El impacto del aire seco en la salud de Teresa de la Parra en Cercedilla, Sierra de Madrid
Los años de enfermedad y declive físico de Teresa de la Parra (1889-1936) están contados con detalle excepcional, en una vida tan poco documentada, por María Fernanda Palacios en su semblanza incluida en la Biblioteca Biográfica Venezolana publicada por El Nacional y el Banco del Caribe.
Esa biografía comienza con una escena donde vemos a Teresa en el consultorio parisino del doctor Valery Radot, “nieto de Pasteur y el especialista que más sabe de asma en Europa”. Es otoño de 1935 y la paciente ha llegado allí desde Barcelona, donde se ha instalado después de pasarse casi tres años en el sanatorio de Leysin, Suiza, donde se había recluido en febrero de 1932.
Tiene 46 años recién cumplidos y una tos persistente que la agota. Radot le recomienda instalarse en un lugar con un clima adecuado, y este, a juicio de la paciente y sus familiares, resulta ser el sanatorio de Fuenfría, en Cercedilla, Sierra de Madrid.
Teresa ha pasado ya por intervenciones quirúrgicas en los pulmones y otras terapias invasivas y dolorosas en procura de arrinconar la tuberculosis que se la tiene jurada.
Desde que salió del sanatorio de Leysin, en septiembre de 1934, -establece María Fernanda Palacios- Teresa no ha parado en ningún sitio: primero fue París, luego intentó Barcelona y al mes el clima la corrió; en Madrid estuvo tres meses hasta que resolvió volver a París “definitivamente” para que ahora el clima la eche nuevamente de aquí.
En el hospital de Fuenfría, en Cercedilla, cuyo clima seco y apacible resulta muy conveniente para los aquejados de tuberculosis, Teresa va a estar dos meses y va a París a verse con el especialsta, pero “vuelve al sanatorio de Fuenfría donde pasó las navidades; en enero de 1936 regresa a Madrid, y en febrero se interna nuevamente.”
En la capital española “alquila un lugar por 210 pesetas, en Mario Roso de Luna, cerca del barrio de Rosales, donde ya había vivido el año anterior. El sol y la alegría bullanguera de Madrid la ponen de buen humor. Come con apetito, duerme bien, llena de flores la casa. Pero estas bodas con el clima y el lugar son apenas el preludio de otras más sombrías que están por llegar”, dice la biógrafa.
Las diligencias para instalarse van a ser largas y fastidiosas. El apartamento alquilado es frío, los muebles son viejos y pesados, y la empleada doméstica es lenta y no muy dotada en la cocina. Con excepción de algunos amigos intelectuales y escritores, entre los que se cuentan “dos breves encuentros con Rómulo Gallegos, a comienzos del año 35, sus relaciones se limitan a un reducido grupo de venezolanos exilados, de cubanos amigos de Lydia y de algunos españoles”, Teresa ha optado por la soledad y el recogimiento. Siempre está agotada. El asma no la deja dormir. Sabe que no le queda mucho tiempo.
La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.


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