Juan Barreto: Desinformación, Misoginia y el Terror del Poder Femenino
El 6 de agosto se difundió el Latam Pulse, la serie con que AtlasIntel y Bloomberg miden mes a mes la opinión pública latinoamericana, y cuyo trabajo de campo, levantado entre el 30 de julio y el 3 de agosto, situó a María Corina Machado en 72% de imagen positiva, el registro más alto de su carrera, diecinueve puntos por encima del 53% que marcaba en junio, con 57,4% de intención de voto presidencial (frente al 17,7% de Delcy Rodríguez). Tres días después, el 9 de agosto, Juan Barreto, director de medios de la campaña que llevó a Chávez al poder y profesor de la UCV, dijo que Machado estaba en 28% y que había perdido al menos trece puntos desde el 4 de enero. Barreto mintió.
El 28%, sin embargo, existe. Es la imagen negativa que Machado registraba en junio, es decir, la proporción de venezolanos que declaraba rechazarla, y que para julio había bajado a 14%. Barreto tomó entonces la cifra de quienes adversan a Machado y la presentó como la de quienes están a favor, echando mano, además, de la medición del mes anterior en el momento exacto en el que ella alcanzaba su mejor registro histórico. Las mediciones documentan un ascenso de diecinueve puntos en treinta días, pero Barreto invirtió los datos para presentar la ganancia como pérdida.
Juan Barreto es profesor de Teoría de la Comunicación en la Universidad Central de Venezuela, de manera que sabe muy bien lo que hace una cifra sin procedencia y que, por tanto, ni él ni nadie puede verificar, así como lo que hacen unas comillas a algo que nadie dijo. Barreto mintió con conocimiento de causa. Ya esto bastaría para ignorar una vez más sus declaraciones, por lo general irrelevantes, pero esta vez sus patrañas podrían causar grave desinformación en la opinión pública, sobre la que se ha abatido una intensa circulación del video donde Barreto aparece… conduciéndose como Barreto.
En el citado video, el “buen camarada”, como lo aludió Maduro cuando era candidato y contaba con el respaldo del catedrático, atribuye a María Corina Machado dos declaraciones sucesivas. La primera correspondería al período anterior al 3 de enero: «con el apoyo de nuestros aliados internacionales, solos no podemos», frase que ella nunca pronunció de manera textual, pero que en muchas intervenciones significó, sin lugar a dudas, para referirse al alcance internacional de los crímenes de Chávez y de Maduro, cuyo combate exige fuerzas que superan las de la oposición democrática venezolana e incluso las del país en su conjunto. Y, a renglón seguido, refirió como ciertas unas aseveraciones que Machado no hizo, que mezcló con otra, fundamental, que sí hizo y que constituye un ataque al corazón del chavismo: «Ahora dice: se me perdió el vibrador, lo haré con nuestras propias manos… ¿será, no?… se le acabaron las pilas… no sé».
Cuatro palabras son auténticas y las pronunció Machado el 28 de julio, en el segundo aniversario de las presidenciales, cuando dijo: «Lo hicimos nosotros mismos, juntos, con nuestras propias manos». El resto se lo puso él, que necesitó inventarle un comentario que ella jamás haría para restarle pegada al que sí le pertenece (“con nuestras propias manos”) y que, luego del doblete sísmico, adquirió una luz trágica y todavía más hiriente. Ahí está lo más revelador del episodio, porque quien tiene con qué rebatir a un adversario desmonta sus asertos, pero quien fabrica la prueba está admitiendo que con la verdad no le alcanza y debe echar mano de infundios.
Con las mismas de arañar los escombros
“Con nuestras propias manos” alude, en el actual vocabulario político venezolano, a una determinación sin tutela, sin padrino y sin potencia extranjera que administre el desenlace. Un chavista que ridiculiza a una líder venezolana por sostener que los venezolanos haremos las cosas solos y según nuestra voluntad y tradiciones ha extraviado el hilo de su propia doctrina, por decir lo menos.
Pero es que las manos venezolanas que votaron contra Maduro, protegieron los centros de votación y resguardaron las actas son las mismas que, en los días posteriores al miércoles 24 de junio de 2026, rasguñaron las ruinas que aplastaban a sus seres queridos, porque el régimen abandonó a las víctimas e hizo mucho para impedir la llegada de ayuda. Sin maquinaria pesada, sin palas, sin expertos, con las manos. Y un mes más tarde seguían haciéndolo, porque el Estado había retirado las máquinas de la zona del desastre y las familias continuaron solas, removiendo escombros para sacar a sus muertos.
Machado volvió sobre su insistencia en hacer las cosas con las propias manos pocos días después de que la prensa documentara esa búsqueda manual y solitaria. Barreto espigó esa frase, en ese país, en ese mes, y le antepuso un vibrador. Muy propio de su discurso, por cierto.
El retrato de Delcy
Hay, además, un pasaje en el que Barreto, sin advertirlo, cambia de modelo. Es cuando dice que Trump “la reduce a su mínimo común múltiplo”; esto es, que no elimina a MCM, sino que la retiene en el “punto donde sea controlable”. Descrita así, esa mujer se parece bastante más a Delcy Rodríguez, que ejerce la “presidencia” bajo humillante supervisión y cuya utilidad depende de que siga siendo útil.
Y luego está el léxico. Machado, según Barreto, se ve “muy descompuesta”, “fuma mucho y bebe mucho”, “se le viene el mundo encima”, “se fue de rodilla sangrante a la Casa Blanca”, “se le acabaron las pilas” y, en fin, se lee “perdió el vibrador”… Un desvarío donde no aparece una sola línea de lo que Machado propone, de su programa, alianzas o decisiones. De eso, ni una palabra. Barreto, como ha hecho otras veces, se lanza a levantar el inventario de un cuerpo de mujer en mal estado.
La autora inglesa Mary Beard lleva años explicando de dónde viene ese repertorio. En su libro Mujeres y poder (2017) recuerda que la imaginación griega pobló nuestro imaginario de mujeres poderosas (Medea, Clitemenestra, Antígona) presentadas como usurpadoras, «híbridos monstruosos que no son en absoluto mujeres en el sentido griego» y que, por lo tanto, «han de ser despojadas del poder y puestas de nuevo en su sitio». De las amazonas, escribe Beard, el mensaje griego era que «la única amazona buena era la amazona muerta o dominada, en el dormitorio».
Esa última cláusula, la del dormitorio, es la de Barreto, veinticuatro siglos después (pero a horas de la difusión de una encuesta que, como observó Carmen Beatriz Fernández en X, demuestra que “la popularidad de MCM se dispara”).
Kate Manne, filósofa australiana que enseña en la Universidad de Cornell y obtuvo con este libro el premio anual de la American Philosophical Association, explica en Down Girl: The Logic of Misogyny por qué esta clase de operación rara vez necesita ir más lejos. Según Manne, hay numerosos medios no violentos y de bajo costo para desactivar la amenaza psíquica que representan las mujeres poderosas; se las puede derribar imaginariamente, y no literalmente, vilipendiándolas, demonizándolas, empequeñeciéndolas, humillándolas, burlándose de ellas, ridiculizándolas, condenándolas al ostracismo y avergonzándolas. En la lista de maniobras de degradación de Manne figura expresamente sexualizar para poner a las mujeres “en su sitio” cuando parecen tener ideas por encima de su condición. El chiste del vibrador no le costó a Barreto preparación ni riesgo, ya que está documentado que un ridículo más no lo inmuta.
Hablar sin saber
Detengámonos en el supuesto chiste. Barreto eligió un aparato, le puso pilas y se las agotó, con lo cual dio por sentado que el placer de una mujer se produce con un artefacto que viene a suplir a un hombre y que, gastada la batería, ella queda a merced de sus propias manos. Todo eso apunta a un órgano que el catedrático no nombra y del que, a juzgar por la ocurrencia, sabe muy pocos.
Dijo vibrador, pilas, manos… Se pasó la perorata bordeando una palabra que no llegó a pronunciar. Un hombre capaz de decir vibrador ante quien sea, pero incapaz de decir clítoris, está indicando con bastante precision dónde le aprieta.
Jean-Paul Sartre consignó que «la obscenidad del sexo femenino es la de todo lo abierto», que la mujer «llama a una carne ajena que debe transformarla en plenitud de ser mediante penetración y dilución» y que ella siente su propia condición como un llamado «precisamente porque está agujereada». La filósofa francesa Catherine Malabou, que recoge esas líneas en El placer borrado. Clítoris y pensamiento, observa que Simone de Beauvoir entendió enseguida a qué lugar quedaba relegada la mujer en semejante esquema: al de una esclava que, además, «suscita repugnancia y terror».
Repugnancia y terror. Es lo que Barreto puso en escena el 9 de agosto, y no le hizo falta decirlo: bastó con el inventario.
El terror al cuerpo de mujer tiene historia clínica. Malabou documenta que la ablación del clítoris «surgió como un medio terapéutico para castrar por segunda vez a la mujer y calmar así sus ardores», y que en Occidente se practicó como terapia de la histeria y de la ninfomanía. Hubo médicos que cortaban ese órgano por miedo a que funcionara demasiado bien.
De manera que el exalcalde de Caracas, el que en 2007 gastó 465.000 dólares en un zepelín norcoreano de 15 metros para vigilar la ciudad desde el aire (primero y único de los 32 que prometió), no desconoce el cuerpo femenino por descuido. Lo ignora como se ha ninguneado siempre: apartándolo del saber y metiéndolo en la sospecha. Malabou lo condensa en cuatro palabras: el clítoris quedó “borrado pero lúbrico”, ausente de los tratados de medicina y acusado al mismo tiempo de un goce excesivo. No mirarlo y temerlo son la misma operación.
Anunciar que a una mujer se le acabaron las pilas es declarar apagados sus ardores, que era exactamente el propósito del bisturí. A Barreto le bastó un micrófono.
La matemática tampoco la tiene en la punta de la lengua
A la aritmética le fue como a la anatomía. Cuando Barreto dice que Trump reduce a MCM “a su mínimo común múltiplo” está echando mano de una expresión que en matemáticas designa el menor número que es múltiplo de dos o más números dados: el de 4 y 6 es 12, de manera que el resultado queda siempre por encima del mayor de ellos. Es, pues, una operación que agranda.
Para lo que parece querer decir el exalcalde fundador de Ávila TV (con un presupuesto inicial de cinco millones de dólares) existe el máximo común divisor, que sí queda por debajo del menor y que, en el caso de 4 y 6, es 2. Hay, además, un requisito previo que se le pasó por alto, y es que el adjetivo “común” reclama al menos dos términos, de los cuales no menciona ninguno. Común con qué, catedrático. En fin, otro disparate.
La locución que buscaba a tientas es “reducir a su mínima expresión”, corriente en español y sin pretensiones, a la que le montó encima un barniz técnico que se le deshizo en la mano. Dos veces acudió en esa intervención a la autoridad del número, y las dos veces estaba hueco. Si su frase se toma al pie de la letra, lo que sostiene es que Trump convirtió a María Corina Machado en la magnitud más pequeña capaz de contenerlas a todas. Está visto que a Barreto, como a tantos chavistas, no se les da el razonamiento técnico.
De modo que el hombre que en 2006 propuso un decreto de expropiación de campos de golf en Caracas para dárselos a los pobres (José Vicente Rangel lo pateó) se presentó a hablar de María Corina Machado con un porcentaje que mide el rechazo del mes anterior (presentándolo, por ser bajo, como aceptación del mes actual), con una declaración que ella jamás pronunció, con una operación aritmética que significa lo contrario de lo que él cree y con un cuerpo de mujer descrito como una ruina donde no cabe una sola de las ideas de la Premio Nobel.
Malabou resume en cuatro palabras lo que Occidente hizo con ese cuerpo: lo dejó «borrado pero lúbrico», fuera de los tratados de medicina y acusado a la vez de un goce excesivo, contra el cual se inventó el bisturí. Desconocerlo y temerlo vienen juntos desde hace siglos, y Barreto llegó con las dos cosas.
Todo eso junto se llama propaganda, lo que él enseña. Y mentiras, lo que él difunde.
La entrada Juan Barreto, repugnancia y terror se publicó primero en La Gran Aldea.


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