Franer Perozo: El Barbero que se Convirtió en Héroe de Rescate tras el Terremoto en Caracas
Un grupo de larenses llegó a Caracas para sumarse en las labores de rescate tras los dos terremotos que sacudieron el país el pasado 24 de junio. Franer Perozo es uno de ellos y le contó a TalCual sobre sus deseos de ayudar
A Franer José Perozo Heredia se le nota en las manos que su día a día no es mover piedras. Tiene 31 años, es barbero y vive en Barquisimeto, pero la tarde del miércoles 24 de junio de 2026 la realidad del país le cambió el orden a todo en menos de un minuto. Un inusual doblete sísmico sacudió a Venezuela, primero con un temblor de magnitud 7.2 y apenas 39 segundos después con el golpe principal de 7.5 que terminó por fracturar el norte del país.
Cuando las imágenes de los edificios colapsados en La Guaira y los destrozos en San Bernardino, Los Palos Grandes o Chacao empezaron a reventar los grupos de WhatsApp, Franer no pudo quedarse quieto en su casa. Pensó en el esfuerzo ajeno, en lo cuesta arriba que es levantar una pared en este país.
“Tantas personas perdiendo sus casas, que hicieron un esfuerzo para tenerla. Sabemos lo difícil que es tener una casa acá, o un apartamento”, dice mientras se sacude el polvo de la jornada y se dispone a comer una pasta preparada en plena acera por una de sus compañeras de viaje.
“Yo también soy una persona que lucha día a día y me gusta salir adelante como todo venezolano. Sabía que había muchas personas que necesitaban ayuda de una persona así”.
El viaje arrancó sin permisos ni burocracia. Mientras las réplicas seguían moviendo los pisos del país y las cifras oficiales empezaban a contar los cientos de fallecidos, Franer se puso a mover contactos en Lara para ver cómo llegaba al desastre. “Yo estuve buscando con quien venirme. Contacté a un amigo policía que me preguntó si estaba seguro, que era un riesgo”, recuerda.
Sin dudarlo le dijo que sí. Al final las ganas de resolver se contagiaron rápido y terminaron llenando cuatro autobuses de amigos, vecinos y conocidos que salieron de Barquisimeto directo a una Caracas herida.
El destino final de los larenses fue el edificio Marama, en San Bernardino, una estructura residencial donde el doble sacudón causó estragos severos, comprometiendo los apartamentos y dejando a varias familias atrapadas bajo los techos caídos.

Un solo corazón en el edificio Marama
Allí, coordinando el rompecabezas del rescate entre el polvo del Marama, está Ricardo Viera. Tiene 27 años, lleva tres en el Cuerpo de la Policía Nacional Bolivariana (CPNB) formándose en el área de salvamento y es el encargado de este operativo. El miércoles estaba de permiso en su casa, pero en cuanto la tierra rugió, un mensaje en el teléfono lo convocó de inmediato a la emergencia.
«Yo estaba tranquilo en el comando, pero apenas avisaron me activé. Aquí es donde sale la frase en la que dejamos de proteger a los nuestros por proteger a otros, sin saber si nos quieren», cuenta el oficial, consciente del peso de su uniforme. Sabe que la meta es sacar a los que queden, estén «vivos o muertos», porque ante una situación tan complicada para el país toca hacerle frente y ponerle corazón.
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El proceso se hace con un nudo constante en la garganta porque nunca es fácil ver lo que se ve entre los escombros. Cada cuerpo recuperado le recuerda a su propia familia y a la gente que espera afuera con los ojos fijos en la estructura. Ricardo tiene una hija pequeña a la que prefirió no decirle el lugar exacto donde está metido. En su casa la preocupación es total, pero respetan una vocación que se puso a prueba desde las primeras horas del desastre.
Ese primer día, ante la falta de equipos pesados, la respuesta fue puramente comunitaria. Gracias a los picos, palas y martillos que bajaron los propios vecinos de San Bernardino, el equipo civil y policial logró sacar con vida a los primeros cuatro sobrevivientes. La ayuda gubernamental llegó al día siguiente.
A ras de asfalto, mientras la maquinaria empieza a abrirse paso, la promesa de Ricardo y de los que allí trabajan se mantiene firme. «Asumiré esta responsabilidad que Dios me dio. No nos moveremos de aquí hasta sacar al último. Sacaremos a todos los que estén», asegura el funcionario.
Para él, lo más conmovedor de las jornadas ha sido el flujo constante de ciudadanos comunes que se acercan al Marama, no solo con agua o insumos, sino con palabras de aliento para los rescatistas. «Se ve lo compenetrado que está el país. Eso es lo que queremos y necesitamos. Ahorita somos un solo corazón. Es lo que se necesita ahora», resalta.

El ritmo del escombro y la risa
Es en ese mismo escenario donde el grupo de Franer se acopló al trabajo, convirtiendo el rescate en una coreografía de resistencia a mano limpia. Las jornadas no tienen límite y son hasta que el cuerpo aguante, así que para no reventarse antes de tiempo, los hombres y mujeres que vinieron de Lara aplican la técnica de la vieja escuela y se rotan de puesto constantemente.
El ritmo no para pero los brazos cambian. Mientras uno se desloma levantando bloques pesados de concreto, el otro le mete el pecho con la pala y un tercero descansa unos minutos para recibir el testigo, distribuyendo el cansancio para que la energía no se acabe.
“Gracias a Dios todos estamos dándole duro a lo que salga. Uno lo que quiere es ayudar. No quiere estar sin hacer nada”, suelta Franer.
Con el rugido de las plantas eléctricas de fondo y ese silencio espeso de la búsqueda que tensa los nervios, los voluntarios larenses encontraron su propio combustible en la camaradería. A la mayoría los conoce de la cuadra, de las caimaneras de deporte en la comunidad o porque pasaron por su silla a cortarse el pelo. A los que no, los volvió hermanos en la marcha.
Mientras comparten el agua se echan chistes y se hacen reír entre ellos. No es falta de respeto ante la tragedia, sino la forma que tienen de darse fuerza para seguir cuando el alma se aprieta. La realidad es ruda y Franer admite que ver a las personas fallecidas ha sido realmente duro, un golpe emocional para el que nadie tiene manual de instrucciones.
Esa misma lona de incertidumbre la dejó atrás en Barquisimeto. Cuando armó el bolso para meterse en la emergencia, en su casa las reacciones tuvieron esa mezcla de angustia y orgullo típica de las familias de aquí. Con cariño y admiración lo tildaron de “loco” pero nadie le trancó la puerta.
El empujón definitivo se lo dio su hija de nueve años. Al enterarse de lo que haría su papá se le iluminó la cara y le dijo que eso Dios lo recompensa. Esas cuatro palabras son el amuleto que Franer carga encima durante las extensas jornadas de rescate cuando las piernas ya no dan.
Para ponerle el pecho al sismo más severo del país en las últimas décadas hace falta voluntad, pero también saber moverse. Franer no viene en blanco porque además de cortar cabello, ha trabajado en construcción y ha hecho cursos que hoy cobran sentido entre las estructuras colapsadas. “Sé recibir instrucciones, que es lo más importante, al igual que tener ganas de hacer las cosas”, suelta con la humildad del que sabe que en una zona de desastre el ego estorba.

Caminando entre los escombros de la capital, Franer dice que encontró algo que la política nos quitó hace mucho, que es la capacidad de mirarse unos a otros sin desconfianza. Lo que más admira de estos días difíciles es la unión que la tragedia generó entre los venezolanos, históricamente fracturados por la polarización.
“Para nadie es un secreto que estamos divididos, y al estar divididos había conflicto entre nosotros mismos, pero aquí no se ve eso”, reflexiona convencido de que esa hostilidad es algo que ya debe queda en el pasado.
Para él la solidaridad no es exclusiva de los que tienen fuerza para agarrar el pico o camiones llenos de insumos. A quienes quieren ayudar y no pueden estar en el terreno les pide una sola cosa: que difundan lo bueno, que compartan las noticias de la gente que ha sido rescatada viva y que ayuden a dar visibilidad a los rostros de quienes siguen desaparecidos. Informar bien también alivia el peso de la incertidumbre.
Su historia con el voluntariado no es un ataque de entusiasmo de última hora. Inició a los 18 años, cuando la adultez apenas le tocaba la puerta. “Me acuerdo que estaba aprendiendo a cortar cabello y me llevaron a un centro de rehabilitacion”. Desde entonces entendió que sus manos tenían un propósito más grande que el estético.
A pie de calle, con el rostro trasnochado pero la mirada clara, el barbero larense resume en una frase por qué dejó su vida en pausa para venir a escarbar la tierra en Caracas: “Me gusta ayudar a las personas. Por más que fallen, todos merecemos una oportunidad”.



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