sucederle a nadie. Mi mamá, una señora de 70 años, fue detenida».

En esos interrogatorios le mostraban fotos y videos de su madre, su casa allanada, en un teléfono. A cambio de esa libertad, le obligaron a grabar unos vídeos «criminalizando o culpando a algunos actores de la política venezolana de los cuales podría conocer políticamente, incluso podía haber tenido alguna conversación con ellos, pero en ningún momento daban instrucciones a la labor que nosotros llevábamos en Fundaredes».

Esos fueron momentos muy durisimos, reconoce. Un funcionario le dijo hace unos meses que ese era el actuar de los cuerpos de inteligencia en el mundo «porque están en búsqueda de la información». Lo refuta, considera que solo es el criminalizar para silenciar.

«Esos 1.675 días fueron ninguno parecido al otro… Creo que pudiera compartir con ustedes que un día en cárcel es un infierno, un día en cárcel es mucho para un ser humano. Contar 1.675 días de secuestro, de una pretensión de silenciar a una voz que hablaba por los sin voz, a un defensor de los derechos humanos, a un activista que procuraba visibilizar finalmente el sufrimiento de la gente, pero con el anhelo de que la realidad cambiara», dice.

Deconstruir país estando encarcelado

Javier Tarazona pasó por siete celdas, compartió con más de 40 personas en esos lugares. «Cada uno una historia, cada uno con violaciones al debido proceso, violaciones de los derechos humanos, cada uno un testimonio de algo que no debe ocurrir en Venezuela, que no debe repetirse en Venezuela. Muchos de ellos siguen en el cautiverio en el Helicoide, en el Rodeo, en Yare, pero son hermanos que hoy en la calle me motivan a hablar por ellos».

El cautiverio lo vivió por varias etapas: las etapas de confinamiento total, de «full vivencia presurizada», pero también los pequeños espacios de capacitación y formación que pudo construir con Roland Carreño, Karen Hernández y Aidaliz Guarisma.

«Juntamos la poesía con herramientas de orientación conductual y fueron espacios maravillosos de formación aunque en corto tiempo. Cuando vieron que estábamos dando clases, compartiendo un espacio de esperanza, se prohibieron», dice.

Entonces las celdas pasaron a ser el aula, un «lugar de luz». «Yo me dediqué a compartir con compañeros que habían aprendido a utilizar las armas, que el sistema los abandonó desde el campo educativo, familiar. Estaban en cautiverio producto de la violencia generalizada y no sabían leer ni escribir. Yo me dediqué a alfabetizarlos, a formarlos, pero no hicimos más que esperanzar a un país» afirma Tarazona.

«En esas siete celdas, nosotros deconstruimos el país y lo volvimos a construir. Es decir, 1.675 días soñando con salir de la cárcel a transformar el país. Yo salí convencido de eso. Yo salí a transformar el país y eso pasa por construir espacios de confianza, por construir escenarios de reconciliación o mejor dicho, transitar a la reconciliación. Porque la reconciliación no es un mantra, es un desafío que tenemos que transitar en el país. Para poder reconciliarnos tenemos que salir de esta etapa de prisioneros políticos, tenemos que derogar todas las leyes que han sido utilizadas para judicializar las organizaciones, para criminalizar los activistas… Todas estas acciones fueron achicando el espacio público», puntualiza.

Javier Tarazona

Otro punto de inflexión fue el 28 de julio de 2024. El activista vio cómo se fueron llenando las celdas del Helicoide, «se fue criminalizando por todo, por nada y por si acaso».

«Los últimos meses fueron muy duros por la incertidumbre que se tiene. Muchos compañeros comenzaron a ser trasladados a otros centros y nosotros temíamos ser trasladados a otros centros porque, por lo menos en mi caso, mi mamá cuando venía a visitarme desde el Táchira yo podía verla, mis hijos venían del Táchira y yo podía verlos, cosa que en estos momentos otros compañeros no tienen la posibilidad», menciona.

La libertad, en forma de una boleta de excarcelación, le llegó el pasado 1 de febrero. A diferencia de su hermano, tiene que presentarse a tribunales cada 30 días. Al grupo completo, semanas después, se le negó el sobreseimiento de su causa vía amnistía, por lo que apelaron la decisión.

Las dificultades del después

Si la cárcel fue un proceso duro para Javier Tarazona, reintegrarse a una libertad a medias también es difícil. En especial al encontrarse de frente con todo lo que la prisión le impidió: recoger a sus hijos del colegio, llevarlos a practicar deportes o pasear, ver graduarse de bachilleres a dos de ellos, celebrar los cumpleaños.

«Este proceso es el más difícil, yo aún sigo en ese proceso», admite. Muestra una agenda verde bosque que carga consigo, regalo de su hijo Juan Pablo. En ella, con esa letra infantil y temblorosa todavía, le dejó un mensaje donde dice que quería que lo acompañara a un entrenamiento de fútbol.

En cada visita, su hija Bárbara le dejaba notas donde le expresaba su amor, que quería verlo y que el encierro terminara pronto. Algunas, de colores vibrantes, todavía permanecen.

Javier Tarazona

También en esa agenda, con letra pequeña y apretujada para rendir todo el espacio posible, tenía su diario personal. Ahí contaba los días encarcelado, lo que vivía en prisión, escribía recordatorios de fechas especiales. «Me permitieron sostenerme, superar esta prueba tan dolorosa de tantas enfermedades de las cuales yo era víctima… Reincorporarme con la vida es abrazar a mis hijos, es entender que su vida se movió, que me perdí de muchas cosas, que me perdí de la infancia de los más pequeños».

Así como se quiebra, se recompone, sigue con esfuerzo: «La mitad de su vida sin estar, sin llevarlos a la escuela, sin buscarlos y sigo aún así porque ahora estoy en Caracas, donde tengo que presentarme a un tribunal y mis hijos están en Táchira, donde mi trabajo como profesor universitario que soy, un profesor de la Universidad Pedagógica, con un salario que no me permite sostener las demandas que tengo como padre, como hijo, pero aún así estoy convencido que nada hacía con rencor y con odio. Por eso yo perdoné… y estoy comprometido a ser un mensajero de la esperanza, un mensajero del encuentro, un mensajero que posibilite puentes, un encuentro con todos los venezolanos porque el país tiene que reconstruirse».

La reconstrucción no es solo familiar o del país, también debe hacerlo con una salud deteriorada por el cautiverio. En algún momento tomó 23 medicamentos, perdió 55 kilos en ese proceso. En la mano izquierda tiene una dishidrosis, producto del estrés en prisión, además de psoriasis, problemas en el colón, hernias discales y fisuras rectales.

Javier Tarazona

Su visión está afectada, al igual que la audición en uno de sus oídos derivado de un absceso dental no atendido durante nueve meses. También padece una fibrosis pulmonar producto de la mala ventilación en las celdas del Helicoide.

Poco a poco ha ido atendiendo todos esos problemas de salud gracias a amigos médicos, y «la paz en mi corazón».

De esta última dice, vino el perdón. Pero no es bobo «porque quiero que haya justicia, que haya reparación, que haya la no repetición porque no podemos seguir permitiendo que personas que actúan de manera perversa sigan en el ejercicio de responsabilidades que van a seguir dañando a otros… Tenemos que hablar de cosas difíciles, pero tenemos que escucharnos, hay que encontrarnos, hay que escuchar a la gente».

Repensar el activismo

Javier Tarazona manifiesta que salió «a transformar este país, salí a transformar las banderas de la educación y estoy invitando a que Venezuela abra el gran debate de la transformación educativa».

Eso implica, a su juicio, una reforma a la Ley de Universidades, revisión de todo el sistema educativo y una transformación del sistema curricular, dignificar la carrera docente. «No puede ser que sigamos viendo la educación solo como un gasto y no como una inversión, y entonces no atendamos las prioridades que son los maestros, la ecología del aprendizaje, la calidad educativa. Finalmente eso nos permite adecentar lo que estamos viviendo».

También resignificó su labor como activista, ese que busca primero la dignidad humana, que debe «escuchar a la gente» y que se restituyan los derechos de todos. Señala que es un «desafío enorme», especialmente con «mensajes contrarios» como sucede en su caso, tras negársele un sobreseimiento amparado bajo la Ley de Amnistía.

«Los que niegan esto, los que obstaculizan la posibilidad de reencontrarnos, lo que quieren es que agarre una porra y no aspire la justicia, que no podamos tener una recomposición institucional en Venezuela y podamos transitar la construcción de confianza, la convivencia pacífica y la democratización del país. Yo sí creo que lo podemos hacer. Me niego a la desesperanza, me niego a abandonar esta ruta», afirma.

Esa judicialización que se mantiene en su contra, insiste, le obliga a «repensar el hacer, sobre todo por la vulnerabilidad que yo viví en el cautiverio, con el abandono además, tengo que decirlo. No es por mi dolor, es por el silencio y la indiferencia de muchos que durante el cautiverio incluso dieron la espalda. No lo digo desde el resentimiento, sino porque tenemos que trabajar en la solidaridad».

Javier Tarazona también tiene como objetivo relanzar Fundaredes. «Vamos a reimpulsar esta organización, pero además no solo la organización sino todo el movimiento de derechos humanos, todo el movimiento social. Es necesario reconstruir el tejido social, es necesario que nos encontremos, es necesario que conversemos, que nos escuchemos y yo voy a seguir dedicando mi vida a eso».

*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes «contra el odio», «contra el fascismo» y «contra el bloqueo». Este contenido fue escrito tomando en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.

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