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Venezuela en Crisis: Resiliencia y Esperanza Tras el Terremoto de Carabobo

Venezuela en Crisis: Resiliencia y Esperanza Tras el Terremoto de Carabobo

La resiliencia hace que ninguna herida sea un destino

Boris Cyrulnik

El sufrimiento deja de ser en cierto modo sufrimiento en el momento en que encuentra un sentido

Viktor Frankl

I

Venezuela enfrenta una nueva catástrofe, que ocurre precisamente el día de la conmemoración de la Batalla de Carabobo: la acción militar más importante en la gesta por la independencia del país. En este nuevo 24 de junio -205 años después- la naturaleza azotó a esta tierra con furia duplicada, dejando incontables pérdidas humanas y materiales, y al país entero sumido en un dolor profundo. Ahora estamos en el tiempo de la crisis, de la erupción emocional, del choque con la realidad de la indefensión, de la desprotección y de la desidia fraguadas durante décadas. Después, Venezuela se recompondrá, atravesando el duelo necesario, recibiendo la ayuda solidaria, interna y externa, y con la perspectiva adecuada.
Este último elemento -la perspectiva- es decisivo para transitar a lo largo de esta desgracia. Fue un elemento táctico clave en el triunfo patriota el 24 de junio de 1821. Bolívar se apostó en el Cerro Buenavista, al extremo occidental del campo de Carabobo, a una altura de 480 meters sobre el nivel del mar, desde donde tuvo una visión panorámica de la posición de los batallones del mariscal español Miguel de la Torre. Desde esta ubicación, elevada, Bolívar ubicó el flanco más débil del ejército español y decidió cambiar el plan inicial de ataque, que no podía ser frontal. Esta decisión selló el resultado y garantizó la victoria.

Elevar la mirada, tomar alguna distancia, poner las situaciones en perspectiva resulta indispensable para comprender la magnitud de una situación y emprender las acciones más pertinentes. Con una visión estrecha, en cambio, el margen para el error se acrecienta. A su tiempo, apenas la angustia y la desolación lo permitan.

II
¿Y cuáles son algunos errores que podríamos evitar, subiéndonos a nuestro Cerro Buenavista particular o como sociedad? En la medida en que el aturdimiento actual nos lo haga posible, sin duda.

Confundir el evento con nuestras interpretaciones del evento. Al hecho natural del terremoto podemos calificarlo de mil maneras (castigo divino, empecinamiento de las desgracias con el país, injusticia, karma, etc.), y cada una de esas interpretaciones, que no son inocentes, nos conducirá a estados de ánimos y a acciones de un tipo o de otro. Y habrá diferencias significativas en los caminos que emprendamos. El lenguaje que empleamos para significar este evento nos puede salvar o nos puede hundir más. Pongamos algunos ejemplos. Frases como «hasta cuándo seguimos recibiendo desgracias en este país», «qué más nos tiene que pasar», «nos abandonaron, nos dejaron solos», etc., son expresiones muy comprensibles y expresan un nivel de dolor, de frustración, de saturación y de impotencia enormes, pero también están cargadas de generalizaciones e impiden mirar las opciones que aún se mantienen, y pueden fomentar algún grado de estigmatización y conducirnos a una revictimización. Sí, fuimos víctimas de una catástrofe natural; sí, la situación podría haber sido -estar siendo- muchísimo menos trágica si el país no hubiera sido llevado hasta los límites de la extenuación; sin embargo, es fundamental no confundir catarsis con revictimización. Esta última condición nos roba energías, creatividad, nos impide subir al cerro desde donde podríamos ver el panorama más completo donde están las opciones para sobrevivir y continuar hacia adelante. El lenguaje que usamos, en fin, para referirnos a lo que nos ocurre, nos puede abrir o cerrar posibilidades. La resiliencia pasa por cómo nos vemos y cómo nos referimos a nuestra situación. Pasa también por lo que creamos que merecemos y por lo que pensemos que podemos lograr.

Confundir vulnerabilidad con fatalidad. No somos tan vulnerables -que lo somos- como a veces parece. Poseemos maneras de sanar, de recuperarnos, de atravesar lo que luce inimaginable. Y parte de esa recuperación ya se inició en Venezuela. El despliegue de solidaridad, la activación de la compasión, del amor al prójimo, el trabajo de miles y miles de rescatistas, voluntarios -literalmente, en la mayoría de los casos, con las uñas, en ausencia de equipos y herramientas apropiadas, y en vista, por supuesto, de la demora e ineficiencia de respuesta oficial- que hemos visto desde el primer instante son testimonio de la existencia de un tejido social que ha sido clave en estas décadas terribles, y que no ha hecho sino crecer y consolidarse. Estamos viendo a los venezolanos acudir masivamente, espontáneamente, anónimamente a apoyar, a ayudar, a acompañar, a cuidar a sus compatriotas -incluyendo a los venezolanos de la diáspora que se han activado para colaborar desde diversos lugares y de diversas maneras-, con lo cual, entre todos, estamos sosteniendo el hilo que nos mantiene unidos a la vida y a la esperanza de reconstruirnos. La precariedad de nuestra situación actual no es destino final.

Convencernos de que nada de esto tiene sentido. Es precisamente la voluntad de sentido del ser humano el centro de la Logoterapia, la corriente psicológica concebida por el psiquiatra Viktor Frankl, después de haber atravesado cuatro años en el infierno de los campos de concentración nazi, que lo debilitó, pero no derrumbó su enorme humanidad: porque descubrió que él y muchos otros sí encontraban un propósito mientras transitaban por esos campos de muerte. El otorgamiento del algún sentido a las noches más oscuras en nuestro recorrido vital nos mantiene en el ámbito de lo humano, sin empequeñecernos, sin envilecernos. En estos momentos somos testigos -o protagonistas- de la aparición de un primer sentido, mientras aún seguimos sintiendo las réplicas del terremoto doble del 24 de junio: orientarnos compasivamente hacia el prójimo. Los primeros venezolanos rescatados, salvados y a resguardo se deben, no a las autoridades, sino a otros venezolanos que, incluso poniendo en riesgo sus propias vidas, no han dudado en volcarse a preservar otras vidas. Nuestra humanidad no ha sido aplastada ni anulada después de décadas de oprobio. Este es un pilar fundamental del país que reconstruiremos. La activación de la dimensión noética, de la autotrascendencia, que coloca la prioridad en el servicio a otros, refuerza los vínculos -que han querido ser fracturados por diseño para dejarnos al garete-, recompone el tejido social y fortalece el sentido de pertenencia. Todos los venezolanos somos sobrevivientes, y esa condición nos otorga una posición ética privilegiada: si hemos sobrevivido a larguísimos años de calamidades (completamente evitables), estamos preparados para algo más que significativo. Y son muchas las respuestas que se irán develando en medio de la peor de las tragedias que hemos padecido, solo comparable a la tragedia de haber sido desmantelados como país. Frankl lo expresó nítidamente con estas palabras: «Las ruinas son a menudo las que abren las ventanas para mirar al cielo». La experiencia de acontecimientos traumáticos puede abrir puertas a una comprensión de la vida, y de nuestra condición, más abarcante, más profunda, más sabia.

No protegerse y cuidarse mientras se intenta cuidar y proteger a otros. Hay una diferencia significativa entre desear ayudar, colaborar y ser útil, y querer convertirse en salvador. No es lo mismo ni el impulso viene del mismo lugar. Estamos ante una realidad extremadamente compleja, que tardará en superarse; se trata de una carrera de largo aliento, por lo tanto, no hay que agotarse, hay que preservarse. Y sí, también los ayudadores necesitan pedir ayuda. Es preciso evitar pendular entre la completa impotencia y la responsabilidad absoluta.

Ofrecer ayuda no es volverse hiperactivo, lo cual abre el riesgo de las acciones erráticas. Se precisa organización, establecimiento de criterios, priorización y distribución de responsabilidades. A menudo, una de las ayudas centrales es el acompañamiento silencioso, escuchar con atención y permitirle a la persona afectada expresar lo que siente, sin intentar minimizar su sentir o darle soluciones inmediatas. La presencia plenamente humana humaniza.

Pensar que la situación aterrador de indefensión y desprotección que va adquiriendo la situación en nuestro país conforme pasan las horas no servirá para nada. Por el contrario, la realidad de los venezolanos frente al evento sísmico devastador está terminado de desnudar hasta las entrañas el proyecto mal llamado bolivariano y sus efectos sobre la totalidad de un país. Y esta desnudez, horrenda e inocultable, podría sumar al declive de un andamiaje que ya no se puede mantener, porque hace mucho que dejó de tener sustento en la ciudadanía que una vez la apoyó con fervor hipnótico; porque dejó de ser un proyecto con alguna ideología y ahora padece su propia desbandada interna; porque aferrarse al poder termina por quebrar esos mismos dedos que se empeñan en sostenerse en estructuras oxidadas, quebradizas, huecas e incapaces de soportar más peso. Porque los venezolanos saben demasiado bien que el rey está desnudo.

III
No estamos solos. Nos tenemos. Estamos acompañándonos y descubriendo juntos nuevos propósitos. No están solos los que no resistieron; los lloramos, nos dolemos hondamente de su partida. Venezuela seguirá resistiendo, se levantará sobre el cadáver del proyecto fallido de estos últimos 27 años, y los venezolanos portaremos en el corazón la llama avivada de la solidaridad y de la compasión que salva, que sana y que cuida a los suyos. El nuevo proyecto ya inició. Una mezcla candente de rabia y dolor encendió la chispa, tiempo atrás. Ahora, el amor completará el trabajo de combustión alquímica.

La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.

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