Seis meses sin Nicolás Maduro: ¿La transformación de Venezuela o solo un engaño?
Nicolás Maduro ya no está en el aeropuerto de Maiquetía dando la bienvenida. Tampoco aparece en la valla tricolor vociferando que tiene “Fe en nuestro pueblo”. En su lugar, la valla dice “Venezuela abierta al futuro”, con la misma tipografía de las comunicaciones que promueven el turismo. En el terminal de buses de Plaza Venezuela, el contador de días de Maduro preso se detuvo en el día 73. En bancos y oficinas públicas se van descolgando sus fotos de las entradas. En el Palacio de Miraflores y en la Asamblea Nacional ya no se le ve, ni siquiera en las paredes de algún pasillo.
Maduro y su esposa, Cilia Flores, fueron capturados el 3 de enero de 2026 por fuerzas militares estadounidenses para que enfrenten un juicio por narcotráfico. Dos días después, Delcy Rodríguez se juramentó como presidenta encargada. A casi 180 días de aquella juramentación, los 26 años de revolución bolivariana se difuminan. Maduro va desapareciendo de las calles de Caracas, de las comunicaciones oficiales y de la propaganda.
El régimen de Delcy se muestra sin aparentes adornos ideológicos. La estética de lo que ella ha definido como un “nuevo momento político” va pasando del rojo rojito al azul corporativo, de las mezclas de imágenes a elementos sencillos y del protagonismo del “héroe” al foco en el proceso.
Sin aviso, consulta ni discusión, cambió el azul de la bandera nacional en despachos, mesas, membretes y banderas de mano. En abril de este año, la politóloga Nazly Escalona notó que la nueva franja es de un “azul profundo”. Este es, de acuerdo con la Asociación del Color de Estados Unidos, el tono Old Glory Blue, el mismo de la bandera estadounidense.
Joaquín Ortega, estratega en comunicación política, explica: “Pareciera que el énfasis del cambio está en lo visual: colorimetría, geometría y volumetría son más amenos. El reequilibrio pretende dar la idea de que el ‘nuevo gobierno’ es más suave, que está tomando otras decisiones, que ahora es más de centro y más plural”.
Ver para no creer
Esto es mucho más que un cambio gráfico. Para la socióloga Verónica Chópite, este primer cambio estético representa la salida del madurismo como símbolo, pero sin tener claro qué entra en su lugar: “Porque ya la narrativa antimperialista, de resistencia y de cese de las sanciones perdió sentido después del 3 de enero”.
En más de dos décadas, el chavismo ha sabido manejar sus comunicaciones físicas, digitales y de calle a su antojo y beneficio. Invadió todos los espacios y logró anclar sus mensajes: el dictador Hugo Chávez fue el “corazón del pueblo” y, al morir en 2013, Maduro comenzó su dictadura “por el camino de Chávez”.
Delcy, en cambio, no mira hacia atrás y no quiere ser ni relevo ni continuidad. El eslogan “Delcy, avanza. Tú tienes mi confiansa” parece abrir una senda tan distinta que, por primera vez en años, un presidente estadounidense elogia la personalidad, la gestión de un mandatario venezolano y la relación bilateral entre Estados Unidos y Venezuela.
Pero para los venezolanos es difícil creer que, cuando Delcy niega a Maduro, también se deshace de la tradición revanchista del chavismo. En 2018 dijo que la revolución bolivariana es su “venganza personal” por el asesinato de su padre.
Se ve, se siente, el chavismo está presente
“El chavismo está en una transición sin dejar de ser una dictadura que ve cómo logra perpetuarse en el poder”, advierte la socióloga Chópite. “Esta imagen genérica de emergencia está buscando impunidad y supervivencia, abriendo nuevos espacios, pero son muy artificiales, porque todos estos cambios tienen a Estados Unidos presionando al régimen sin darle demasiada libertad y sin dejarle proyecarse a largo plazo”.
Claro que los borrones y cambios no son transición, y mucho menos transición democrática, sobre todo porque carecen del “entendimiento desde la divergencia y la diversidad política e ideológica” que ha prometido Delcy. El Helicoide sigue abierto y, para el cierre de esta nota, todavía hay más de 380 presos políticos. Más de 60 medios de comunicación digitales independientes continúan bloqueados por la Comisión Nacional de Telecomunicaciones de Venezuela, entre ellos La Gran Aldea.

La esperança de cambios reales que se vivió en los días posteriores al 3 de enero se va desvaneciendo. No ocurre lo mismo con las más de cuatro tasas cambiarias del dólar cuando se paga en bolívares. Tampoco aparecen las 71 toneladas de medicamentos e insumos médicos donados por Estados Unidos en febrero. Y mientras la industria petrolera venezolana ya alcanzó los 1,25 millones de barriles diarios, más ciudades se quedan sin electricidad entre cuatro y siete horas al día para echar a andar esa misma industria.
Seis meses después de la captura de Maduro, la renovación estética no está construyendo un relato efectivo para el nuevo régimen ni tampoco un nuevo país que ya acumula diez años en emergencia humanitaria compleja.
El estratega Ortega cree que estos cambios visuales terminan siendo un fracaso porque juegan a convencer a los ya convencidos: el grupo que intenta sostenerse en Miraflores, el que está quedando fuera del poder y el de Washington. Sin embargo, advierte que “sí están tratando de connexar con un sector de la oposición que definitivamente está entendiendo que el cambio va a ocurrir, pero no tan rápido ni con los actores que la oposición quisiera. La cuestión es si logran conectar”.
Mientras tanto, el nuevo lema “Venezuela vuela libre” va tomando espacios y la vida sigue, como le escuché decir a un señor en la calle: “Maduro no se ve, pero es como si estuviese aquí”.


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