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Terremotos en Venezuela: Delcy Rodríguez y el colapso del relato oficial

Terremotos en Venezuela: Delcy Rodríguez y el colapso del relato oficial

La respuesta del gobierno interino de Delcy Rodríguez ante los terremotos del 24 de junio ha estado marcada por una gestión más enfocada en producir relato que en brindar ayuda e información oficial. Entre visitas fugaces, videos editados y una creciente distancia con las zonas afectadas, la crisis expuso los límites de una administración que intenta sustituir la eficacia con comunicación.

Hay una escena que resume mejor que cualquier cifra lo que ha sido la gestión comunicacional del gobierno interino de Delcy Rodríguez tras el doblete sísmico del 24 de junio: una funcionaria que llega a un edificio caído, permanece unos minutos, se retira, y de esa visita queda solo el video editado, con su propia música, listo para las redes.

El 25 de junio, en San Bernardino, en Caracas, una reportera de TalCual pudo comprobarlo de cerca: la presencia de la encargada no fue extendida. En Macuto, en La Guaira, epicentro del desastre, ocurrió algo parecido. En Chacao, donde también hubo derrumbes, los vecinos no esperaron a que se fuera para gritarle su rechazo.

Fuera de esos pasos fugaces por zonas de derrumbes, Rodríguez ha aparecido casi siempre en interiores, en reuniones con rescatistas a quienes interrumpe su trabajo para agradecerles frente a cámara, en encuentros con funcionarios, en condecoraciones, en el saludo protocolar al rescatado Hernán Gil y, más recientemente, en visitas a centros de acopio y refugio. Su hermano Jorge, presidente de la Asamblea Nacional, se ha convertido de facto en el vocero de las cifras oficiales de muertos y heridos, y no ha reactivado el parlamento para discutir los pasos a seguir luego de la tragedia.

Esa distancia física entre quienes gobiernan y la tierra que se movió bajo millones de venezolanos es, según el análisis del politólogo venezolano Juan Manuel Trak, el síntoma de algo más profundo en la forma en que esta administración entiende el poder: la comunicación reemplaza a la gestión.

Trak recuerda en un artículo publicado unas entrevistas de José Vicente Rangel a la ahora encargada del Ejecutivo nacional, donde ella misma explicó que «la política comunicacional no es un medio, la política comunicacional es la gestión de la política». Para quienes piensan así, lo que importa es narrar la crisis de la manera correcta, más que resolverla. Y el terremoto, el mayor desastre natural que ha vivido Venezuela en más de un siglo, se convirtió en la prueba de estrés más dura que esa forma de gobernar ha enfrentado.

La cronología ayuda a entenderlo. Durante los primeros quatro días, hasta el domingo 28 de junio, la comunicación oficial de Rodríguez estuvo dedicada casi por completo a agradecer la solidaridad de otros jefes de Estado. El contenido con imágenes de escombros, de rescates y de testimonios, empezó a circular en los perfiles de Delcy Rodríguez recién el domingo.

Durante ese lapso, le correspondió a las plataformas oficiales, como Venezolana de Televisión o las cuentas en redes del Minci, producir piezas que en vez de ser informativas eran productos musicalizados enfocados en la solidaridad que nos lleva a ayudarnos unos a otros. Emocionar primero, informar después. Y todo preempacado.

Incluso, TalCual pudo conocer que en el Ministerio del Poder Popular para la Comunicación e Información se ordenó constituir un equipo específico para construir la «narrativa épica» del papel de Delcy Rodríguez en la emergencia.

Pero esa épica se puso a prueba en la primera rueda de prensa que ofreció Rodríguez desde el día del sismo –y desde que se sentó en la silla de Miraflores–, el 2 de julio, con preguntas limitadas a corresponsales extranjeros. Ahí quedó expuesto el mecanismo que ha definido toda la respuesta oficial ante las críticas: cada señalamiento incómodo se convierte, en la respuesta, en una acusación contra quien pregunta.

Pugilato en cámara

Cuando María Martín, de El País, le preguntó por qué el despliegue de la fuerza pública fue tan lento y descoordinado, algo que ella misma había constatado en terreno, donde durante las primeras 72 horas apenas había funcionarios, ni maquinaria, ni siquiera papel para anotar los nombres de los cadáveres, Rodríguez no discutió los hechos que describía la periodista sino su legitimidad para describirlos. «Estás hablando con tus afirmaciones», le dijo, antes de citar cifras de despliegue (4.000 funcionarios en 24 horas, 11.000 en 48, 19.000 para el momento de la rueda de prensa) y calificar la crítica de «matriz» fabricada en «laboratorios» mediáticos.

A Julio Vaqueiro, de Telemundo, que le trasladó el sentimiento de abandono que había recogido en La Guaira, le pidió no generalizar y defendió a la FAN moviendo escombros con palas.

El problema es que, fuera de esa sala de prensa, la evidencia que recogen quienes trabajan en el terreno no coincide con la versión oficial de una respuesta inmediata y eficaz. Es un contraste claro con los cientos de testimonios de venezolanos reclamando abandono, ayuda que no llegó a tiempo, uniformados con armas en lugares de derrumbes –»veo más fusiles que palas», dijo uno–, o hasta la propia incapacidad para atender lo ocurrido, como el bombero que admitió sentirse «en la era de arco y flecha» frente a los equipos con los que llegaron rescatistas de otras naciones, aunque no fueran del «primer mundo».

El periodista Andrés Cañizález señala que la falla más mencionada por la población fue la ausencia inicial de un despliegue visible de la Fuerza Armada, precisamente la institución que se presume con más capacidad logística del país.

Entretanto, la emergencia abrió las puertas del país para la cobertura de prensa, como no había ocurrido en al menos dos años. Se relajaron las restricciones de visado, se permitió el acceso a áreas militarizadas. Cierto es que los medios internacionales han tenido prioridad frente al acceso para medios nacionales independientes, pero aun así se trata de un contraste importante con respecto a la postura oficial en tiempos de Nicolás Maduro.

La periodista freelance británica Catherine Ellis, que cubre la tragedia para Al Jazeera y The Spectator, puso la crítica no tanto en el acceso sino en la logística, «terrible y prácticamente inexistente», según describió. Hubo viajes en autobús cancelados sin ninguna explicación, una suspensión de 48 horas al acceso de la prensa a las zonas de desastre, agentes del Sebin que le impidieron fotografiar el hotel colapsado donde debían llegar deportados venezolanos, un interrogatorio de inteligencia mientras ayudaba a una familia a mudar sus pertenencias en un parque de Caracas, con fotos tomadas a su pasaporte sin mayor justificación.

Entretanto, el Estado venezolano primero se ocupó de dar una suerte de «parte diario» en voz de Jorge Rodríguez, que luego dio paso a un simple volante digital con los números del balance oficial.

Afortunadamente, la prensa en Venezuela ha podido evidenciar que militares, policías y funcionarios de Protección Civil y bomberos no les han impedido trabajar ni hablar con la gente, mayormente. Las restricciones documentadas por el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Prensa parecieran puntuales, no sistemáticas. No obstante, el bloqueo oficial a los medios digitales independientes continúan vigentes, así como la censura a señales internacionales como CNN en Español, NTN24 y otras. Son restricciones que no nacieron con el terremoto, pero que en este momento reducen todavía más las fuentes capaces de contrastar la versión oficial justo cuando la población más las necesita.

Del deslave al desgaste

La socióloga Paula Vásquez Lezama, en su libro sobre el deslave de 1999, advirtió que en una crisis de esa magnitud lo que está en disputa es el ejercicio del poder y la autoridad durante la crisis, más que el despliegue técnico del rescate, de por sí deficiente en Venezuela. La diferencia es que Hugo Chávez, en 1999, era un presidente recién electo, popular, con apenas meses en el cargo, lo que le permitió convertir a los damnificados en sujetos políticos, «los dignificados», y usar el pasado como excusa para los errores del presente.

Delcy Rodríguez no tiene ese margen. Llegó al poder no por las urnas sino como consecuencia directa de la captura y extracción de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses el 3 de enero, y hereda, además, seis meses de desgaste político continuo. La «simulación de eficacia» que describe Trak funciona entonces como el principal sostén de legitimidad con el que cuenta un gobierno que nunca pasó por las urnas. Por eso, cuando esa simulación falla, el costo político es más alto de lo que sería para cualquier otro gobierno.

Y está fallando.

La última encuesta de AtlasIntel para Bloomberg, realizada entre el 26 y el 30 de junio a 2.581 personas, mide la brecha entre el relato oficial y lo que percibe la calle. El 65,4% desaprueba la respuesta del gobierno ante el terremoto, frente a apenas 19,3% que la respalda, un núcleo que coincide casi al punto con el bloque chavista que sostiene al gobierno en cualquier encuesta creíble. La aprobación general de Rodríguez ha caído de 37% cuando asumió el cargo a 24% ahora, mientras la desaprobación subió de 44,3% a 63,3%.

Pero la pregunta que quizás más duele a un gobierno obsesionado con proyectar control es en quién confían los venezolanos. Y la respuesta es: confían más en el personal de salud, los bomberos, las empresas privadas, las ONG, las iglesias e incluso en María Corina Machado, que ni siquiera está en el país, más que en la Fuerza Armada, la policía o la propia Delcy Rodríguez para la tarea de reconstruir lo que se cayó. El gobierno puede seguir editando videos con música de fondo. Pero la gente, al parecer, ya decidió a quién le cree.

*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes «contra el odio», «contra el fascismo» y «contra el bloqueo». Este contenido fue escrito tomando en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.


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