Los horrores invisibles de Venezuela: La lucha de Carmen Navas y el agotamiento social
Hay algo profundamente perturbador en observar cómo un país aprende a convivir con el horror sin derrumbarse por completo. Venezuela lleva años entrenándose para eso. No para vencer el espanto, sino para administrarlo emocionalmente. Para seguir funcionando después de cada atrocidad. Para indignarse durante unas horas, quizas unos días, y luego continuar sobreviviendo porque la vida —o algo parecido a ella— obliga a seguir.
Pero hay dolores que deberian quebrar definitivamente a una sociedad. Lo que ocurrió con Carmen Navas debió ser uno de ellos. Durante meses buscó a su hijo desaparecido entre oficinas, silencios y respuestas ambiguas. Preguntó donde cualquier madre preguntaría. Insistió donde cualquier madre insistiría. Y mientras recorría despachos y retenes, mientras esperaba respuestas del aparato estatal, algunos funcionarios ya conocían la verdad: su hijo estaba muerto. Lo sabían y callaron. Lo sabían mientras la hacían volver otro día. Lo sabían mientras la condenaban a la tortura de seguir buscando a alguien que jamás podría regresar.
Hay formas de maldad que superan incluso la lógica represiva. No porque asesinen únicamente cuerpos, sino porque destruyen deliberadamente la esperanza de quienes permanecen vivos. Eso fue lo que hicieron con Carmen Navas: administrar cruelmente su dolor hasta convertirlo en una condena emocional imposible de soportar. Y cuando finalmente le confirmaron la muerte de su hijo, ella murió pocos días después, como si el cuerpo hubiese resistido únicamente mientras todavía quedaba un mínimo de incertidumbre.
Lo verdaderamente devastador no fue solo el crimen. Fue descubrir la rapidez con la que el país comenzó a seguir adelante. Durante algunos días, las redes sociales venezolanas se llenaron de indignación. Políticos, opinadores, dirigentes y activistas escribieron mensajes conmovedores, declaraciones solemnes y reflexiones cargadas de rabia moral. Venezuela lloró digitalmente a Carmen Navas. Pero después llegó otro escándalo, otra tendencia, otra pelea política, otro video viral, otra polémica alrededor de Alex Saab, otra contradicción del régimen, otra operación propagandística, otro espectáculo aeroportuario protagonizado por dirigentes eternamente en campaña.
Y entonces el horror comenzó a diluirse en el flujo cotidiano de la crisis venezolana. No porque la gente haya dejado de sentir dolor. El problema es más grave: el país parece haber perdido la capacidad de convertir el dolor en un acontecimiento histórico duradero. La indignación se consume rápido porque la tragedia se volvió permanente. Y cuando el horror se convierte en paisaje, incluso las atrocidades más monstruosas terminan desplazadas por la siguiente noticia.
Ese es uno de los daños más profundos que el chavismo le ha hecho a Venezuela. No solo destruyó instituciones. También erosionó la capacidad colectiva de sostener la memoria moral. Nos acostumbró a vivir entre abusos tan constantes que cada nueva barbaridad desplaza a la anterior antes de que exista tiempo suficiente para procesarla políticamente. El país entra en shock, llora, se enfurece y luego vuelve a sobrevivir.
Porque mientras algunos dirigentes opositores convierten Maiquetía en escenario de performances políticos cuidadosamente calculados para las redes sociales, millones de venezolanos siguen atrapados en una realidad mucho menos fotogénica: apagones interminables, salarios destruidos, familias fracturadas, migración forzada y agotamiento emocional. Allí está la fractura más brutal de la Venezuela contemporánea.
Por un lado, una política convertida en espectáculo permanente: declaraciones, campañas eternas, épicas digitales, conspiraciones diarias y liderazgos obsesionados con administrar visibilidad. Por el otro, una sociedad exhausta que ya no tiene tiempo para teatralidades porque dedica toda su energía a resistir.
La señora que pierde la comida por otro corte electrico no vive dentro del relato heroico de ningún dirigente. El joven que calcula cuándo volver a emigrar tampoco aparece en los discursos grandilocuentes sobre la libertad. El padre que trabaja en dos países simultáneamente para sostener a su familia no forma parte del espectáculo político venezolano. Y quizas por eso la distancia entre la dirigencia y el país real se ha vuelto tan obscena.
La tragedia venezolana ya no es únicamente política. Es moral. Porque un país comienza a deteriorarse peligrosamente cuando el horror deja de producir consecuencias históricas. Cuando las atrocidades generan indignación instantánea, pero no transformación colectiva. Cuando el dolor de una madre destruida emocionalmente por el aparato estatal dura exactamente lo mismo que una historia de Instagram.
Y quizá allí reside una de las victorias más oscuras del poder venezolano: haber convertido el agotamiento en una forma de control social. Las sociedades exhaustas son más fáciles de gobernar porque el cansancio reduce la capacidad de sostener la rabia, organizar la memoria y convertir el dolor en acción política duradera. El ciudadano agotado sobrevive; rara vez consigue transformar su indignación en fuerza trasformadora.
Sin embargo, incluso en medio de tanta degradación, la historia de Carmen Navas deja una pregunta imposible de esquivar: ¿cuántas atrocidades más necesita presenciar un país para decidir finalmente que vivir así dejó de ser normal?
Porque las sociedades no mueren únicamente cuando desaparecen sus instituciones. También comienzan a morir cuando el horror deja de ser suficiente para sacudirlas por completo.
La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.



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