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Caraqueños: La Búsqueda del Prestigio a Través del Maratón y el Consumo Compulsivo

Caraqueños: La Búsqueda del Prestigio a Través del Maratón y el Consumo Compulsivo

¿Qué plan hay este fin de semana en Caracas? Sea ir a un bar clandestino, comer en un restaurante nuevo o asistir a un evento deportivo, todos parecen querer hacer o probar lo mismo: algo que recomendó un amigo o que vieron en redes. En estas situaciones, en las que la gente corre simultáneamente en la misma dirección, hay que preguntarse: ¿detrás de qué van y de qué están huyendo?, decía el sociólogo inglés T. H. Marshall.

En una ciudad de poco más de tres millones de habitantes es fácil que algo nuevo y atractivo se convierta en tendencia. Los que jugaban pádel ahora corren en todas las carreras, y los que hacían filas por unas cocadas ahora se forman para probar unos helados de yogurt. Pero, ¿detrás de qué van estas miles de personas acoplándose a las tendencias de forma casi compulsiva?

El tránsito por una terrible crisis económica, en la que hasta lo más básico se volvió un lujo, y la paulatina recuperación posterior, ha llevado al venezolano a experimentar una aparente sensación de mejora. Ahora, al menos, la gente puede darse un “gustito” de vez en cuando: una salida a comer, una prenda nueva o asistir a un evento.

Además, Caracas, dentro de la realidad venezolana, ofrece muchas más oportunidades de disfrute que el resto del país, debido a la enorme desigualdad territorial. No solo hay más centros comerciales, restaurantes y eventos, sino que sus habitantes se preocupan un poco menos por los constantes apagones y el surtimiento de gas, agua potable y combustible. ¿Acaso corren todos los caraqueños —literalmente— en los mismos maratones solo para alcanzar esos pequeños placeres de los que fueron privados durante tanto tiempo? Tal vez este consumo compulsivo de lo estándar esconda un sentido más allá de lo hedónico.

En un contexto en el que la crisis destruyó el capital económico de la clase media, el capital simbólico —como lo llamaba Pierre Bourdieu—, reflejado en las marcas, estilos de vida y espacios de pertenencia, se vuelve el último refugio para alcanzar prestigio. Más que buscar darse ese gustito, esta carrera por alcanzar tendencias parece responder al anhelo de pertenecer o ser reconocido.

Basta con ponerse un par de tenis y ropa cómoda para trotar 5 km y subir una publicación desde Strava para pertenecer a la nueva clase media postcrisis. De manera similar, se puede ahorrar para comprarse una prenda en Pawer, pero no para adquirir un auto o un inmueble nuevo.

Eso sí, cada quien se arropa —o llega en esta carrera— hasta donde le alcance la cobija. Mientras unos pueden permitirse opciones más costosas, otros aprovechan tendencias accesibles a su bolsillo. Desde cada estrato, todos parecen buscar lo mismo: alcanzar para sí mismos la sensación que aparenta el país, la de “surgir” luego de la crisis.

La boliburguesía a la delantera de la carrera

Vale la pena preguntarse de dónde surgen estos patrones o modelos a los que la gente intenta adecuarse. Bourdieu destaca que el capital simbólico no es en sí mismo otro tipo de capital, sino un modo en el que se configuran, enfatizan y expresan ciertos rasgos de los capitales económico, cultural y social.

Aquí aparece el grupo que se benefició de la crisis: la burguesía bolivariana o boliburguesía, comúnmente conocida como “enchufados”. Un ejemplo claro de la relación entre los distintos tipos de capital. Este grupo, gracias a sus relaciones con quienes ocupaban cargos de poder político, se enriqueció hasta convertirse en una nueva clase pudiente.

Aunque al inicio las élites caraqueñas tradicionales mostraron resistencia ante estos “nuevos ricos”, el paso del tiempo, los negocios y la socialización hicieron que no solo se normalizara esta boliburguesía, sino que lograra incorporarse en muchos círculos sociales y culturales de las élites clásicas.

Así, esta clase emergente, gracias al capital económico construido con recursos provenientes del saqueo estatal, se asocia con las clases altas tradicionales en los negocios que ejecutan, en los clubes a los que se afilian y en los colegios en los que inscriben a sus hijos. Sus inversiones comienzan a impactar la cultura asociada al prestigio en la ciudad, marcando la pauta que el resto imita.

Al mismo tiempo, ofrecen productos y formas de consumo a través de marcas, restaurantes y estilos de vida que promocionan. Eventos deportivos, platillos de alta gama o comunidades de embajadores de marcas se convierten en nuevos vehículos para alcanzar estatus y construir identidad en la era postcrisis.

De la incertidumbre a la tendencia

Si ya hay una hipótesis sobre hacia dónde se dirigen los caraqueños, falta responder la segunda pregunta de Marshall: ¿de qué huyen?

La ciudad, al igual que el resto del país, intenta levantarse de la crisis, pero sigue hundida en severos problemas. Toda certeza económica, política e institucional —ya debilitada antes de la llegada de Chávez— terminó de desmantelarse en estos últimos 26 años. Hoy no se sabe qué va a suceder, cuándo mejorará la situación o cuándo terminará de tocar fondo.

Quienes habitan este país de incertidumbres experimentan lo que Zygmunt Bauman llamó la licuefacción del principio de realidad freudiano. En Freud, la estabilidad que impone la norma exterior —el principio de realidad— se contrapone a la búsqueda constante de satisfacción inmediata: el principio del placer.

La realidad actual exige adaptarse a un mundo vertiginoso, donde la vida se convierte en una sucesión de experiencias rápidas y consumo constante. El principio del placer se impone ante la posibilidad de comprar gratificación instantánea, evitando compromisos a largo plazo. Productos, vínculos y experiencias parecen tener fecha de caducidad.

Así, se navega en la búsqueda de nuevas experiencias para escapar de la angustia de un país donde la estabilidad se volvió insostenible.

En Caracas, el menú de opciones sigue siendo limitado, lo que convierte estos “gustitos” en tendencias y, al mismo tiempo, en la única certeza alcanzable.

La desmentida de dos realidades incompatibles

Resulta contradictorio que en un país donde más de tres cuartas partes de la población desaprueba el chavismo y señala la corrupción como el principal problema, sea esa misma élite enriquecida la que marque la pauta del prestigio.

Si se les considera responsables de gran parte de la crisis, ¿por qué seguir consumiendo sus marcas, restaurantes y eventos?

Un escándalo reciente lo ilustra. Una firma de restaurantes creció exponencialmente en la ciudad. Todos recomendaban sus platos, compartían su experiencia y hacían filas para probar sus productos. Mientras tanto, circulaban rumores sobre lavado de dinero vinculado a figuras cercanas al poder.

Cuando estalló la denuncia en TikTok, la ciudad se escandalizó durante semanas. Pero, tan pronto como el tema dejó de aparecer en los algoritmos, muchos retomaron el consumo con total normalidad.

Se sabe lo que ocurre detrás de ciertos negocios, pero se actúa como si no se supiera. Es la desmentida freudiana: el yo se divide para sostener dos realidades incompatibles. Se critica la corrupción, pero se participa de sus beneficios.

Para sostener esta contradicción, se recurre a justificaciones: que casi todos los negocios están vinculados al poder o que al menos ese dinero se reinvierte en el país. Así se reduce la tensión moral y se termina blanqueando a la boliburguesía.

El peligro es evidente: normalizar el abuso del poder como vía de ascenso social.

La meta de este nuevo maratón parece ser el “enchufe”: formar parte de la élite que define el prestigio.

La victoria del hedonismo, la búsqueda de estatus y la huida consumista por encima de los valores colectivos forman parte de una carrera interminable por poder, dinero e influencia. Y los mejores competidores son quienes hoy gobiernan el país.

¿Cómo recuperar entonces la institucionalidad, la transparencia y la democracia en un contexto donde la corrupción marca la tendencia?

Los venezolanos —especialmente la clase media— deben preguntarse qué tan dispuestos están a abandonar esta carrera, dejar de lado intereses individuales y priorizar lo colectivo.

Hace falta trazar una línea de llegada distinta: una que impulse proyectos sostenibles, orientados al bien común, y que sustituya las tendencias efímeras por una visión compartida de sociedad.

La entrada Caraqueños en el maratón por el prestigio se publicó primero en La Gran Aldea.

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