Las valientes batallas de Iván Cepeda: superando dos cánceres y luchando por la presidencia en Colombia
En 2018, Iván Cepeda fue diagnosticado con cáncer de colon y 4 años después, le hizo metástasis en el hígado. Tras un tratamiento drástico, fue dado de alta y desde entonces no ha parado.
Diciembre de 2017 no fue un mes cualquiera para Iván Cepeda. Mientras muchos colombianos cerraban el año entre reuniones y cenas familiares, él escuchaba en el Hospital Universitario San Ignacio de Bogotá algo que ningún médico debería tener que decir: los exámenes de rutina habían encontrado algo. El cáncer de colon llegó sin aviso, en silencio, como las cosas que más duelen.
No era la primera vez que esa enfermedad tocaba a los Cepeda. Su madre, Yira Castro de Cepeda, defensora de derechos Humanos y exconcejal de Bogotá, había fallecido por la misma causa en 1981. Iván tenía solo 18 años. Cuatro décadas después, la historia parecía reclamar lo que sentía que le debía.
En marzo de 2018, su equipo de prensa emitió un comunicado. Sencillo, sin dramatismo. Decía que tras los exámenes realizados le había sido diagnosticado un cáncer de colon en fase temprana y que, luego de una intervención quirúrgica con intención curativa, el senador se encontraba en seguimiento riguroso en el Hospital San Ignacio y en un tratamiento complementario de quimioterapia coadyuvante. Eso era todo. Sin solicitudes de solidaridad, sin relatos de sufrimiento. El diagnóstico llegó a finales del año anterior, pero el comunicado se emitió cuando la cirugía ya estaba hecha y el tratamiento en marcha.
La operación fue en enero de 2018. El cáncer de colon es, según la Organización Mundial de la Salud, el cuarto más común en América Latina. Si no se trata a tiempo, el tumor puede crecer, destruir tejido sano y hacer metástasis a otros órganos. Cepeda lo sabía. Por eso no esperó.
Lo que vino después fue duro de maneras que no aparecen en comunicados. Las sesiones de quimioterapia, los días de hospital, las noches en vela. Pero Cepeda no pidió licencias ni se alejó del Congreso. Continuó asistiendo a debates, a plenarias, a los pasillos del Capitolio, donde algunos notaban que su rostro era más pálido que antes, que su paso se había vuelto más lento. A veces llegaba sin haber desayunado. Otras, sin haber dormido. Pero llegaba. Luego diría que el trabajo era la forma de no pensar en el miedo.

En casa era diferente. Allí la política no entraba. Su esposa y hermana se turnaban para acompañarlo a los tratamientos, controlar lo que comía, obligarlo a descansar. En ese espacio doméstico, el senador era simplemente Iván, un hombre que quería seguir vivo.
Todo esto ocurría mientras Colombia se preparaba para las elecciones legislativas y presidenciales de 2018, en las que Cepeda fue reelegido senador, y que terminaron con la victoria de Iván Duque en la presidencia. El país votaba. Él hacía quimioterapia.

Hacia finales de 2019, los exámenes indicaron que el cáncer había desaparecido. No hubo celebración pública. La victoria fue privada, sin prensa ni discurso. Prefería seguir trabajando.
Pero en junio de 2021, un control médico de rutina encontró una nueva sombra. Esta vez en el hígado. El cáncer de colon que había superado había hecho metástasis. La oficina de prensa del congresista confirmó el diagnóstico. La lesión, otra vez, estaba en etapa temprana. La enfermedad había regresado, y otra vez encontraba a Cepeda antes de que él se diera cuenta.
El proceso que siguió fue más largo e invasivo que el primero. Más quimioterapia, revisiones constantes, y una cirugía programada para el 11 de enero de 2022. Hubo días en que apenas podía levantarse de la cama. Esta vez sí se detuvo un poco. Aprendió a delegar y a escuchar más. Las noches volvieron a ser largas, y su esposa y hermana volvieron a estar ahí.
Cuando la enfermedad cedió por segunda vez, Cepeda retomó el trabajo con una calma que sus colegas notaron diferente. Participó en los diálogos de paz con el ELN, sostuvo debates en el Congreso sobre derechos humanos, y siguió siendo el mismo legislador meticuloso que siempre había sido, pero con algo adicional que es difícil de nombrar y fácil de percibir en quienes han pasado por algo así.
En octubre de 2025, ocho años después de aquel diciembre en que su médico le dijo que el cáncer había llegado, Cepeda ganó la consulta presidencial del Pacto Histórico con casi el 60 por ciento de los votos, superando a Carolina Corcho y convirtiéndose en el candidato del movimiento para las elecciones de 2026. Hoy las encuestas a la Presidencia lo muestran ganando la primera vuelta sobre Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia.
Cepeda no habla del cáncer en los mítines ni lo convierte en argumento de campaña. Lo que sí queda, para quien lo observa de cerca, es que algo en su manera de moverse por la política cambió después de los hospitales.
Su madre murió de lo mismo que él venció dos veces. Tenía 18 años cuando eso pasó y hoy tiene 61. Entre esos dos momentos caben la pérdida de su padre, asesinado en 1994, dos diagnósticos de cáncer, años de confrontación judicial con el expresidente Álvaro Uribe, y una carrera legislativa que lo tiene luchando por la Presidencia. La historia del cáncer de Cepeda no es una historia de triunfo en el sentido convencional de la palabra, es la de alguien que siguió adelante cuando tuvo razones de sobra para no hacerlo.




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