Adiós a los Desaparecidos: La Ceremonia de Despedida en el Roca Park de La Guaira tras el Terremoto
Familiares de personas fallecidas en el edificio Roca Park, señalaron que funcionarios del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (Cicpc) les dijeron que los cuerpos de quienes no han encontrado serán clasificados (en expedientes de denuncias) como «desaparecidos, presuntos fallecidos por el terremoto». Estos casos podrían durar abiertos unos tres años. TalCual no pudo confirmar el dato con funcionarios de este organismo. En otras edificaciones de La Guaira se han registrado situaciones similaes.
Roison Figuera | Constanza Cegarra
Fotografías: Roison Figuera
Sobre los escombros calcinados del edificio Roca Park, donde durante 43 días las manos de los familiares nunca dejaron de cavar, quedó instalado el silencio de los lugares donde la tierra decidió devorarlo todo sin dejar rastro. A las 11:00 a.m., mes y medio después del doble terremoto del 24 de junio, la esperanza de hallar con vida a los desaparecidos dio paso a la desgarradora necesidad de la despedida.
El día anterior, Protección Civil (PC) había dado la noticia definitiva: ya no había dónde más buscar. Tras remover una y otra vez los restos de la estructura —que albergaba la Caja Regional del IVSS y un abasto chino—, las autoridades confirmaron que el estacionamiento no se había hundido y que el pozo formado no guardaba rastro de los cuerpos.
El edificio, ubicado en el sector Caribe en la parroquia Caraballeda de La Guaira, duró once días ardiendo a temperaturas cercanas a los mil grados debido a los productos inflamables. Al menos 10 residentes del edificio y una veintena de personas que se encontraban en el comercio de la planta baja jamás aparecieron, según estimaciones oficiales.
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El fuego lo habría consumido todo: «Protección Civil dijo que el edificio, entre los propios escombros, ardió a una temperatura como de mil grados porque había productos inflamables. Los cuerpos que no aparecieron se quemaron», relata Lolita, quien perdió a su hermana, Luz Estrella y a su sobrina de seis años, cuyo cuerpo (de la niña) jamás fue hallado.
Según testimonios de familiares, funcionarios del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalística (Cicpc) les dijeron que las personas cuyos cuerpos no hallaron serán clasificados (en expedientes de denuncias) como «desaparecidos, presuntos fallecidos por el terremoto». Estos casos podrían durar abiertos unos tres años.
Funcionarios de la Senamecf aclararon a TalCual que una vez se pone la denuncia por desaparición, el pariente debe explicar el contexto y en este caso en particular, se procesa con la precisión de «desaparecido, nombre y apellido de la persona, terremoto 2026». «Sin cuerpo no hay muerto», dice uno de los trabajadores, negando que en el expediente se ponga «posible fallecido», aunque esto se presuma.
El adiós
A las 11:30 a.m., más o menos, del pasado 6 de agosto, la logística del dolor comenzó a tomar forma sobre el terreno devastado. Se abrió un toldo blanco, percudido por el polvo y la intemperie. Montaron dos mesas de plástico y las cubrieron con un mantel. Poco a poco, las fotos y las flores fueron llegando de las manos de familiares y amigos: girasoles, rosas blancas, rosas rojas y flores de lluvia dispuestas alrededor de los retratos de aquellos habitantes que nunca más pudieron abrazar a los suyos.
Minutos más tarde, a las 11:52 a.m., comenzaron a llegar más familiares. Se miraron a los ojos y se dieron los primeros abrazos, esos apretados, sin palabras, parecía que el cuerpo buscaba sostenerse ante la realidad de la pérdida.
Apenas el reloj marcó las 11:55 a.m., los pies de la multitud se pararon de golpe sobre las ruinas del edificio. Decenas de personas —familiares, amigos, voluntarios y conocidos— se agolparon dentro y alrededor del toldo. A espaldas de las fotos del recuerdo, la escena era cruda: escombros, ruinas.

Pacto de fe sobre el polvo
Con el mediodía llegó el primer acto, una ceremonia cristiano evangélica. Las melodías no salían ligeras; eran exclamadas con el dolor reflejado en el rostro y en la voz. El pastor y los miembros de una congregación lideraban las oraciones en el espacio mientras la gente elevaba los brazos con las caras llenas de lágrimas y las seguía.

«No hay nada que buscar aquí. Pero la búsqueda continuará en otros lados», dice Gabriel Núñez. El busca a Cilia Urbina
«Su presencia está en este lugar. Aplaudan como acto de honra a Mariana Sánchez, Axel Requena, Ciro Urbina, Roberto Sárraga, Héctor Iriarte, Catherine Cardozzo, Andreina Vásquez, Guadalupe, Nancy Martínez, Luz Estrella y su hijo», clamaba el pastor al frente de la congregación.
«Dice la palabra que nuestro señor vendrá en un abrir y cerrar de ojos. Los que están con Cristo partirán», exclamaba el hombre mientras los presentes hacían la confesión de fe. «Comparto la fe de que todos partieron con Cristo y que nadie se perdió. Sé que aquí todos clamaron al Señor», testificaba una de las familiares.
Ya avanzada la ceremonia, al filo de las 12:31 p.m. y al grito de «¡Gloria a Dios!», los globos blancos fueron soltados al cielo como símbolo de las almas que enviaban al firmamento. En ese instante, entre cánticos de «incomparable es, nadie como tú bendito Dios, grande es tu fidelidad», el espacio se desmoronó en llantos, sollozos, clamores y quejidos mientras los asistentes se abrazaban consolándose, conscientes de que para muchos esa era la última despedida posible.
Ariana Requena confesó que la fe es lo que la ha mantenido de pie en el doloroso proceso de búsqueda. Ella pudo conseguir a sus abuelos «completos», sin embargo, su madre y su hermano no pudieron ser hallados. «Hay que entender que esta vida es pasajera pero hay una eternidad y esa es mi fortaleza. Yo sé que muy pronto nos volveremos a reunir y a sonreír todos juntos», afirma con la voz temblorosa, Requena.

Con los hijos hasta después del final
Pasaron las horas y el sol avanzó sobre las ruinas. Con la llegada de la 1:30 p.m., el ambiente mutó hacia la solemnidad de un responso. Las palabras del sacerdote Fredy Lara intentaban ordenar los pedazos rotos del alma: «Más que cerrar el ciclo, vamos a tratar, por el bien de cada uno, por el bien personal, psicológico, a comenzar un nuevo ciclo. Que nada ni nadie nos separe del amor de los seres queridos que están con Dios. Recuerden: el cuerpo, aunque esté en el cementerio, se descompone igual. Los invito a pensar que este nuevo ciclo no parte con las ruinas, sino con la llegada de ellos al cielo».

Poco antes de las dos de la tarde llegó el momento de la oración central. El padre guio la plegaria colectiva: «Les pido que me acompañen. Ellos me escucharán, pero mucho más a ustedes». En un acto de fe conmovedor, las madres, padres, hermanos e hijos extendieron sus manos hacia el fondo de los escombros. Unos cerraban los ojos con fuerza, con los párpados apretados; otros los tenían inundados en lágrimas; algunos intentaban tragar el nudo en la garganta con una dignidad desgarradora, mientras otros, mirando fijamente al frente, repetían la oración para enviar las almas al cielo.

El pastor recordó también lo que significaría el paso de los años sobre ese terreno: «Yo sé lo que significará este lugar para ustedes», decía, anticipando el día en que, quizás, sobre esos escombros se levante otra cosa.
Luego vino un momento de profunda intimidad: la bendición del agua. Los familiares, con una necesidad imperiosa de cuidar a los suyos hasta el último aliento, bendijeron las botellas que llevaban y comenzaron a esparcir el agua bendita sobre el terreno donde la tierra había sepultado años de trabajo, sueños y vidas. Era el gesto de una madre cuidando y honrando a sus hijos hasta el último momento.
Finalmente, un acto estremecedor cerró la jornada: «Vamos a enterrar a nuestros seres queridos», dijo el padre. La instrucción fue clara y directa. Con una valentía sobrecogedora, mezclando el dolor, la rabia, el shock y la resignación, la gente tomó tierra de los propios escombros de lo que fuera el Roca Park y la arrojó a la fosa. Fue el último acto de amor, la prueba más fiel de esa invariable necesidad humana de honrar el afecto hasta el último suspiro y más allá de la muerte.

Sin embargo, para otros ahí no acabó todo. Sara Vásques, al terminó del responso, aseguró a TalCual que seguirá buscando a su padre. «Asistí para hacer un cierre con mi casa. También para despedirme de mis vecinos porque luego de tantos años también se vuelven familia».
Según declaraciones del gobernador del estado La Guaira, José Alejandro Terán, el gobierno venezolano lleva un registro de 1.579 desaparecidos. Esa cifra no se ha actualizado desde el 3 de agosto, y hasta ahora, no existe una lista oficial con nombres de las personas desaparecidas, son solo un número.
*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes «contra el odio», «contra el fascismo» y «contra el bloqueo». Este contenido fue escrito tomando en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.
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