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Venezolanos en Resiliencia: Construyendo un Futuro de Esperanza y Ciudadanía

Venezolanos en Resiliencia: Construyendo un Futuro de Esperanza y Ciudadanía

Sawabona: yo te respeto, eres valioso, eres importante para mí
Shikoba: entonces, yo existo para ti
Saludo tradicional de África del Sur 

I

Una condición central -reiterada en numerosas investigaciones- para que se active la resiliencia en niños expuestos a diversas desgracias y traumas es que cuenten con el apoyo de sus padres o de otros adultos que los cuiden, los acompañen y se ocupen de ellos. Son estas personas, cuya presencia hace una diferencia total en el proceso de recuperación física y emocional, a quienes Boris Cyrulnik, neuropsiquiatra francés y uno de los padres de la resiliencia, llamó Tutores de resiliencia. En Venezuela estamos viendo la presencia de miles de estos tutores. Cada niño, y adulto, que está siendo arropado por la presencia compasiva y afectuosa de otro ser humano está siendo acunado en el nicho afectivo donde se inicia el camino de recuperación. Empezó en el momento de escuchar una voz, la del rescatista profesional o voluntario, que le preguntó su nombre y le dijo «te tengo, ya te voy a sacar», continúo con ese primer contacto físico con la mano que halaba hacia la vida, después de horas o días de aislamiento bajo el peso del horror, y ha continuado con el agua, el alimento, los abrazos y el cobijo que reciben los rescatados de los muchos que han estado allí apostando por la esperanza. Gracias a la avalancha de ayuda, apoyo y calidez, ya hemos emprendido el camino de la salvación, le seguirá el de la sanación física y emocional, y luego vendrá el de la reconstrucción y de la reinstitucionalización de todo el país. No existe otra opción. Después de este descenso al inframundo, y de la casi omnipresencia de la muerte, ascenderemos, resucitaremos transformados. Convertiremos el espanto en conocimiento, y mejor aún, en sabiduría. Como lo hizo la diosa doncella, Perséfone, cuando la tierra se abrió y fue raptada, forzada a descender al Hades y, eventualmente, a ser convertida en reina del inframundo, guía de almas, después de una larga y dolorosa permanencia en la oscuridad del reino de los muertos. Posteriormente, emerge al reino de la luz, iniciada y transformada, habiendo integrado la oscuridad.

¿Nos estamos dando plena cuenta de cómo, después de décadas de nefasto abandono oficial, la sociedad venezolana está descubriendo -reiterando- de lo que sigue siendo capaz? ¿No es lo que ya hicimos cuando volvimos a organizarnos, a fuerza de inventiva y de redes ciudadanas, para votar masivamente y defender esos más de siete millones de votos en julio de 2024? ¿No perdió masivamente el chavismo aun declarándose ganador? ¿No está el oficialismo perdiendo estrepitosamente, otra vez, el poquísimo capital político que pudiera quedarle a fuerza de indolencia, o peor aún, de obstaculización a la ayuda y de nuevas formas de pillaje que se van descubriendo en el terreno?

Y es frente a estas nuevas formas de crueldad que los valores tradicionales de la sociedad venezolana se reavivan, se fortalecen y haremos que prevalezcan. Nos referimos a valores como los que ya se han abierto paso en medio de los escombros y han conmovido el corazón de propios y extraños, como la solidaridad, el arrojo, la generosidad, el sentido de comunidad, la compasión, la fe…y hasta el sentido del humor, que no ha faltado en esta tragedia venezolana (como el ya famoso diálogo entre Adriana, atrapada bajo ruinas, y Rafael, su indoblegable hermano, que la salvó a martillazo y grito limpio), y que son todos formas de amor.

En este país azotado por la implacable capacidad de desmantelamiento del proyecto chavista, que se tradujo, entre otras cosas, en una gigantesca diáspora, la presencia de estos modos de ser y de vivir se fue debilitando con la fragmentación de las familias. Y, aun así, los vecinos, los amigos, los maestros se convirtieron en tejedores de resiliencia, hilando redes de apoyo, que ahora, en medio de la enormidad de esta tragedia, se expresan como un sentido ampliado y horizontal de familia: el sentido de pertenencia que no pudo ser destruido por las agendas oficiales de división, fragmentación y resentimiento. Todo lo cual significa que ya empezamos a reconstruir ese otro gran refugio: el nicho de los valores propios de nuestra cultura. La obstaculización oficial a la ayuda humanitaria, a la expresión de hermandad, a la rehumanización representa una afrenta a esos valores. Por eso no está siendo tolerada.

II

Estamos atestiguando, al mismo tiempo, la emergencia de la osadía y del atrevimiento en un pueblo que quiso ser reducido a la sumisión por vía del terror y del hambre. Este terremoto acabó con vidas amadas y con miles de hogares, pero también está arrancando de cuajo los cimientos que mantuvieron en pie, por vergonzosas décadas, a esta tiranía roja: caballo de Troya introducido en el centro de la vida nacional como promesa de salvación, pero que en sus entrañas ocultaba la aniquilación de la vida civilizada en el país. Por tanto, es enorme la relevancia que tiene el tránsito de este pueblo desde el sometimiento, el mi la represión y el acostumbramiento forzado, hasta la audacia y la irreverencia. Organizarse a viento y marea para ir a elecciones, escoger la única opción válida por abrumadora mayoría, reclamar los resultados con pruebas en la mano, ir a la cárcel y sufrir más represión por hacerlo, fue un primer salto. Ahora, reaccionar de manera inmediata a favor de la vida o enfrentar a uniformados armados y gritarles en la cara su indignidad es otro salto: el rescate de la libertad en medio de los escombros. En palabras de la magistrada emérita, Blanca Rosa Mármol: Este viernes 3 de julio termina el interinato; corresponde a los ciudadanos asumir el poder. O en la versión de nuestro consecuente señor del papagayo: Es la hora de la ciudadanía. Este tránsito de la sociedad venezolana no se detiene. Continuará hacia la etapa de convertirnos nuevamente, y consolidarnos, como ciudadanos -condición que quiso ser extinguida y mutada en simple masa anónima- con el músculo suficiente para sostener en el tiempo la restauración de la democracia y más allá. Y para ese largo camino, y como antorcha, tengamos presente la contundente exhortación de Winston Churchill, que sabía de lo que hablaba: Nunca, nunca te rindas.

Hay que insistir en que el rol que jueguen los ciudadanos en adelante, las maneras en que se canalicen la rabia actual (que no debe invadirnos e instalarse por demasiado tiempo en nuestra psique, sino ser convertida en denuncia, exigencia, reclamo, organización y acción ciudadana, de lo contrario se vuelve resentimiento estéril), el dolor, la fuerza y la creatividad para reconstruirnos, pasan indefectiblemente por la existencia de un Estado, de un gobierno y de un liderazgo genuinos y legítimos. Oponerse al regreso de María Corina Machado, en circunstancias donde la tierra se volvió metáfora de la profundidad de nuestras heridas, ya es insostenible. Lo sabe ella, lo sabemos nosotros, y parece que en Washington están empezando a entenderlo. El gobierno actual de los Estados Unidos -y su agenda económica- y el interinato tutelado y caduco -y su agenda de aferramiento al poder, aún de rodillas- deberían estar tomando nota. El suelo se movió para todos y sus réplicas no han cesado: la violencia del sismo destruyó cualquier ilusión de estabilidad, de perpetuidad. Las alianzas perversas no tienen buen augurio. Ninguna.

III

La querida y reconocida poeta Mary Oliver atravesó una infancia signada por el trauma, hasta que descubrió dónde estaba su salvación: «me salvó la belleza del mundo», y la convirtió en versos. A los venezolanos nos está salvando, después de décadas de la mayor fealdad y del horrendo evento del 24 de junio, la belleza de la compasión y del júbilo por cada vida rescatada. Nos tenemos y nos seguiremos teniendo y, ya arraigados en nuestra condición ciudadana, exigiremos, haremos real, la única vida que es bella y digna: la que transcurre en democracia y libertad. Quedémonos con algunas de sus palabras, como talismanes, porque aquí, en medio de un dolor inenarrable, estamos en el trance de salvarnos y, luego, de hacerle espacio a la alegría. Estamos, también, en el trance de dejar partir:

No lo dudes
Si de repente y de forma inesperada
sientes alegría,
no lo dudes.
Déjate llevar. 
Hay muchas vidas
y pueblos enteros destruidos
o a punto de serlo.
La alegría no está hecha
para ser una migaja.

En los bosques de Black Waters

Debes ser capaz
de hacer tres cosas:
amar lo que es mortal;
sostenerlo contra tus huesos
sabiendo que tu propia vida depende de ello;
y, cuando llegue el momento de dejarlo ir,
dejarlo ir.

La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.

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