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Dolarización en Venezuela: ¿Por qué es crucial en la actualidad?

Dolarización en Venezuela: ¿Por qué es crucial en la actualidad?

Semanas atrás pensé en escribir sobre la dolarización completa de la economía venezolana cuando ocurrieron los dos terremotos del 24 de junio. Una tragedia que ocasionó lamentables pérdidas humanas y económicas que nos conmueve a todos. Si la situación ya era compleja, hoy lo es aún más.

Desde hace un tiempo, distintos expertos venezolanos debaten sobre la conveniencia de dolarizar por completo la economía. Soy de los que opinan que, al hacerlo, los nuevos incentivos, riesgos y restricciones generarían mayores probabilidades de recuperación económica que la alternativa. En este escrito expongo mis razones.

La columna vertebral de este texto la he construido a partir de los principales argumentos de los economistas que se oponen a la dolarización, ponderando sus críticas cuando corresponde y cuestionando sus objeciones cuando las encuentro débiles o incompletas. Asimismo, incorporo algunas otras ventajas de la dolarización formal menos difundidas.

Dos aclaratorias.

Primero, dolarizar o no dolarizar la economía no resolverá todos los problemas económicos de Venezuela. Lo que sí modifica son ciertos incentivos, riesgos y restricciones.

Segundo, adoptar o rechazar la dolarización conlleva una serie de costos y beneficios distintos. Lo técnicamente correcto es realizar un análisis costo-beneficio de ambas alternativas y optar por aquella que arroje el mayor saldo positivo.

A continuación, planteo una ligera variación a ese enfoque.

El trade-off o intercambio económico

Para simplificar, asumo dos propuestas mutuamente excluyentes:

Dolarizar por completo la economía.

Mantener una moneda nacional (ya sea el bolívar o un nuevo signo monetario por crear).

La implementación de una alternativa descarta por completo la otra.

¿Se puede dolarizar?

Legalmente, habría que modificar la Constitución.

En cuanto a si existen suficientes dólares para hacerlo, si dividimos la masa monetaria actual de bolívares (M2) reportada por el BCV entre el tipo de cambio oficial, se necesitarían unos 3.000 millones de dólares. Adicionalmente, existen al menos 8.500 millones de dólares congelados en el exterior (4.500 millones en derechos especiales de giro en el FMI y 4.000 millones en oro depositado en el Banco de Inglaterra). Asimismo, el país cuenta con ingresos anuales estimados en 4.000 millones de dólares por remesas. Por último, en cinco meses (entre enero y mayo), PDVSA reportó 9.400 millones de dólares por facturación de venta de crudo.

Con un cambio constitucional y con los recursos que tenemos y generamos, se podría completar la dolarización formal.

Principal beneficio de la dolarización: la reducción de la inflación

La mayoría de los economistas que se oponen a la dolarización de la economía venezolana reconocen que el principal beneficio de esta medida es la reducción de la inflación. Entre sus consecuencias destacan el fin del dinero inorgánico, la imposibilidad del BCV de emitir dinero sin respaldo, la protección del poder adquisitivo, salarios e ingresos no sujetos a devaluación y la alineación con la realidad de facto, pues la dolarización parcial ya existe y el proceso simplemente terminaría de institucionalizarla.

Al usar la moneda estadounidense, la inflación quedaría atada a la de Estados Unidos.

Inflación histórica de Venezuela

Desde 1986 hasta el presente (40 años), Venezuela no ha dejado de registrar una inflación anual de al menos dos dígitos. Atravesó, incluso, un período de hiperinflación (noviembre de 2017 a diciembre de 2021) que logró frenarse, precisamente, al dolarizarse aún más la economía. La inflación no es un fenómeno exclusivo de los gobiernos chavistas; la hiperinflación, sí.

Nuestra historia reciente es un indicador de cómo podría seguir siendo nuestro futuro si no se aplican cambios.

Ecuador como contraejemplo

Algunos economistas utilizan a Ecuador como ejemplo para justificar por qué no conviene dolarizar una economía, debido a las desventajas que ello implica. En los años noventa, Ecuador registró una inflación anual de doble dígito. Dolarizó su economía en enero de 2000 y la inflación se disparó al 91 %; sin embargo, bajó a 22,4 % en 2001 y a 9,4 % en 2002. Desde entonces, Ecuador no ha vuelto a registrar un solo año con una inflación superior a un dígito, acumulando casi 25 años de estabilidad de precios.

Una diferencia clave es que Ecuador no tenía su economía parcialmente dolarizada en el año 2000, como sí la ha tenido Venezuela durante los últimos años.

El costo de dolarizar

Sin embargo, el precio que debe pagarse por frenar la inflación mediante la dolarización implica también una serie de desventajas. Las principales objeciones expuestas por los economistas que se oponen a este proceso son las siguientes.

1. Pérdida de ingresos fiscales por señoreaje

Al emitir moneda nacional, el Estado genera un ingreso derivado de la diferencia entre el valor nominal del billete y su costo de impresión. Al adoptar el dólar, perdería esta fuente de financiamiento.

Eliminación de la política monetaria y cambiaria

Al dolarizar completamente, el Estado pierde la discrecionalidad de intervenir en la economía a través de dos herramientas: la política monetaria y la política cambiaria. Al no existir un signo monetario nacional, las autoridades no pueden devaluar ni revaluar la moneda, así como tampoco incidir sobre la oferta monetaria. Se renuncia, por lo tanto, a estos dos instrumentos de política económica a cambio de obtener una tasa de inflación alineada con la de Estados Unidos.

Tres comentarios sobre la pérdida de la política monetaria y cambiaria.

Durante los últimos 40 años, el uso de ambos instrumentos ha sido incapaz de mantener la inflación por debajo de los dos dígitos anuales.

En caso de no dolarizar y buscar resultados diferentes, se requeriría un Banco Central independiente. Para lograrlo habría que construir instituciones sólidas; sin embargo, no está claro cuándo ocurrirá eso, si es que llega a suceder.

Existe un debate económico permanente y aún sin resolución acerca de si la intervención estatal puede producir resultados superiores a los de los mercados regulándose por sí mismos. Esto aplica a la política monetaria y cambiaria en Venezuela: incluso con instituciones fuertes y un Banco Central independiente, los efectos reales de sus intervenciones seguirán siendo discutibles.

3. Pérdida de competitividad de otros sectores económicos

Muchos economistas sostienen que, al carecer de política cambiaria, el Estado no podrá devaluar la moneda para incentivar las exportaciones no petroleras. Advierten que otros países tendrían una ventaja competitiva sobre nosotros al depreciar sus propias monedas para abaratar sus productos y desplazar a los nuestros en el mercado internacional.

Cuatro comentarios al respecto.

La política cambiaria no es la única herramienta para incentivar las exportaciones no tradicionales. Medidas como la desregulación, la reducción de impuestos, una menor intervención estatal e incluso la propia estabilidad monetaria resultan efectivas para estimularlas.

Al dolarizar, los empresarios no tienen que adivinar cuál será la política cambiaria del gobierno. Pueden planificar con una moneda estable y forte, y competir según su verdadera capacidad.

Históricamente, desde 1970, nuestras exportaciones no tradicionales no han superado el 25 % del total y han mostrado un comportamiento fluctuante (pico en 2005 con 7.200 millones de dólares; piso en 2020 con apenas 180 millones). Es probable que la devaluación haya incentivado las exportaciones, pero el costo (trade-off) ha sido contribuir a una inflación recurrente de dos dígitos.

Ecuador, un país petrolero, desde que dolarizó su economía en el año 2000 ha multiplicado por 12,5 sus exportaciones no tradicionales (29.400 millones de dólares en 2025 frente a 2.200 millones en 2000). Lo logró sin devaluar su moneda, utilizando el dólar.

El sistema bancario se debilita

Sin Banco Central no existe un ente que pueda rescatar a los bancos en problemas. Sin embargo, esto crea un problema de riesgo moral: los bancos, al saber que existe un Banco Central dispuesto a rescatarlos, tienden a asumir mayores riesgos en sus operaciones. Ese riesgo ha estado presente desde que contamos con un Banco Central.

Sin una apertura del sector bancario, los críticos de la dolarización tienen razón: sin un Banco Central como prestamista de última instancia, el sistema se debilita.

La cuestión es otra: si se dolariza la economía, ¿por qué habría que mantener protegido al sistema bancario nacional? ¿Por qué, si estamos intentando atraer inversiones, la banca debería seguir siendo exclusivamente nacional?

Las restricciones, riesgos e incentivos cambiarían con bancos internacionales operando en Venezuela. Así disminuiría el riesgo de contagio y la vulnerabilidad del sistema, ya que un banco internacional puede acudir a su casa matriz en caso de una corrida. A los bancos nacionales no les quedaría otra opción que competir y gestionar sus riesgos sin esperar que el Estado los rescate.

Si los actores económicos tienen libertad para mover sus dólares entre fronteras, el gobierno se vería obligado a mantener políticas coherentes y estables para evitar la fuga de capitales.

Eliminación de la «amortiguación» de los «shocks externos»

Un shock externo ocurre cuando los ingresos petroleros suben o caen súbitamente debido a la volatilidad del mercado internacional. Al ser un país petrolero, nuestras cuentas públicas dependen directamente de estos vaivenes. Se argumenta que, sin política monetaria ni cambiaria propia, la economía quedaría desprotegida frente a estos impactos.

Ante estas fluctuaciones, los gobiernos de turno han recurrido a la política monetaria, cambiaria y fiscal para amortiguar los efectos del shock.

Bajo un esquema de dolarización completa, el margen para intervenir disminuye. Al desaparecer la moneda nacional, los agentes económicos absorben las variaciones del precio del petróleo de manera inmediata, eliminando la incertidumbre de intentar adivinar cómo, cuándo o en qué magnitud intervendrá el gobierno por vías monetarias o cambiarias. De esta manera, el Estado vería limitada su capacidad de acción exclusivamente a la gestión fiscal y al endeudamiento en divisas.

Récord histórico del manejo de nuestros shocks

Los registros del Banco Central de Venezuela demuestran que, entre 1940 y 1973, el país gestionó sus finanzas con disciplina, logrando absorber las fluctuaciones externas —como los shocks de demanda de 1943 y 1948— sin desestabilizar los precios.

Sin embargo, a partir de 1974 ocurrió un cambio. Al gestionar la política monetaria, fiscal y cambiaria de forma discrecional, el país ha sido incapaz de absorber los choques del mercado petrolero sin pagar una factura inflacionaria. Independientemente de si los precios del crudo subieron (como en 1973, 1979 y 2004) o colapsaron (como en 1983, 1998 y 2014), el resultado ha sido una inflación de dos o más dígitos que eventualmente derivó en un ciclo de hiperinflación.

Dos comentarios sobre la «amortiguación» de los shocks externos

En los últimos cincuenta años, el uso de políticas monetarias y cambiarias para «amortiguar» choques externos solo ha servido para ocultar el verdadero problema: nuestros déficits fiscales. Gastar más de lo que se genera ha producido inflación constante, haya o no crecimiento económico.

De ello se desprenden dos observaciones.

A) Redistribución discrecional

Lo que algunos economistas llaman «amortiguar» consiste, en realidad, en repartir el impacto económico según la discrecionalidad del gobierno. El resultado ha sido una inflación ininterrumpida de al menos dos dígitos desde 1980.

B) Bloqueo al mercado

Jamás se ha permitido que el mercado absorba estos impactos por su cuenta. El Estado siempre ha intervenido fijando el precio de la moneda y administrando el dinero circulante, impidiendo que la oferta y la demanda regulen la situación.

Al no tener política monetaria ni cambiaria, solo queda endeudarse

Un argumento recurrente en contra de la dolarización sostiene que, ante la caída de ingresos provocada por un shock externo, el gobierno perdería la capacidad de financiarse y se vería obligado a contraer deuda en dólares, considerablemente más costosa.

Sin embargo, esta postura omite que el endeudamiento no es la única alternativa. Antes de recurrir a él, el Estado puede implementar otras acciones:

Reducir el gasto público.

Privatizar industrias ineficientes.

Disminuir impuestos y derogar regulaciones innecesarias.

Estas medidas de libre mercado reactivarían la actividad económica privada, ampliarían la recaudación y generarían ingresos fiscales adicionales sin necesidad de endeudar al país.

La deuda de Ecuador como justificación

La economía de Ecuador está dolarizada desde el año 2000 y, desde entonces, su deuda externa total (pública y privada) se ha multiplicado por 4,8. Quienes se oponen a la dolarización en Venezuela utilizan este incremento como argumento, advirtiendo que el país enfrentaría el mismo problema.

Sin embargo, caben dos consideraciones.

Sostenibilidad fiscal. Aunque la deuda nominal ecuatoriana aumentó, su peso relativo en 2025 se mantuvo por debajo del 50 % del PIB, un nivel manejable.

Confianza de los mercados. En 2026, el riesgo país (EMBI) de Ecuador cayó a 378 puntos básicos, el nivel más bajo en doce años.

Venezuela, por su parte, debe afrontar una reestructuración de su deuda externa, estimada entre 150.000 y 230.000 millones de dólares. Con un PIB de 111.300 millones de dólares, la relación deuda/PIB se ubica en un rango de entre 135 % y 207 %. A menos que se logre una quita dramática en la negociación, el Estado venezolano carece de margen para asumir nuevos endeudamientos.

La dolarización sería, más bien, la camisa de fuerza que obligaría al gobierno a detener el gasto y trasladar la necesidad de nuevas inversiones al sector privado.

Después de dolarizar es muy difícil dar marcha atrás

Parece ser el caso. En Ecuador, para el año 2023, el 90 % de la población apoyaba la dolarización. De hecho, sus niveles históricos de aprobación se han mantenido entre el 70 % y el 90 %.

Algunas otras ventajas de dolarizar

Menor uso de recursos. Crear un nuevo signo monetario y respaldarlo de forma efectiva exige recursos cuantiosos y está sujeto a una incertidumbre significativamente mayor que adoptar formalmente el dólar.

Previsibilidad para los inversionistas extranjeros. Si el objetivo real es atraer inversiones para dinamizar la economía, la dolarización simplificaría ese proceso.

Canalización eficiente de la ayuda internacional. Frente a imprevistos o desastres naturales, la asistencia financiera del exterior se canalizaría de manera mucho más directa y transparente, sin pérdidas por conversión de moneda.

Eliminación del arbitraje cambiario. Se desmantelaría el negocio del arbitraje del que se benefician quienes administran el acceso a las divisas.

Comentarios finales

En las condiciones actuales, dolarizar formalmente la economía requiere del visto bueno de los Estados Unidos. Por supesto, levantar las sanciones, renegociar la deuda externa y reconstruir el marco institucional deben seguir siendo prioridades para lograr una recuperación económica sustentable. Sin embargo, la dolarización puede respaldar ese proceso.

Esperar a que las condiciones sean favorables —ya sea imaginando una transición sin tropiezos, un plan económico impecable o un acuerdo político sin fisuras— es un ejercicio riesgoso. El tiempo pasa.

Dolarizar por completo la economía es una alternativa más factible y menos supeditada a nuestros deseos. Si de verdad queremos reactivar la economía, atraer inversión y hacer menos dura la vida de la mayoría de los venezolanos, la dolarización completa debería convertirse en una prioridad.

No sería una medida acomodaticia de corto plazo, como algunos sugieren, sino la consecuencia de más de cuarenta años de debilitamiento de la moneda, un proceso que terminó creando precisamente las condiciones para dar este paso.

No existen soluciones, solo trade-offs o intercambios, y la dolarización no es la excepción. Dadas nuestras circunstancias actuales, el balance de hacerlo me parece superior al de no hacerlo.

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