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El Ascenso de Cardenales de Lara en la Liga Venezolana de Béisbol Profesional: Historia y Legado

El Ascenso de Cardenales de Lara en la Liga Venezolana de Béisbol Profesional: Historia y Legado

Cardenales estaba a las puertas de la Liga Venezolana de Béisbol Profesional (LVBP). El presidente de la Liga, Franklin Whaite, había manifestado su acuerdo con la idea. Por su parte, los equipos también se mostraban abiertos a la posibilidad de la expansión. Sin embargo, Leones y Tiburones pusieron como condición que el ingreso involucrara a dos equipos y no solo a uno. Así que Antonio Herrera Gutiérrez, dueño de la divisa roja, tuvo que esperar para que su promesa a los larenses se hiciera realidad. El sueño no se materializaría en 1964.

Para alegría de los guaros, la espera no fue mucha. En 1965, mientras que el mundo se enteraba de que los Estados Unidos de América entraba de manera formal en la guerra de Vietnam, y en Venezuela la guerrilla recrudecía sus acciones, los de Aragua tocaban la puerta de la LVBP con la propuesta de sus Tigres, allanando el camino para que la Liga diese luz verde a su primera expansión; eso sí, luego de que ciertas condiciones fuesen satisfechas.

Mientras que en Maracay había estadio nuevo, el de Barquisimeto, con sus años encima, tenía serias deficiencias. Así que el ingreso de Cardenales a la LVBP quedó supeditado a la remodelación del Olímpico, además de una garantía de 6.000 bolívares que tendrían que pagar por cada juego de visitantes, cosa que también aplicaría a Tigres, ya que se temía que la falta de fanáticos de los nuevos equipos tanto en la ciudad capital como en Valencia lesionara las arcas de las cuatro divisas que ya conformaban la Liga.

A estas alturas nada iba a detener a Don Antonio. Con el auspicio de la gobernación del estado, y bajo la normativa de la National Association of Professional Baseball Leagues, las reformas del estadio Olímpico se pusieron en marcha, así como la planificación de la construcción de un nuevo y moderno coso para la ciudad de Barquisimeto, el mismo que con el tiempo sería renombrado como “Antonio Herrera Gutiérrez”. El estadio de Carora, por su parte, también fue remozado, y continuó sirviendo como sede alterna.

A su vez, Don Antonio nombró gerente general de la divisa al periodista zuliano Arturo Celestino Álvarez, “El Premier”, quien, apoyado en las gestiones del cubano Rodolfo Fernández y el exlanzador venezolano y héroe del 41, Domingo “El Taciturno” Barboza, armó una nómina respetable.

Y así llegó el tan ansiado día. El 15 de octubre de 1965, en el estadio Olímpico de Barquisimeto, luego del lanzamiento inicial a cargo del gobernador del estado, Miguel Romero Antoni, la novena larense saltó al terreno para empezar su historia oficial en la principal liga de béisbol del país. Su rival era los Leones del Caracas, y los primeros bates que debían enfrentar por los capitalinos eran los de Dagoberto Campaneris, Dámaso Blanco y César Tovar.

En dos horas y cincuenta minutos Cardenales había blanqueado al Caracas 4 por 0. El brazo encargado de la lomita por los pájaros rojos fue el del joven grande liga de los Atléticos de Kansas City, Ken “Bulldog” Sanders, quien aquella noche cubrió la ruta completa, amparado por las garrochas del panameño Ramón Webster y el dominicano Federico Velásquez, quienes en la sexta entrada castigaron con jonrones consecutivos al abridor del Caracas, Urbano Lugo padre.

Ese primer encuentro fue una locura. El público respondió a la novedad de manera masiva y agotó las entradas. Sin embargo, fallas en la organización transformaron en pesadilla lo que para muchos debió haber sido una velada de ensueño. Las puertas del Olímpico abrieron tarde y el caos comenzó. Ahí entró todo el mundo, con o sin entrada en la mano. Las sillas del recinto se llenaron y entonces empezó a ocurrir lo mismo con los pasillos, hasta el punto en el que fanáticos con boleto comprado tuvieron que regresar a sus casas y escuchar el juego desde el sofá. Durante el encuentro, en momentos como el de los jonrones de Webster y Velásquez, el público invadía el terreno de juego y había que esperar hasta que la normalidad regresara al campo para reiniciar las acciones.

Cuando ese 15 de octubre cayó el último out, y luego de aquel “yyyyyy…” de 23 segundos (sí, los conté), seguido de “…se terminó el juego…” de Luis Enrique Árias a través de Radio Cristal, las cosas no podían lucir mejor para la divisa de Don Antonio. El entusiasmo fue aún mayor cuando Cardenales ganó los siguientes tres encuentros. De cuatro, cuatro, tenían los pájaros rojos en su debut en la LVBP. “Na’ guará”, dirían algunos.

Sin embargo, las cosas cambiaron en el transcurso de la temporada, y los de Lara terminaron en el penúltimo lugar de la tabla de posiciones con los libros teñidos de rojo. La siguiente zafra no fue mejor y los libros de Don Antonio no paraban de sangrar. Así, en un intento por retomar fuerza financiera, en 1967 se creó la compañía Cardenales C.A.; pero el panorama económico no mejoró. El equipo no ganaba, y eso es mortal para cualquier divisa que está iniciando operaciones, lo que era aún más cierto en aquella época.

Entonces los rumores de cambio de sede inundaron el ambiente: Cardenales podría mudarse a Maracaibo. Las alarmas se encendieron y tanto la gobernación de Lara, como los mismos equipos de la LVBP, salieron al rescate. Por un lado, la gobernación propuso eliminar el monto de alquiler del estadio y, por su parte, la Liga exoneró el pago de 6.000 bolívares por juego que la divisa larense pagaba cuando visitaba otras plazas.

Como sabemos, Cardenales se quedó en Lara, y en la 68-69 sufrió otra temporada desastrosa. Pero ahí seguía el equipo; Don Antonio había asegurado a todos que de Barquisimeto no se iba.

Esa misma temporada, el 26 de noviembre de 1968, la divisa larense había estrenado el nuevo estadio de Barquisimeto, inaugurado en su primera etapa (tribuna central y laterales). Aquella noche los de Don Antonio cayeron 5 por 4 ante Llaneros de Acarigua, divisa que debutaba en la LVBP en sustitución de Industriales de Valencia. Atrás quedaban los tiempos del Olímpico, sede de Cardenales en sus primeros tres años en la Liga, plaza que, lejos de apagarse, pasaría en unos años a llamarse Estadio Daniel “Chino” Canónico.

Entonces ocurrió una verdadera tragedia: el 16 de marzo de 1969, poco después de finalizada la temporada debut del nuevo estadio de Barquisimeto, Antonio Herrera Gutiérrez falleció en un accidente aéreo. Don Antonio se dirigía a los Estados Unidos para reclutar peloteros para la venidera temporada, cuando el avión en el que viajaba se precipitó a tierra a pocos segundos de haber despegado del viejo aeropuerto Grano de Oro de la ciudad de Maracaibo. En el accidente falleció también el joven jugador de Cardenales, Carlos Santeliz, quien un año antes, en la temporada 67-68, le había dado una de las pocas satisfacciones que la divisa había vivido en su corto paso por la Liga, cuando se convirtió en el primer novato del año del equipo rojo. En el vuelo se encontraba también el joven lanzador del Magallanes, Néstor “Látigo” Chávez. Santeliz viajaba para jugar su tercera temporada en las menores con los Bravos de Atlanta, mientras que Chávez lo hacía para unirse en su sexta campaña al sistema de los Gigantes de San Francisco.

La crisis se agravó en Lara. Sin embargo, la familia de Don Antonio capeó el temporal y trabajó para que la divisa continuara en el estado. En 1972, mientras Tigres de Aragua celebraba su primera corona, Cardenales tocó fondo y los rumores de cambio de sede aumentaron. Fue entonces cuando un muchacho de 24 años recién graduado de sociólogo y amigo de Luis Antonio Herrera, hijo de Don Antonio -quien había asumido la presidencia de la divisa-, llegó a la gerencia general del equipo. Se trataba de otro caroreño: Humberto Oropeza. En este punto, la suerte de Cardenales empezó a cambiar.

Iniciando sus labores, Oropeza consiguió los servicios de un ya experimentado Luisito Aparicio en el rol de mánager-jugador. En movimiento de mayor impacto, el joven Humberto involucró en el negocio de la pelota a su suegro, el empresario nativo de Carora, Adolfo Álvarez. Al poco tiempo, Álvarez terminó comprando el equipo y así el asunto quedó en familia, es decir, en la familia de Carora, donde todo empezó.

Los años que siguieron a la venta también fueron duros, hasta que mejores días empezaron a llegar. En la temporada 75-76, al mando de un mánager de ligas menores de la MLB, exjugador de los Yankees y futuro campeón de Serie Mundial y miembro del Salón de la Fama de Cooperstown, Bobby Cox, los pájaros rojos consiguieron colarse por primera vez en la final de nuestra Liga. Su rival era Tigres de Aragua, que para el momento lucía ya dos coronas en su vitrina, y que ese año, ante Cardenales, terminó conquistando la tercera en una serie que necesitó de un séptimo juego para dilucidarse.

A Cardenales le tomó veintiséis años y seis subcampeonatos, tres de ellos consecutivos contra el tricampeón, Leones del Caracas, para por fin llegar a lo más alto de la LVBP. Aquella corona llegó en la temporada 90-91, casualmente ante el Caracas, con quienes habían perdido la final del año anterior (la cuarta que perdían contra la divisa capitalina), y con quienes, hasta el presente, no han vuelto a caer en estas lides. Luego del torneo 90-91, Cardenales ha disputado tres finales más ante Leones, y las ha ganado todas.

Hoy es imposible concebir nuestra Liga sin Cardenales. Este equipo, que luego de un inicio accidentado en la LVBP y una supervivencia que en aquellos años se mostraba inverosímil, hasta el presente ha disputado catorce finales y conquistado seis coronas, forjando un lugar privilegiado en la historia de nuestra pelota, tiempo en el que hemos visto desfilar por sus pasillos figuras emblemáticas de la talla de Luis Aparicio, Domingo Carrasquel, Luis Sojo, Robert Pérez, Luis Leal, Giovanni Carrara, Alexis Infante, Luis Jiménez, César Istúriz, entre muchas otras.

Tras la conquista del primer cetro en 1991, el Estadio de Barquisimeto, que aún sirve de sede a Cardenales de Lara, fue rebautizado como Estadio Antonio Herrera Gutiérrez en honor a la figura más importante de su historia, sin la cual esa divisa, hoy parte del gentilicio de todo un estado, no hubiese sido sino un recuerdo borroso en las páginas de la pelota criolla.

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