La democracia en crisis: ¿Por qué el voto por autócratas refleja una frustración profunda?
La gente vota por un hombre condenando por violación, que estafó a innumerables proveedores, que no pagó sus impuestos por años, que insulta, expresa sin problemas su machismo, se mofa de discapacitados, asume claramente la supremacía de la raza blanca, golpea como nunca antes los lazos políticos históricos de Estados Unidos con el mundo libre, trató de robarse una elección, y nosotros nos quedamos diciendo simplemente que es importante defender la democracia, los contrapoderes, la meritocracia, los derechos de las minorías.
¿No será que esta historia cambió de códigos y nosotros estamos leyendo un libro que ya se terminó? Hay en el voto por Trump, por Chávez, por Bukele, Orbán, Erdoğan, un mensaje muy claro: la democracia no es suficiente. Hay algo que produce en muchos ciudadanos una frustración que pasa por ponerla en riesgo. La democracia no terminó siendo sagrada para todos y hay impotencia por cómo hemos vivido hasta ahora con ella.
Creer en la democracia como un sistema en el que podemos ser libres, tolerantes, atenernos a las mismas reglas y expresarnos es, para mí, una condición que no quiero perder el resto de mis días (de hecho, perdí, como otros millones, algo enorme con tal de no perder mi libertad: a mi país).
Y no necesariamente quienes votan por estos autócratas (y otros, que tienen crecientes adeptos aunque no hayan llegado al poder) quieren dejar de ser libres, pero en esos votos hay muchas lecturas.
Una: que la democracia es una forma de vivir, pero que ella, por sí sola, no soluciona problemas. Solo nos deja ser libres. Los problemas deben solucionarse; con ser libres no basta.
Otra: que hay siempre una corriente primitiva en los humanos que necesita un cacique, un hombre fuerte que haga las cosas por él; un premoderno que cede su soberanía de ciudadano a un líder que todo lo sabe y que está ahí para hacer por los demás lo que a todos corresponde.
La democracia moderna tiene más de 200 años entre nosotros y ha mostrado que es capaz de hacernos vivir un mundo mejor y menos injusto. Pero también que hay rasgos humanos que reproducen la desigualdad, la violencia, el abuso de poder. Para ser mejores no necesitamos dejar de ser libres, pero hay en el voto por el populismo autoritario, quizas, una expresión que nos dice que ser libres no es suficiente.
Frente a ese grito, la respuesta que solo defiende los valores democráticos es sorda. Obcecada. Estulta. Incomprensiva. Y solo se aleja de los ciudadanos/electorados. Algunas mayorías se quejan de ser desplazadas por las minorías crecientes, y los líderes liberales y socialdemócratas no hacen sino seguir defendiendo a esas minorías, como si escuchar a todos no fuese posible.
Ahí, en ese blanco rural que es devoto de Trump; en ese venezolano que se conectó con el resentimiento chavista; en ese salvadoreño que ve a Bukele como un dios, hay un ciudadano que nos está diciendo cosas que parece que el mundo liberal y socialdemócrata no solo no escucha, sino que no quiere escuchar.
De hecho, las agendas opuestas a los Trumps son agendas antitrumpistas. No hay una alternativa real que tome en cuenta lo que mueve a un trumpista, a un bukelista, a un chavista. Lo que hay es acera de enfrente, confrontación, conservadurismo.
El mundo está pidiendo un cambio y hay que interpretar lo. Desoírlo es actuar exactamente como siempre se criticó: como reaccionarios, desde el conservadurismo. Los cambios existen aunque no nos gusten, y mientras más tiempo pase sin que los reconozcamos y discutamos para darles cauce, menos chance teremos de sobrevivirlos y más de quedarnos al margen.
La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.



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