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El dilema de la estabilización en Venezuela: entre la represión y la presión democrática

El dilema de la estabilización en Venezuela: entre la represión y la presión democrática

Había yo pensado que la clave para entender la famosa palabra «estabilización» estaba en el desmontaje del aparato represivo del gobierna, de los grupos encargados de la violencia extrainstitucional usada para reprimir y perseguir opositores. Que mientras tal desmontaje no tuviera lugar, siempre iba a estar presente la amenaza de la violencia y que, por lo tanto, no podría hablarse de estabilización.

Luego supo uno —o al menos así lo explicaron analistas ubicados en Estados Unidos— que la definición operativa que la gente del Norte le dio al concepto de estabilización consistía en que no se desatara una violencia generalizada fuera de control, lo que se dio en llamar “el caos”, y que no se produjera una nueva oleada de emigración masiva de venezolanos. Puesto que ninguna de las dos cosas ocurrió, podía decirse que la fase de estabilización se había cumplido.

Lo que viene a complicar las cosas y el concepto, lo que viene a hacer de la estabilización un callejón casi sin salida, es que el interinato, puesto que sigue operando con la regla de permanecer en el poder a toda costa, necesita la presencia de esos temidos aparatos represivos, de manera que no se puede esperar que por sí mismo proceda a su desmantelamiento. Si esos aparatos se desmontan, lo que va a producirse no es el caos, sino una muy fuerte presión democrática, pidiendo la vuelta de la democracia, el regreso de la dama, elecciones libres. Las autoridades interinas no quieren eso; de ahí que necesiten a las personas que comandan esos grupos y a esos grupos mismos, cuyas cabezas encuentran allí su propio cinturón de seguridad. “Si quieren seguir ahí, no pueden prescindir de mí”.

Pero volvamos a la acepción de la estabilización con la que comencé el artículo: el desmontaje de los aludidos cuerpos represivos. Si tal desmontaje no se produce, lo que va a haber es un anhelo democrático reprimido, comprimido, en el alma de las mayorías, y en esa situación no hay estabilización posible, aunque no haya “caos”.

Por cierto, para reprimir una marea como la aludida, el interinato no puede confiar en las Fuerzas Armadas Centrales, expresión que uso para excluir de ellas a cuerpos como la Guardia Nacional y organismos militares encargados de las labores de inteligencia. Me refiero, pues, con esa expresión, al Ejército, la Fuerza Aérea y la Armada. No están hechas esas armas para eso y, de hecho, no han sido ellas las autoras de las actividades represivas más temidas y criticadas. Lo han sido los colectivos, grupos paramilitares, los organismos de seguridad, fuerzas armadas “laterales”, organismos de contrainteligencia.

De manera que, volviendo a mi propia acepción de la idea de estabilización, aquí nunca va a haberla, si por un interinato atenazado al poder fuera. Allí el callejón. El desmontaje —y ahí la cuasisalida— tiene que ser producto de una presión externa que lo tenga como objeto y que el interinato no esté en condiciones o disposición de resistir, sobre todo si quiere obedecer a sus definitivos y propios intereses historicos.

Propiciar tal presión pareciera ser una de las tareas de las fuerzas democráticas del país, en el sentido más amplio de tal expresión, que abarca a la población democrática, a sus organizaciones y a sus líderes más relevantes, estén dentro o fuera de Venezuela. No me es posible determinar cuándo —y si— tal presión externa va a tener lugar, pero creo que los términos del asunto están claros.

La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editoarial de La Gran Aldea.

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