Renacen Farmacias y Comida Rápida como Refugios de Salud tras el Terremoto en Venezuela
En medio del desastre provocado por el doblete sísmico del 24 de junio, populares establecimientos de farmacia y comida rápida que formaban parte de la normalidad de la gente, resurgieron de los escombros para convertirse en centros de atención médica que también sirven de refugio a personas, mascotas e incluso han sido lugar para traer nueva vida al mundo.
En esta farmacia dejaron de seguirse las normas de cualquier sistema conocido: los medicamentos no se organizan alfabéticamente, ni por principio activo, ni hay gavetas etiquetadas o registros digitales. Solo hay estantes y vitrinas recompuestas donde solía haber maquillaje que ahora llevan un papel escrito a mano que le pone nombre a la afección del paciente. Así cualquier voluntario guiado por los médicos puede ubicar rápidamente cuál es un inhalador, un anticoagulante, un analgésico o un anticonvulsivo.
Fue la forma más sencilla que pudo idear en 72 horas, el doctor Humberto Farías, un médico que el jueves 25 de junio, después de ver las primeras imágenes de devastación de La Guaira luego del doblete sísmico, decidió salir de su ciudad Maracaibo junto a otro colega y unos amigos bomberos para llegar a un territorio en caos y ruinas.
Llegaron el viernes 26 a Caraballeda llevados por la emocionalidad, por el puro instinto de ayudar y ser útiles. En medio del caos comenzó a suturar heridas, a estabilizar personas con lo mínimo que tenía, escarbando bolsas y cajas con medicinas de distintas procedencias, con la sola garantía de ser necesarios por la urgencia.
“Pero estábamos siendo imprudentes”, dice Farías y por eso sacó a relucir sus conocimientos en gerencia de salud para crear un mínimo sistema de orden, con el único criterio de ser efectivos y responsables en medio de tamaño desastre.
“No todos los que estaban colaborando eran médicos, muchas personas voluntarias necesitaban solamente una indicación clara para que ubicaran rápidamente el insumo o la medicina que cada paciente necesitaba”, explica.
Farías puso orden en el caos y cuando ya estaba en marcha la operación, una colega le dijo “vente, necesito tu ayuda”. Dejaron Caraballeda y llegaron a los destrozos de lo que tres días antes hubiera sido un espacio más que familiar: una sede de la casita azul en Catia La Mar, un Farmatodo que había sido saqueado.
“Estaba destruido, había vidrios por todos lados, habían saqueado la mercancía, las fachadas estaban rotas y había destrozos por todos lados. Se notaba la desesperación”. Así que de nuevo se arremangó la camisa y junto a los trabajadores del local que ya estaban en el sitio comenzaron a limpiar y a recoger. “Me quedé aquí porque vi a esta gente que se quedó sin trabajo, ponerse a recoger destrozos y a recuperar un espacio que se necesitaba urgente. Los gerentes tratando de recuperar lo básico y cuando llegué solo me dijeron ¿doctor, qué necesita? Ahí mismo dividí el espacio, organicé los estantes que quedaban y se armó este punto de atención para todas las personas que estaban llegando sin tener un lugar a donde ir”.
Ocho días después, todos los espacios del establecimiento se convirtieron en el albergue improvisado de 150 familias, lo que representa más de 400 personas, entre las que hay 200 niños, niñas y adolescentes, enumera uno de los trabajadores de la empresa y quien coordina las labores de atención y organización del espacio. Instalaron una carpa completa en el estacionamiento y además de plantas eléctricas, mientras recuperaban el sistema de electricidad, en la tienda se habilitaron tanques con agua potable para que tanto los refugiados como quienes pasen por la zona puedan recargar el agua que necesiten.

Lo que era el área de cajas de pago se convirtió en tabiques que se armaron para atención y consulta. En el espacio de estantes con chucherías ahora hay dos mesas para triaje, por donde en un solo día están atendiendo un promedio de 100 personas. En las neveras ya no hay refrescos ni helados, sino que se resguarda el agua potable que se distribuye entre las personas refugiadas.
La farmacia ya no está en la farmacia. Los medicamentos están más cerca al alcance de los voluntarios, donde solían estar los cosméticos y en la zona que usualmente era la parte farmacéutica se organizó un espacio más privado de atención psicológica.
Diez médicos de la organización Medical Corps se unieron a la labor, más paramédicos, enfermeros y estudiantes de medicina que llegaron el sábado 27 y permanecen trabajando en coordinación con el doctor Farías. “Hemos atendido todo lo que se requiere, pero en este momento lo que necesitamos es minimizar las enfermedades crónicas de los que llegan acá y que no se exacerben las patologías de notificación obligatoria para que tengan sus medicamentos. En apenas una semana hemos atendido todas las patologías: desde bebés de 20 días de nacidos hasta adultos mayores que necesitan atención médica inmediata”, explica Farías, quien aún no piensa cuándo regresará a Maracaibo, donde su esposa y sus hijos lo esperan orgullosos por el trabajo que está haciendo a 720 kilómetros de su hogar.

Medicina en combos
Desde los mostradores de la cocina salen varias órdenes de agua potable y algunas cajas con insumos que se reorganizan rápidamente entre médicos, veterinarios, enfermeros y cuidadores desplegados por todas las escaleras, mesas y espacios, donde hace apenas una semana se entregaban decenas de cajitas felices y papas fritas con helado.
Esta vez nadie se detiene en el payaso sonriente que los recibe porque su cara está tapada con un cartel hecho a mano que dice “clínica veterinaria”. En la barra de los helados se acumula una hilera de bolsas de papel con la M gigante en el medio, como si en algún momento un delivery va a venir a buscarlas para satisfacer el antojo del día. Pero en realidad se trata de otro combo: alimento para mascotas, junto a medicinas, insumos, curas, ungüentos, vendas, pastillas y hasta un collar nuevo para los animales que se irán, bien sea con sus familias que lograron ubicarlos en este refugio de rescatados o porque fueron adoptados por nuevas familias que le darán abrigo a más de 200 perros, gatos y aves que en apenas seis días de esta operación de rescate se convirtieron en sobrevivientes de un hogar que recién desapareció.

“Aquí está Kai, es la única que nos faltaba. Todos estamos vivos, gracias a mi Dios”, dice Sandra, quien llegó con su hijo de 16 años buscando a la gata blanquinegra que “tiene una marca como de corazón cerca de la cola. Es única”. La gata la ve y de inmediato se inquieta dentro del kennel donde está resguardada. Tiene heridas leves, pero está estable. Los veterinarios la revisan, verifican las fotos que Sandra les muestra en el celular y sonríen: es su gata, sin duda. La mujer llora desconsolada mientras la sostiene en su pecho y a la vez abraza a su hijo. Ni siquiera recuerda cómo llegó allí, cree que fue una conocida quien le avisó y pidió una cola en moto para ir a buscar a su Kai.
Pero no todos los que llegan pueden contar lo mismo. Niurka Salcedo respira con angustia mientras sostiene a la gata Michi, a la que rescataron del piso 10 del edificio OPP 27. Es la gata de su abuela, quien aún se encuentra desaparecida y su familia no la ha podido rescatar. “Cuando la encontramos la gatica estaba muy asustada y herida, pero gracias a Dios la atendieron los veterinarios y ya está bien. Esta es la gatica de mi abuela, ella le puso ese nombre y ya la tenemos con nosotros”, cuenta con un mínimo hilo de voz.

Los médicos veterinarios han llegado de todas partes del país. Uno de los que coordina es Eduard Peraza, quien vino con un grupo de voluntarios desde Barquisimeto y es parte de un sistema en el cual rescatistas de países como El Salvador, México y España que vinieron a apoyar, se comunican a través de un canal específico de radio para buscar y trasladar a las mascotas que son sacadas de los escombros. Porque cada vida vale y cada minuto es impostergable. “Hemos rescatados perros, gatos, conejos, aves y hasta un morrocoy que tenemos aquí para reunirlos con sus familias”, cuenta Peraza.

Mientras perros y gatos se recuperan, en el piso superior otro espacio se habilitó para convertirlo en un área esterilizada en la que no solo se cerraron heridas sino que se abrió paso una nueva vida.
Jesús Molina, paramédico y coordinador junto a otros médicos este centro de atención, que en seis días ya reúne más de 100 médicos y profesionales de la salud que vinieron de todas partes del país a atender la emergencia. A diario están atendiendo unas 200 personas, entre ellas, algunas mujeres embarazadas que llegan en condiciones de riesgo y no han podido esperar el traslado a centros hospitalarios. “Hemos atendido de todo, fracturas, suturas graves y hasta una cesárea que atendimos a las 2 de la mañana y todo salió perfecto, gracias a Dios tanto la mamá como el bebé están estables”.
Entre los médicos y los trabajadores del restaurante se coordinan todos los aspectos logísticos, comidas e hidratación para los voluntarios. «Un sanduichito, doctor», le dice uno de los voluntarios al médico que corre de un punto a otro dando indicaciones. El doctor se quita el tapabocas y aprovecha para beberse un té helado que le ponen en la mano. Un rescatista que acaba de traer a un perro rescatado de los escombros se acerca al mostrador a beber agua y uno de los voluntarios le abre una bolsa negra: son mangos que les acaban de traer de una casa cercana.

Para que todo esté refrigerado, la empresa inicialmente dispuso de plantas eléctricas, mientras se lograba restablecer la energía en el sector, el equipamiento básico que requieren para mantener el aire acondicionado imprescindible para garantizar condiciones sanitarias en un entorno devastado.
“Esto es como un territorio de guerra”, dice Mayerlin, una paciente que fue atendida por un ataque de asma. “No estaba en mi casa, por eso lo estoy contando, pero esto es una tragedia tan grande que hasta respirar es un milagro”.
Detrás del cartón que delimita la improvisada farmacia, una doctora con uniforme morado alcanza un envase, le da indicaciones anotadas en un papel cualquiera que hace las veces de receta y le soba el brazo mientras la acompaña a una silla. Le da un abrazo y le entrega la cajita. “Vas a estar bien”, le dice. Y asiente la cabeza con los ojos aguados.
*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes «contra el odio», «contra el fascismo» y «contra el bloqueo». Este contenido fue escrito tomando en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.
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