El Último Desayuno de Teresa de la Parra: Recuerdos de Lydia Cabrera
Yo comeré un poquito de tierra -respondió Ana Teresa Parra Sanojo, que era su nombre de nacimiento (el otro, por el que la conocemos, es el de escritora). Lydia Cabrera, su amiga, la intelectual cubana, le había preguntado, a eso de las seis de la mañana, qué le apetecía desayunar y Teresa había salido con esa ocurrencia. Así lo narró la habanera a la investigadora Rosario Hiriart en el libro de esta, “Más cerca de Teresa de la Parra” (Monte Ávila Editores, 1992).
“Aunque la respuesta no dejó de impresionarme”, recordó Lydia años depués, “me reí de su ocurrencia. Conversamos un rato. Le inyecté el aceite alcanforado que recetaba su médico, y su madre vino a acompañarla. Yo fui a descansar un rato, pasaba durante esos días la noche cuidándola. Prefería estar yo de noche al tanto de ella, porque tengo el sueño ligero y había aprendido dormir con un ojo abierto y otro cerrado.”
A las once de esa mañana, Lydia Cabrera ha debido incorporarse en su cama como quien reacciona a un golpe en la puerta. Corrió a la habitación de Teresa y encontró a doña Isabel Sanojo, la madre de su amiga enferma, de rodillas junto a la cama.
Hijita, prepárate a morir, vas a aparecer ante Dios -cuenta Lydia que dijo la señora. Teresa no respondió. A Lydia le pareció que estaba inconsciente y le reprochó a la madre unas palabras que podían asustar a la enferma. “Su actitud me pareció cruel. Una cruelidad que Teresa se diese cuenta de que moría. Tomé rápidamente la jeringuilla y la inyecté en el brazo, pero el líquido no penetró.”
En el silencio del apartamento de la madrileña zona de Cuatro Caminos las oraciones que en voz alta y fervorosa recitaba doña Isabel debían atronar. Lydia cerró los ojos de Teresa. Era el 23 de abril de 1936.
Teresa había sido sometida a operaciones y tratamientos muy dolorosos, largos, agotadores. “Si bien las intervenciones al pulmón han sido clínicamente exitosas”, escribió María Fernanda Palacios en su biografía de la autora de Ifigenia, “las lesiones, al cerrarse y endurecerse, comprimen el aire provocando una auténtica tempestad interior que le impide exhalar con naturalidad: “no tengo sino un quinto de mi conciencia y personalidad, todo lo demás se lo lleva esta especie de huracán y vivo sin saber qué quiero ni dónde estoy.” Como la presión del pulmón también obstruye el paso de la sangre, el corazón es quien más sufre a la larga y se descompensa hasta tal punto que Teresa no morirá de asfixia sino de insuficiencia
cardíaca.”
—Me sentí absolutamente huérfana -le dijo Lydia a Rosario Hiriart-. Teresa era
como una madre joven para mí, como lo había sido hasta mi adolescencia mi hermana Emma, a quien yo llamaba Mamá Emma, y que tenía como ella, un carácter muy dulce.
Se había cumplido la sentencia anunciada desde aquella primera visita al médico para hacerse revisar una abrupta caligrafía que puntuaba sus manos con la inscripción de un temprano final. El escritor español Juan Ramón Sánchez escribiría, en el obituario publicado en el diario El Sol de Madrid, un mes después, el 24 de mayo de 1936: “Solo vi una vez a Teresa de la Parra. Vino muy abrigada en pieles, exhalando tibieza retenida; con los ojos azules, grises, verdes, brillándonos transparentemente dulzura y finura.
Estaba ¿cómo decirlo?, “delicada”. Su voz envuelta con seda hablaba, cerca o lejos, desde la muerte.”
La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.


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