El Regreso a la Democracia en Venezuela: Reflexiones sobre el Camino hacia la Esperanza y la Unidad
¿Regresará? ¿Debe regresar? ¿Cuándo? Las grandes preguntas que hoy se hace la mayoría de los demócratas venezolanos.
Parece cierto que el regreso debe esperar. No existen hoy por hoy las condiciones que le garanticen un mínimo de seguridad. No se la quiere, no se la necesita ni presa ni escondida. Se la necesita como potente, activo y público factor dinamizador de esa poderosa bola de nieve que ya es, en la Venezuela concreta que tenemos entre manos, el anhelo de una vuelta a la vida democrática.
Se necesita algun tiempo. No solo para que la capacidad represiva se debilite lo suficiente, sino para que el regreso sea un motivo de entusiasmo colectivo públicamente visible y no una fuente de tensiones, de conflictos y de renovados temores.
La idea de su nueva presencia en el país tiene que ir normalizándose, alisándose. Tiene la dama esa tarea pendiente por delante. Los venezolanos sabemos muy bien con qué tipo de régimen y de personajes hemos tenido que lidiar todos estos años. No es necesario que nadie nos lo recuerde, y quizas menos que nadie que sea ella quien lo haga. Su liderazgo no depende de eso. Se lo ganó de otra forma. No se lo debe a la descalificación o la amenaza contra el adversario, ni a la constante referencia a su talante, aunque ha habido algo de eso —para mi gusto, más de la cuenta— en su lenguaje. Como dije, los venezolanos tenemos muy bien calibrada la calidad de quienes nos han gobernado últimamente. El liderazgo del que actualmente goza nuestro personaje lo debió, además de a su constancia y su coraje, a su apelación a los afectos, a las necesidades emotivas de las mayorías venezolanas, cosa que hizo con una calidez, con una capacidad de penetración y de conexión pocas veces vista en nuestra historia. Esa roca, esa base de apoyo hecha de emociones indisolubles está, estimo, muy firme. Nadie olvida los primeros siete meses del año 2024 ni cómo millares de venezolanos se unieron, día tras día, en una emoción común a todos.
Tal firmeza brinda oportunidad a un nuevo énfasis en el recurso a esa emocionalidad: la de dejar saber que hay espacio para todos, que en verdad hay espacio para todos, aun —y quizas sobre todo— para quienes no la compartan. Abrir, pues, sitio para que todos sientan que tienen cabida en un futuro como el que se nos promete, amparado por algo tan simple como el cumplimiento de la Constitución y las leyes.
No hay tanta prisa con ese regreso, no una prisa urgente. Han de madurar las condiciones que hagan de la presencia de esa persona aquí un factor de enorme positividad. Que la expectativa de que esté físicamente entre nosotros sea cada vez mayor, pero capaz de esperar lo necesario. Lograr ese equilibrio también es tarea suya. Cuando la vimos en Chile, rodeada de honores chilenos y de multitudes venezolanas, sentíamos que estaba un poco, un mucho, aquí. Solo un poco o un mucho, porque todavía no es tiempo de que lo esté de un todo. Pero de eso se trata: “Esté donde esté, yo siempre estoy allá”.
Lo importante es que la presencia sentida no decaiga, que la expectativa siempre encuentre alimento. Que hay que llevar a pulso el aceleramiento de las tres fases, y la presión por su solapamiento. Si la imagen de la bola de nieve es certera, como creo que lo es, los tiempos tienden a abreviarse, no a alargarse. El famoso pragmatismo de la administración estadounidense es capaz de seguir el talante de las situaciones, de modo de caer en cuenta de que lo que al inicio se pensó que iba a llevarse tanto así, en realidad necesita llevarse tantico menos, como diría Cantinflas.
Aquí nadie deja de pensar en el regreso. No hay manera de dejar de hacerlo. Aproveche, señora, ese margen, para prepararlo todo muy bien. Que aquí la esperamos.
La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.



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