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Chico Buarque y ‘Apesar de Você’: Una Canción de Resistencia ante la Dictadura Brasileña

Chico Buarque y ‘Apesar de Você’: Una Canción de Resistencia ante la Dictadura Brasileña

En 1970, el compositor y cantante brasileño Chico Buarque grabó una canción titulada “Apesar de Você” (A pesar de usted), que puede parecer una recriminación íntima. Una voz le habla a otra que manda, que decide, que clausura cualquier discusión. Además, la samba, con su fluidez coloquial, amortigua el filo y lo vuelve aparentemente familiar. Ese rodeo, ese disfraz de intimidad, fue parte de la astucia de Chico Buarque frente a un sistema acostumbrado a buscar el ataque frontal.

La letra tiene la suficiente ambigüedad como para ser percebida como un alegato de dolor, deuda, promesa de ajuste futuro, una pelea doméstica. Pero en el sustrato de aquella pieza entonada con el dulce estilo de Buarque respiraba otra cosa. Era un ejercicio de inteligencia verbal.

La canción apareció en el momento más duro de la dictadura militar brasileña, durante el gobierno de Emílio Garrastazu Médici. Fue lanzada primero como sencillo, tuvo éxito inmediato y sonó en la radio durante unas semanas, hasta que la censura entendió el alcance político de ese “você” y la prohibió. El proyecto Memórias da Ditadura aporta dos datos: en 1971 Chico fue llamado a dar explicaciones. Los agentes que leían las canciones con lápiz rojo antes de ser grabadas querían saber quién era ese “você”. Se referían a esa segunda persona, ese polo de conciencia al que la letra apela.

Ese “você” no tiene nombre, y ahí reside parte de su fuerza. En la superficie, puede parecer una persona concreta, alguien autoritario dentro de una relación íntima; uno que clausura la discusión y arruina la vida emocional de los demás. Ya en los primeros versos, ese interlocutor aparece como alguien que “manda”, que impone la palabra final y que ha inventado un “estado” de oscuridad y pecado. Esa expansión del campo semántico, de la escena privada al clima colectivo, es lo que va sacando la canción del registro amoroso y la empuja hacia el político.

El poder que disciplinaba el presente y obligaba a bajar la voz y a mirar al suelo no era un amado desdeñoso: era una tiranía que había colonizado la vida cotidiana, no solo las instituciones. Pero anunciaba algo todavía más corrosivo: que ese dominio no era eterno. El verso “amanhã há de ser outro dia” no funciona solo como consuelo, sino como advertencia de caducidad. En una dictadura que aspiraba a presentarse como orden histórico, casi como destino, la canción introducía una idea sencillamente insoportable para el poder: el mañana llegaría de todos modos y no le pertenecería.

Su recepción inicial fue fulminante. El Instituto Moreira Salles la describe como “sucesso instantâneo” (éxito instantáneo), seguido semanas más tarde por la prohibición. Otras referencias coinciden en que vendió muchísimo antes de ser retirada de circulación y que ya había empezado a convertirse en emblema público. Eso importa porque la censura llegó tarde: cuando quiso sofocarla, la canción ya había entrado en el oído colectivo. La prohibición, además, confirmó su sentido. Una vez que el régimen la vetó, dejó de poder fingirse que aquello era solo una escena íntima. La propia reacción del poder la reveló.

Hay en esto una paradoja hermoza. La canción se hizo pasar por íntima para cruzar la aduana; después, la respuesta del Estado la convirtió en prueba política. Primero fue astucia verbal; luego, evidencia histórica. Por eso terminó funcionando como himno. No porque alabara una causa con lenguaje de pancarta, sino porque convertía la experiencia del autoritarismo en algo inmediatamente reconocible por cualquiera: la sensación de vivir bajo una voz que se arroga el derecho a decidirlo todo y la convicción de que esa voz tiene término.

La canción dice: “Te pregunto dónde vas a esconderte de la enorme euforia, cómo vas a impedirlo cuando el gallo insista en cantar. Agua nueva brotando y la gente amándose sin parar. Cuando llegue el momento, este sufrimiento mío lo cobraré con intereses. Vas a pagar, y será el doble, cada lágrima derramada en esta pena mía”. No alude cárceles ni enumera agravios. Trabaja en otro plano, porque muestra un presente sometido y, al mismo tiempo, introduce una certeza que el poder no puede absorber: que el futuro no le pertenece.

La dictadura puede ordenar, vigilar, prohibir, incluso narrar el país. Lo que no puede es producir por sí misma ciertos logros que luego pretende adjudicarse. Esa lógica opera hoy con una claridad deslumbrante. La reciente victoria de Venezuela en el Clásico Mundial de Béisbol es presentada por el régimen como una extensión de su propio relato. La fotografía, la declaración, el gesto de apropiación buscan inscribir el triunfo en una narrativa de gobierno.

La maniobra llegó enseguida, casi como reflejo. Aparecen cuando todo ya está hecho. Ante una alegría en la que no tienen un ápice de contribución, el régimen busca darle un marco, inscribirla en su calendario. Delcy Rodríguez decreta el día no laborable; así, la celebración deja de ser un movimiento espontáneo y se convierte en una jornada autorizada por ellos. Pero ese resultado corresponde a otra trama, ajena al nefasto chavismo, forjador de miseria y derrota. Lo que se celebra no nace de la gestión de quienes hoy se apresuran a capitalizarlo.

Este triunfo se explica en trayectorias que el Estado no formó ni sostuvo: la mayoría del roster compite en organizaciones de Major League Baseball o en ligas del Caribe, con preparación financiada por clubes privados y desarrollo técnico fuera del país; varios de sus nombres clave se consolidaron en sistemas de alto rendimiento ajenos a la política deportiva oficial. Mientras tanto, en Venezuela, la infraestructura pública ha sufrido años de deterioro, la inversión en programas de base es irregular, los calendarios locales han sido inestables y la migración ha vaciado academias y clubes. Aun así, el país produce peloteros de élite que se entrenan, compiten y se mantienen en circuitos internacionales exigentes. Esa combinación —formación externa, disciplina profesional sostenida fuera de la estructura estatal y una cultura beisbolera que sobrevive en condiciones adversas— dibuja con nitidez el origen de la victoria. No en una política pública que la haya hecho posible. Su origen está en ese tejido social y deportivo que ha persistido por su cuenta. A pesar de Delcy Rodríguez y sus cómplices.

Hay en ese gesto una forma de oportunismo que degrada lo que toca. Delcy Rodríguez irrumpe al final del proceso, cuando el resultado ya está consumado y la emoción circula por su cuenta, para estampar una firma administrativa sobre algo que no pasó por sus manos. El decreto no amplía la celebración; la utiliza. Introduce una autoridad que llega tarde y pretende fijar sentido sobre una experiencia que no le debe nada. Esa intervención no acompaña el logro: lo instrumentaliza. Y, al hacerlo, deja expuesta una práctica conocida: la de apropiarse de lo que otros construyen, con un añadido especialmente áspero, convertir una alegría genuina en material de propaganda.

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