Regreso incierto: Supervivientes del sismo en La Guaira enfrentan la devastación emocional
En La Allanada, una zona residencial privada, en la parroquia Caraballeda, la mayoría de las edificaciones sufrió daños severos tras el doble sismo del pasado 24 de junio
Cargan con la tristeza de los amigos que perdieron, los vecinos que ya no están y el recuerdo de familias enteras sepultadas bajo los escombros. Son los que vivieron el terror de ver desplomarse todo a su alrededor, los que sobrevivieron al doble terremoto, los que tienen su casa -intacta o con grietas-, pero la tienen. Su herida no es física, es emocional, es profunda.
Keyla y Luis viven en La Allanada, una zona residencial privada, en la parroquia Caraballeda de La Guaira, que sufrió severas afectaciones. Playa Humbolt III -el edificio donde viven- fue uno de los pocos que no tuvo daños graves.
La mayoría de las edificaciones quedaron afectadas, especialmente del piso cinco hacia abajo. No se desplomaron, pero paredes completas se cayeron y varias escaleras se vinieron abajo.
“Todos los edificios en las adyacencias de mi residencia, del piso cinco hacia abajo, se podían ver los apartamentos desde afuera”, relata Keyla, una caraqueña que se mudó hace ocho años a La Guaira, junto a su esposo.
Y aunque lo que ocurrió en La Allanada fue “una pequeña pincelada” de lo que sufrieron otros sectores, para ella fue catastrófico ver la destrucción.
La Guaira es el estado más golpeado por el doble sismo que sacudió a Venezuela el pasado 24 de junio. Según el gobernador, José Alejandro Terán, unos 2.400 cuerpos han sido recuperados.
El terremoto encontró a la joven pareja separados. Ella, en el apartamento y él comprando chucherías para ver el Mundial de Fútbol. A las 6:00 p.m. se enfrentaban Escocia vs Brasil.
A las 6:04 de la tarde la tierra se estremeció y en cuestión de segundos miles de personas quedaron sepultadas bajo los escombros.
“Yo sabía que él estaba seguro porque estaba en la calle y la que estaba encerrada era yo. Sentí que no iba a vivir para contarlo y pensé en llamarlo en medio del bamboleo del apartamento para que escuchara mi voz por última vez”. Su voz se entrecorta al revivir el momento.
No pudo comunicarse. Se quedó sin electricidad y sin señal. Apenas cesó el movimiento, corrió en busca de un lugar seguro. Encontró a sus vecinos en la planta baja, nerviosos y desbordados por el llanto. Nadie sabía qué hacer. Ese “lugar seguro” estaba rodeado de dos edificios con ventanales de vidrio que ante cualquier réplica podían romperse y caer sobre ellos.
En medio del caos, Keyla salió de la residencia y se unió a otras personas que estaban en una cancha deportiva. A ella, ese espacio le daba más tranquilidad. Al contar su experiencia, reflexiona sobre la falta de información que hay en los urbanismos y en la ciudadanía en general sobre la prevención ante este tipo de emergencias.

Todo se venía abajo. A Luis lo sorprendió el doble sismo saliendo de Farmatodo. Ahí vio como una estructura se desplomó por completo. Su plan inicial era comprar las chucherías y luego ir al Roca Azul a comprar un fororo. Se tardó en la farmacia y ese tiempo le salvó la vida. La estructura del supermercado colapsó totalmente y dejó atrapada entre sus escombros a mucha gente, entre ellos, uno de sus buenos amigos.
Manejó a toda velocidad y a su paso veía la destrucción. “Sentía que todo se me venía encima”. No se detuvo.
Ya en el edificio, ve a la gente afuera, pero no encuentra a Keyla. Subió al apartamento y no la ve. Baja, revisa entre la gente, y vuelve a subir. Nada. Sale a la cancha y ahí está. Se funden en un abrazo y explotan en llanto.
“Dios nos protegió, pero no todos corrieron con la misma suerte”, reflexiona Keyla.
Vivos de milagro. Keyla es periodista y Luis un emprendedor, juntos tienen un negocio de venta de ropa de caballeros y otros artículos. Ella solo tiene ocho años viviendo en La Guaira, él toda la vida. Parte de su familia vive en Maiquetía y salió ilesa, otros no. Un primo murió y una tía perdió el apartamento. Muchos de sus amigos y conocidos quedaron sepultados por vigas y concreto.
La comunicadora repasa su vida en La Guaira y concluye que están vivos de milagro. Vivió en Catia La Mar, luego en Caribe y ahora en La Allanada. En esas zonas el terremoto fue devastador, incluso el primer edificio que habitó en La Allanada quedó sumamente comprometido.
“Todos los sitios que nosotros frecuentamos, donde vivíamos, incluso el centro comercial Costa del Sol donde quedaba la emisora donde yo tenía mi programa de radio y terminaba justamente a las seis de la tarde, todos esos sitios quedaron demolidos”, dice afligida.
Se aferra a la fe para encontrar fortaleza: “Yo soy muy creyente de Dios y considero que todo esto que pasó es porque Dios tiene un propósito muy grande para nuestras vidas, aunque ahora no lo pueda comprender”.

Una tristeza profunda. Le cuesta asimilar la magnitud de la tragedia, le duele ver la devastación del estado y pensar en toda la gente que murió.
“Quienes vivieron para contarlo están con la tristeza de que perdieron no a uno sino a varios familiares, a muchísimos amigos, porque no es lo mismo ver en las noticias que hay un grupo de personas tapiadas, a verlo, a vivirlo. En La Guaira todo el mundo se conoce y la cantidad de personas fallecidas, la cantidad de personas que están bajo los escombros, que no lo lograron y que uno conoce es muy traumático”.
Ellos lo lograron y por eso agradece a Dios. “Pude ser una de esas personas que está bajo los escombros, pero Dios no lo quiso y por eso me siento en gratitud”.
Los sentimientos se mezclan: tristeza por la devastación, gratitud por estar viva e indignación por todas las vidas que se perdieron… porque no hubo un equipo de rescate a tiempo. Contiene el llanto y sigue.
“No hay palabras para descibir lo que se siente y yo solo he vivido en La Guaira ocho años, el dolor que siente un guairense es indescriptible”.
Miedo a volver y mucha incertidumbre. El jueves 25 -muy temprano- salió de La Guaira, un estado al que ama y en el que se sentía segura, pero al que no sabe cuándo regresará o si regresará.
“Ahora mismo no encuentro un motivo para regresar porque siento que es una zona de guerra, hay demasiados edificios derrumbados, se empieza a sentir el olor de las personas que están bajo los escombros. Es un momento de mucha tristeza, es un estado de luto”.
Le llena de incertidumbre el tiempo que tomará “volver a levantar La Guaira” y que la gente quiera invertir en el estado. “Sé que tengo que regresar, pero no sé si estoy preperada para quedarme allá después de lo que viví.”
Por ahora, se queda con sus padres, en un viejo edificio de 19 pisos en Caracas que resistió la fuerza del doble terremoto. Desde ahí mira su vida y busca las formas y el tiempo para seguir adelante.
*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes «contra el odio», «contra el fascismo» y «contra el bloqueo». Este contenido fue escrito tomando en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.
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