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Descentralización Fallida y la Tragedia de Vargas: Más Allá de los Presupuestos Ocultos

Descentralización Fallida y la Tragedia de Vargas: Más Allá de los Presupuestos Ocultos

Durante años creí que la peor literatura que puede producir un país son sus malas novelas. Me equivoqué: son sus presupuestos secretos. He pasado días buscando sin resultados los presupuestos del estado y municipio Vargas, ese litoral venezolano al que un decreto rebautizó La Guaira, como si a las tragedias se las pudiese despistar cambiándoles el nombre a los lugares. Al no encontrarlos o solo encontrar fracciones, sentí algo parecido a lo que pensé cuando leí El Proceso de Kafka: el vértigo de un mundo donde las cosas más monstruosas ocurren con la naturalidad de un trámite ejecutado por burócratas desconectados del bien común. Aquella banalidad del mal a la que hacía referencia Hannah Arendt.

Los hechos son de una simetría que ningún novelista se atrevería a inventar por inverosímil: en diciembre de 1999, la montaña se vino abajo y borró del mapa pueblos enteros; ese mismo año, una nueva constitución juraba a los venezolanos que los recursos de la nación llegarían a sus regiones por mandato sagrado, se había dado rango constitucional a la descentralización. Veintisiete años más tarde, un terremoto vuelve a ensañarse con el mismo pedazo de costa y encuentra ¿hace falta decirlo? la misma desnudez. En realidad peor aún, los bomberos y Protección Civil peor equipados y la alcaldía sin recursos y sobre todo sin vocación de servicio y al final la misma improvisación heroica de los ciudadanos solidarios pero desprovistos. ¿Qué ocurrió entre una catástrofe y otra? Ocurrió lo de siempre en las tierras donde Diógenes Pernalete es ley: la promesa constitucional se volvió papel mojado, el dinero de las regiones fue confiscado por el centralismo con la coartada de la Revolución y aquello que la ley destinaba expresamente a invertir, a construir, a prevenir, a proteger, se disolvió en esa niebla espesa donde el estatismo esconde sus delirios.

Y este es el detalle que transforma la desidia en infamia y que el lector haría mal en pasar por alto: nunca faltó dinero es que sobró y se malgastó. Existían fondos, FIDES, LAEE, el Situado y con una porción casi risible de lo que efectivamente entró a las arcas, tres o cuatro céntimos de cada dólar, Vargas pudo haberse dado el sistema de protección civil que Medellín y Bogotá, ciudades curtidas en violencias atroces, sí se dieron. No estamos hablando de Suiza ni de Japón, aunque Japón, dicho sea de paso, tiembla más que Venezuela y entierra infinitamente menos muertos. Estamos hablando de vecinos nuestros, latinoamericanos como nosotros, que decidieron ser civilizados. La civilización, conviene repetirlo en estos tiempos de nostalgias autoritarias, es una decisión consciente y los presupuestos el reflejo formal, práctico y ejecutable de esa decisión.

Y hay algo todavía peor, si cabe. Quien busque hoy los documentos donde debería constar en qué se gastó ese dinero a lo largo de veintisiete años, encontrará un vacío casi perfecto: de decenas de ejercicios fiscales, apenas uno dejó huella pública completa. Ese silencio de los archivos más que negligencia administrativa; es la firma del régimen. La barbarie moderna ya no quema bibliotecas, sino que simplemente no las alimenta. Un poder que no publica sus cuentas es un poder que ha decidido que los ciudadanos son súbditos y los súbditos no tienen derecho a preguntar, solo a ser enterrados en fosas comunes después del desastre.

No pretendo que un artículo resucite a nadie, ni conmueva a los responsables, que suelen ser inconmovibles y ser solo servidores de su propia ambición, ni siquiera pretendo que volteen a leer los burócratas de las agencias internacionales que ahora vienen a darles, gustosos, sus recursos y equipos a quienes nos robaron el futuro. Pretendo algo más modesto y acaso más subversivo: que no se diga que no se sabía. Los terremotos son inocentes, los gobiernos no. La próxima vez que tiemble esa costa, porque tengan por seguro que va a temblar, que a nadie se le ocurra hablar de fatalidad y providencia. La fatalidad, en Vargas, tiene nombre, presupuesto y prontuario.

La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.

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