El descubrimiento del tesoro olvidado de León de Greiff bajo un prostíbulo en Bogotá: historia de su legado literario
La fachada no revela nada de lo que fue aquel lugar: sobre el muro amarillo con rayas negras donde está pintada la palabra ‘PARQUEADERO’, se encuentra un letrero metálico que indica que el predio tiene asuntos legales pendientes.
De la enorme casona llena de libros, manuscritos y vinilos ya no queda nada. Todo comenzó a derrumbarse en la fría madrugada del 17 de junio de 1976, cuando León de Greiff falleció en su cama rodeado de páginas impresas y discos.
En el edificio quedó olvidado, entre otras cosas, el laboratorio del poeta: un cuarto atiborrado de libros de todos los colores, tamaños y ediciones, que ocupaban hasta la tina, que De Greiff no volvió a usar desde que renunció a los baños de agua caliente.

La casa de León de Greiff tenía una arquitectura tradicional de dos plantas propia del barrio Santa Fe en los años 40.
La casa del poeta se derrumbaba frente a los ojos indiferentes de la ciudad
Tras veinte años de abandono, aquella casona comenzó a ser un bicho raro y peligroso para un vecindario que poco a poco se fue llenando de modernos edificios donde se ubicaban prostíbulos y cantinas. En 1997, a la casa de De Greiff se le cayó el techo y se inundó; tiempo después, un incendio derrumbó el segundo piso y parte de la fachada.
La edificación agonizaba frente a las miradas de los transeúntes indiferentes que solo se detuvieron para chismosear a traves de los agujeros que tenía la puerta. Con la ansiosa mirada buscaban el baúl traído de Suecia por Carlos Segismundo von Greiff en el que se había guardado la espada de Simón Bolívar que, en su época, se robó el M-19. Se creía que aquel cofre contenía libros, discos y valiosos manuscritos ineditos del poeta.
Sin embargo, cuando asomaban las narices por los agujeros de la puerta, únicamente veían un terreno habitado por el olvido, la humedad, botellas vacías, palos y plásticos empolvados. Según el investigador Hernando Cabarcas, el único que ingresaba a la casa en aquella época era el alcalde de Los Mártires, quien entraba ligero de equipaje y salía con maletas y bolsas repletas.

En sus últimos años de vida, León de Greiff pasaba leyendo historias de vaqueros que siempre olvidaba y recomenzaba, producto de las secuelas que le dejó un accidente que sufrió.
Ante el inminente riesgo de que la casa se desplomara y acabara con la biblioteca del poeta, el 17 de julio de 1997, la Personería de Los Mártires y los Bomberos coordinaron el rescate de los libros y la colección de discos de León de Greiff. Según el diario El Tiempo, la operación empezó a las 10 de la mañana y se dio por concluida a la 1 de la tarde. Poco a poco sacaron tandas de libros, manuscritos y fotografías de entre las ruinas de lo que quedaba del segundo piso.

Por voluntad de Boris y Hjalmar de Greiff, hijos del poeta, los 3.000 libros rescatados de ser aplastados por un muro fueron donados a la Biblioteca Pública Piloto de Medellín. A nadie le cabía duda de que la casa había quedado desocupada y los herederos decidieron ponerla a la venta.
La casa del poeta se volvió parte de un prostíbulo
Apenas Harvey Ayala se enteró que estaban vendiendo la casa que quedaba junto a su exitoso negocio, se apresuró por negociar el predio. A punta de fracasos había cultivado la aguda intuición de los comerciantes y supo que esa era una oportunidad que no podía dejar pasar.
Los vendedores de la casona que en cualquier momento se iba a venir abajo solo le pusieron una condición: que la terminara de demoler. Ayala aceptó encantado y compró la casa del poeta León de Greiff.

Además de los infaltables clásicos de la literatura, dentro de la colección de León de Greiff había una gran cantidad de libros eróticos.
Los De Greiff le entregaron a Harvey las escrituras y las llaves de la puerta, la cual había que tratar con cuidado pues un cierre brusco amenazaba con derrumbar lo que quedaba de la fachada. Con pasos sigilosos, Ayala entró junto a su madre, Ramona Mendoza, a reconocer las ruinas de la misteriosa y olvidada casa del barrio que ahora les pertenecía.
En medio de la expedición encontraron una puerta de la que nadie les había advertido que conducía a una parte de la casa aparentemente desconocida por los herederos: el sótano. Ayala y su madre sabían que la casa había pertenecido a uno de los poetas colombianos más importantes del siglo XX y supieron que habían encontrado el tesoro del poeta, ese que tantos chismes y habladurías había levantado por todo el barrio.
El crujido de la puerta, que acumulaba veinte años de óxido, fue la antesala de ingreso al ‘Cuarto del Búho’, como lo bautizó De Greiff: el laboratorio donde su imaginación vagabundeaba a través de millones de páginas impresas y discos de vinilo. La sorpresa no fue menor. La nube de polvo que cubría el lugar era garantía de que allí no había vivido nadie en dos décadas.
Las miradas estupefactas se esforzaban por capturar cada milímetro de la habitación. Era imposible moverse por el lugar. Los libros lo ocupaban todo.

Los que lo conocieron en El Automático recuerdan que el poeta prefería hablar de fútbol y ajedrez, mientras tomaba aguardiente.
Aunque les costaba trabajo respirar entre tanto polvo y tantas páginas, Harvey y doña Ramona no abandonaron el lugar. Mientras escarbaban el laboratorio de De Greiff se encontraron con una canasta de gaseosa con envases vacíos que sostenía un viejo baúl. Madre e hijo cruzaron una cómplice mirada y se apuraron a destaparlo: allí había libros, páginas sueltas y unos cuantos discos que, en su momento, le habían hecho compañía a la espada que Jaime Bateman le llevó una noche al poeta.
Harvey y doña Ramona salieron del sótano con el deleite de quien ha ido a un sitio donde nadie más ha llegado. Cumplieron la condición de venta: tumbaron sin mucho esfuerzo los muros de la casa y pavimentaron el terreno, dejando descubierta la parte del sótano. Marcaron con líneas amarillas unos cubículos de 2 metros de ancho por 5 de largo para que los clientes de Atunes parquearan sus carros. Además, pusieron una pequeña caseta en latas para ‘El Paisa’, un conocido habitante de la antigua calle del Cartucho que se encargaba de cuidar los carros.

Uno de los pasatiempos de ‘El Paisa’ era revisar la colección de libros y discos de León de Greiff.
La tragedia de Harvey Ayala y los archivos del poeta que vieron la luz
A la medía noche del lunes 31 de agosto de 2004, acompañado por Juan Carlos, su guardaespaldas, Harvey Ayala estaba sentado en el restaurante La Normanda. Un par de días atrás, dos falsos policías le habían robado la pistola a Juan Carlos con la excusa de un decomiso.
Para ese momento, Ayala era dueño de varias residencias, bares y prostíbulos del barrio Santa Fe. Atunes, su consentido, era el prostíbulo más famoso de la ciudad en aquella época. La gente lo conocía como un tipo generoso, que nunca se negaba a la hora de aportar a las causas del barrio y por eso lo habían apoyado cuando se lanzó para edil de la localidad Los Mártires.

La tina del poeta León de Greiff, quien le encontró espacios a su rutinaria vida de funcionario público para liderar importantes movimientos culturales de la época como Los Panidas y Los Nuevos.
Como edil de Los Mártires, Ayala buscó sin descanso el apoyo para instalar unas cámaras que estuvieran conectadas al Centro de Despacho Automático de la Policía con la intención de controlar la inseguridad que azotaba al barrio Santa Fe. La idea no cayó bien entre algunos vecinos, que pagaron a dos sicarios para que mataran a Harvey mientras se llevaba a la boca la primera cucharada de la cena que le sirvieron aquella noche en La Normanda.
Al frente de los negocios de Ayala quedó la señora Ramona, que guardaba con celo los libros de León de Greiff. Cuando la gente le preguntaba por el archivo decía que una parte se la habían robado. Sin embargo, una gran parte de la colección estaba guardada en un apartamento de Harvey.

Hernando Cabarcas se obsesionó con León de Greiff al punto de empeñar su casa para poder financiar su investigación sobre el poeta antioqueño.
En 2013, Harvey cumplía nueve años de asesinado y Hernando Cabarcas cumplía trece años detrás de la pista de la colección de León de Greiff, sin poder tener avances significativos. La suerte de la investigación de Cabarcas cambió el día en que un amigo lo llevó a conocer a doña Ramona, en Atunes.
Cabarcas, que es filólogo, duró cuatro meses visitando a doña Ramona en el prostíbulo, hasta que la convenció de que le revelara los archivos del poeta que le ponía la fecha y la hora a cada cosa que firmaba. Con un equipo voluntario de 14 personas, Cabarcas exploró por años la colección bibliográfica y discográfica de León de Greiff. El Archivo de Bogotá le ayudó a costear tres meses de investigación. De ahí nació el portal interactivo ‘Una Casa al aire de León de Greiff’, el cual pone en circulación los documentos del poeta. La señora Ramona falleció en febrero de 2022 y el terreno donde vivió León de Greiff volvió a quedar en manos de herederos.



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