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La tiranía del algoritmo: Reflexiones sobre la literatura en la era digital

La tiranía del algoritmo: Reflexiones sobre la literatura en la era digital

Cuando comencé a escribir mis primeros artículos, hace un poco más de medio siglo, lo hice en una máquina Brother. Era lo frecuente entre los jóvenes de mi generación; aquella ya había pasado por varias manos porque era el medio más moderno disponible entonces. Los textos giraban sobre temas tan elementales como ingenuos del entorno que nos rodeaba. Como registra la historia de la última mitad del siglo XX, el clima intelectual de la época estaba fuertemente influido por los autores del boom literario latinoamericano y una abundante literatura política.

Eran los tiempos de una juventud inquieta que escribía sobre lo que quería, sin más restricciones que las derivadas de su particular percepción, como entiendo que ocurría con los autores consagrados y todo aquel que aspiraba a fraguarse un lugar en el ámbito de las letras. De modo que la libertad —o, en todo caso, la soberanía para escoger los tópicos sobre los cuales escribir— era un asunto del único arbitrio y decisión de quien los suscribía. Acaso se admitía una considerada insinuación, una tímida sugerencia o una recomendación vertida desde las más íntimas cercanías para matizar o influir en la exposición de determinadas ideas, pero nunca una imposición de terceros por razones de estilo o tendencias con fines mercantiles, alienando así la natural soberanía del oficio de escribir.

El título que escogí para estas notas ya antes otros autores lo han empleado para describir el mismo propósito que anima esta escritura. Uno de ellos es Kyle Chayka, con su artículo La tiranía del algoritmo: por qué todas las cafeterías se ven iguales, donde desarrolla una bien argumentada exposición sobre la influencia que los algoritmos tienen en las preferencias de las personas. Aunque el asunto, en realidad, no es nuevo —porque en el pasado la influencia de los mass media fue determinante para la manipulación de la conciencia colectiva a escala planetaria—, el escrito en cuestión plantea una inquietante línea argumental sobre la alienación colectiva en el presente siglo: una realidad de estereotipos y perspectivas similares como nunca before conoció la humanidad, donde la piedra angular de todo este proceso la constituye la abrumadora influencia de las redes sociales.

Si en el pasado la fabricación de estereotipos era un proceso de reproducción cultural permanente, aquello ocurría en lapsos temporales relativamente largos que permitían la reacción contestataria de la sociedad; a lo que habría que añadir un contexto intelectual dotado de valores culturales para contener, con sentido crítico, el propósito de estandarizar los gustos y la concepción de la vida. De ahí la abundante literatura sobre el tema durante aquel periodo. De aquel lapso valdría la pena citar, por ejemplo, la obra de Wilson Bryan Key (1988), Seducción subliminal:

«Los lenguajes subliminales no se enseñan en las escuelas: la base de la eficacia de los medios de comunicación modernos es un lenguaje dentro de un lenguaje, uno que nos comunica a cada uno de nosotros a un nivel inferior de nuestro conocimiento consciente, que llega al mecanismo desconocido de la inconsciencia humana. Este es un lenguaje basado en la capacidad humana de recibir información subliminal, subconsciente o inconscientemente. Este lenguaje ha producido de manera verdadera la base de ganancia de los medios de comunicación masiva». (p. 39).

Hoy en día, situándonos en los últimos veinte años, aquel contexto de reproducción de estereotipos se ha agudizado de manera dramática. Lo que antes tardaba meses o días en consolidarse, ahora se consigue en instantes. Así, una idea, imagen o enunciado puede darle la vuelta al mundo de forma inmediata y, conforme a los algoritmos, conocer casi al instante cuál ha sido su impacto. El artículo de Chayka describe cómo ya no importa si estás en Bogotá, Madrid o Tokio; el algoritmo ha dictado un estándar estético global que anula la identidad local en favor de una uniformidad de gustos. Explica cómo los negocios han adoptado una estética idéntica para que todos tengan una misma imagen. Alguien podría preguntarse: «¿Qué hay de malo en eso?». En apariencia, nada, si se valora solo como tendencia estética. El asunto se complica cuando ese mismo algoritmo impone preferencias en otros ámbitos, como el político, donde ya vemos reivindicar perversiones del pasado mientras se defenestran logros civilizatorios si conviene a determinados intereses globales.

Aquí encaja mi reflexión sobre la literatura. Creo que nunca en la historia hubo tantas personas escribiendo y tantos lectores confluyendo en las dos caras de una misma moneda. Mi angustia es que esta maravilla del ingenio humano termine siendo una mercancía en el más estricto sentido; que el ejercicio intelectual concluya contando a los lectores solo lo que desean de acuerdo a preferencias previamente estereotipadas, en una clara enajenación de su soberanía intelectual. Una abominable deriva que desterraría de la creación el brillo de su autenticidad.

Tendríamos, por un lado, una legión de consumidores de contenidos promedio dictados por plataformas masivas y, por el otro, la seudoliteratura usurpando el lugar de la creación auténtica. Una realidad difícil de develar cuando el antifaz de la posverdad domina la sociedad, haciendo realidad la advertencia de Herbert Marcuse: «La catástrofe verdadera es la perspectiva de idiotización, deshumanización y manipulación total del hombre».

En este contexto, mucho me temo que el lugar de los escritores estará comprometido por la presencia de la IA como instrumento para generar contenidos que alimentan el consumo masivo, conforme a la escritura sin arte del algoritmo. Estamos ante una doble alienación: el escritor pierde el control sobre su creatividad —ya no decide género, estilo ni tema— y el lector consume lo que le llega bajo una velada manipulación. Me abruma la idea de que la literatura se transforme en un producto de moda, cuando en realidad es un testimonio de vida. Cuando leemos a Saramago, a Rulfo, a Borges o a García Márquez, nos conectamos con las obsesiones, los miedos y el tiempo que envuelve a los autores con el paisaje seco y espectral como residuo de una revolución, por ejemplo, la cosmogonía que cambió la percepción de la literatura latinoamericana, o los laberintos porteños de una ciudad que se queda para siempre en el imaginario del lector.

La literatura es la creación humana más trascendente desde que se inventara la escritura y, quizás, el prodigio intelectual de mayor relevancia desde el instante mismo en que nuestros antepasados sintieron el peso de su ser al ver su cara reflejada en un arroyo.

El peligro no es que la IA escriba como un genio o sea capaz de imitar nuestras emociones, sino que los seres humanos nos acostumbremos a leer como máquinas, atrapados en el contenido promedio de las redes sociales sin admitir la excepcionalidad; esa maravilla con la que cada autor se presenta ante sus lectores, el élan vital que le impulsa a concebir la literatura como un constante desafío de sus capacidades para sorprender a sus semejantes. Este riesgo nunca antes lo tuvo la humanidad, incluso cuando en el pasado los mass media influían abiertamente en corrientes de opinión, modas y preferencias de consumo.

No estoy seguro de que, con el despliegue alucinante de las nuevas tecnologías y plataformas, podamos tener una convivencia equilibrada entre ellas y el arte de escribir. Lo ideal sería que remitan principalmente a su uso como instrumentos de soporte —sea documental o de inmediatez en el acceso a fuentes— y no a la suplantación del ingenio humano para convertirnos en víctimas de la probabilidad estadística que dictan los algoritmos. Es una puja de resultados impredecibles que quizás resulte favorable a la perspectiva que represento; es posible, dada la historia construida por el hombre, pero nadie podría garantizalo.

Algunos con quienes he conversado el tema sacan a colación el caso de la fotografía: cuando apareció, los pintores —entre ellos los retratistas— imaginaron que su arte desaparecería, pero con el tiempo la fotografía también derivó en un arte. No estoy seguro de que en nuestro tiempo ocurra lo mismo en la inevitable interacción entre escritores, lectores, IA y redes sociales. 

Por ahora, a quienes deseamos una ponderación soberana del asunto, solo nos queda persistir. Busquemos el modo en que una tecnología que amenaza con hacer «caída y mesa limpia» termine facilitando las cosas para que, como el escultor, la IA se limite a buscar la piedra en la cantera, picarla y pulirla, para que el artista finalmente la talle y cree la obra que ha de ser admirada como expresión de su auténtica excepcionalidad y no como la aburrida rutina del estereotipo que no sorprende a nadien.

La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.

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