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Caracas: La lucha de familias en refugios temporales tras los terremotos y la lenta reconstrucción

Caracas: La lucha de familias en refugios temporales tras los terremotos y la lenta reconstrucción

Aunque las autoridades reportan más de un centenar de campamentos para atender a los damnificados tras los terremotos, en Caracas persisten familias que continúan fuera de sus hogares, la mayoría en carpas improvisadas. Los testimonios muestran una atención desigual y una reconstrucción que avanza a un ritmo distinto al de quienes esperan regresar a casa

Fotos: Luna Perdomo

Un mes después del doble terremoto, cientos de familias continúan durmiendo en carpas, muchas improvisadas, cerca de sus edificios o en espacios públicos, mientras esperan reparaciones, conviven con la incertidumbre y cargan con un miedo que se niega a desaparecer del todo.

En la plaza de toros del Nuevo Circo, de una alcantarilla emana el olor del agua sucia y las moscas sobrevuelan cerca del espacio de los baños. Con el calor del mediodía del miércoles 22 de julio, justo cuando se cumplieron cuatro semanas de los terremotos que fracturaron a Venezuela, el olor a orine se hace más intenso. El ruido tampoco da tregua: vehículos, cornetas, obreros rompiendo paredes y carretillas que descargan escombros de las estructuras que esperan recuperar su estabilidad.

Mientras los damnificados esperan bajo carpas, la reconstrucción avanza unos metros más allá.

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Ya pasó un mes del doblete sísmico de magnitudes 7,2 y 7,5 y el Estado contabiliza las ayudas por campamentos, camas, rescatados y familias atendidas. De acuerdo con las autoridades, hasta el 22 de julio se habían establecido 107 refugios, donde permanecían 23.335 personas. Además, se reportaban 17.907 damnificados.

Esas cifras, que cambian a diario en los balances difundidos a través del canal de Telegram del presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, hablan de un aparato logístico que, según el gobierno, garantiza alimentación, atención médica y alojamiento en estadios, escuelas y polideportivos. Sin embargo, los números no alcanzan a explicar lo que ocurre en varios sectores de Caracas, donde cientos de familias continúan viviendo a un costado de los edificios que abandonaron la tarde del 24 de junio por miedo a las réplicas y a la posibilidad de que las estructuras terminen de ceder.

La transición de las viviendas a las aceras fue inmedita y desordenada. La primera noche nadie esperó instrucciones, solo bastó el instinto de sobrevivir para correr escaleras abajo, alejarse de las paredes y buscar un espacio abierto en donde estar más seguro; entonces, las plazas, los estacionamientos y las aceras se convirtieron en dormitorios improvisados. Después llegaron bolsas negras, toldos, carpas y una rutina que se mantiene un mes más tarde.

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«Todos corrieron»

Los terremotos sorprendieron a unos dentro de sus apartamentos, a otros camino a casa y algunos lejos del hogar, pero el desenlace fue el mismo: no querer estar dentro de la casa.

Álvaro Alejo, de 60 años de edad, había llegado de trabajar, estaba en la planta baja del urbanismo Ojos de Chávez, ubicado en Nuevo Circo. No le dio tiempo ni de intentar subir a su apartamento porque comenzó a temblar: «Me consiguió esta sorpresa llegando del trabajo. Soy uno de los afectados y aquí me encuentro ahorita; no es un refugio, sino en la plaza de toros del Nuevo Circo», dice y señala la hilera de carpas, instaladas frente a su edificio.

«Aquí estamos esperando que nos resuelvan lo del apartamento para que cada quien agarre para su casa», explica.

Una cuadra más abajo, pero también dentro del espacio de la plaza de toros, Ender Colina recuerda lo que pasó el 24 de junio: «Todos corrieron. El que diga que no corrió con ese terremoto está mintiendo. El más bravo, el más fuerte, el más débil… Todos corrieron».

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En la Misión Vivienda Los Cinco Héroes Cubanos ocurrió lo mismo. María Fuentes estaba sola en su apartamento, en el piso dos, cuando empezó el movimiento: «Escuché la alarma, pero ignorante no supe qué era. Cuando me levanté, el terremoto me tumbó. Sentía que me iba a morir. Agarré fue a correr».

Desde esa noche, nadie ha vuelto a dormir dentro del edificio: «Los niños se acostaron sobre cobijas que nos prestaron. Los adultos pasamos la noche dando vueltas, tomando café, fumando cigarros. Así amanecimos». Después comenzaron a llegar carpas donadas, lonas prestadas para improvisar una nueva vida en las aceras.

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Esperar volver a la normalidad

Las hileras de carpas forman pequeños pasillos en las inmediaciones de edificaciones que aún dejan ver las fracturas de los terremotos, de fondo el sonido de la reconstrucción no cesa y acompaña a los damnificados, quienes esperan volver a la normalidad en medio del tiempo que para ellos parece correr más lento.

Álvaro Alejo asegura que las autoridades llegaron tarde: «Nos prestaron ayuda tarde, tarde, tarde. Han venido constantemente, pero nada», cuenta mientras señala el edificio donde tiene su hogar resquebrajado.

Especifica que las carpas donadas por las autoridades empezaron a llegar justo a la cuarta semana del doblete sísmico y dice que durante ese tiempo han vivido bajo toldos improvisados.

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«La comida nos la trae World Central Kitchen. El desayuno y la cena lo trae otra gente, creo que de Pdvsa, y no es la misma calidad. Las carpas empezaron a llegar el lunes (20 de julio). Estábamos en toldos improvisados», detalla en conversación con TalCual.

La vida y rutina de Alejo están suspendidas: tampoco ha podido volver a su empleo porque el edificio en el que labora también sufrió daños: «No exigimos nada. Lo que queremos es que terminen el apartamento para que cada quien agarre para su casa», dice entristecido.

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Ender Colina, habitante y vocero del urbanismo Bicentenario III, y quien también está viviendo en carpas en la plaza de toros de Nuevo Circo, tiene una visión distinta de su nueva realidad. Contrario a Alejo, sostiene que desde los primeros días han contando con el apoyo de las autoridades: destaca la presencia de organismos de seguridad en los alrededores, jornadas médicas y de alimentación.

«Tenemos ambulancias las 24 horas, seguridad del Sebin, del Cicpc y de la Policía de Caracas. El gobierno garantiza desayuno, almuerzo y cena», asegura. Explica que a su edificación le han realizado ocho inspecciones por parte de ingenieros, arquitectos y otros especialistas y sostiene que las afectaciones solo son de mampostería «y ya lo están reparando».

Refugios terremoto

*Lea también: Refugios para damnificados operan bajo custodia de Sebin y Dgcim: «Aquí nadie está preso»

Reconoce que en los primeros días tras los sismos «fue precario» en carpas improvisadas y destaca que las autoridades enviaron carpas de cuatro por cinco metros, con colchonetas, almohadas y sábanas.

Colina estima que las reparaciones en las edificaciones pueden tardar entre tres y cuatro meses, por lo que cree que es el mismo tiempo que les queda para vivir en la plaza de toros.

«Volver a empezar no es fácil»

Muchos de estas personas ya habían perdido una casa y ya habían vivido años en refugios. Zuleima Ruiz pasó tres años y dos meses en el refugio Fabricio Ojeda, en Catia, antes de recibir el apartamento donde vivía hasta el 24 de junio: «Jamás pensamos volver a vivir esto», comenta.

Esta mujer de 59 años de edad ahora duerme junto a sus vecinos de la OP-15 (mismo urbanismo Ojos de Chávez) en la plaza de toros. Denuncia que el mayor problema es la escasez de agua: «No tenemos agua y la necesitamos. A veces no hay ni para tomar».

Para asearse tienen la opción de subir por lapsos determinados de tiempo a sus apartamentos: «En la mañana, a mediodía y en la noche, para subir y bajar rápido».

Ruiz afirma que la mayoría de ayuda que han recibido es de particulares «que vienen con donaciones».

Luis Laya, quien residía en una Misión Vivienda en Mare, en La Guaira, pide a la gobernación de la entidad que les mande agua para poder cumplir con la higiene personal: «Agua, agua, agua, por favor, le hago un llamado al gobernador (José Alejandro Terán) para que se aboque a mandarnos camiones cisternas ya».

El damificado, que está en una carpa improvisada, considera que en el espacio están a punto de que se desarrolle una epidemia: «Queremos agua potable para asearnos». Afirma que han recibido ayuda de particulares y de organizaciones nacionales e internacionales.

María Fuentes también vivió cinco años en un refugio después de ser desalojada de la Cota 905 durante una vaguada que afectó su vivienda. El terremoto la llevó de nuevo a la calle: «Con tanto sacrificio que uno arregla su apartamento, volver a empezar no es fácil», admite.

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Ella duerme en una acera de la avenida Bolívar dentro de una pequeña carpa que le regalaron. Su esposo pasa las noches sobre una colchoneta en la acera porque los dos no caben en el reducido espacio.

Fuentes vive nerviosa, angustiada: «A mí me da miedo. Prácticamente todo el día estoy sola y me da un miedo horrible. Siento que está temblando, me mareo, es horrible. Cuando llega mi esposo subo al apartamento rápido, cocino y vuelvo a bajar», cuenta.

Entre el calor y las lluvias, las enfermedades se hacen presentes: «Hemos llevado sol, se me moja la carpa cuando llueve: Aquí nos ha dado diarrea, tos, gripe, dolor de cabeza», enumera la vecina de la avenida Bolívar de Caracas.

Fuentes afirma que tras la inspección al urbanismo Los Cinco Héroes Cubanos, les prometieron diez cuadrillas para recuperar la edificación, pero en el espacio apenas se observan unos contados trabajadores que reparan la estructura de arriba hacia abajo, comenzando por el piso nueve, el último.

«Eso como que medio lo están ahí parapeteando para que uno se meta y ya está. Pero el miedo siempre va a existir», confiesa Fuentes.

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También lamenta que la atención sea desigual por parte de las autoridades: «Nosotros no hemos recibido ningún tipo de ayuda del gobierno. Gracias a Dios ha llegado bastante gente, hasta el más humilde viene con un termo de café».

No obstante, afirma que con el paso de las semanas las donaciones comenzaron a disminuir: «Hemos recibido comida, pero ya bajó bastante el volumen de las personas que vienen a traer ayuda».

En el campo de golf de Caribe, en La Guaira, Keyli Endrick, habitante de la torre G de la OPP 26, relata que la organización es un caos constante. Aunque han llegado alimentos y medicinas, la distribución falla. «Hay mucho bachaquero ahorita», denuncian ella y otras sobrevivientes. «Personas que vienen de afuera y se llevan lo que nos van a dar a nosotros. A veces nos quedamos sin nada porque se lo dan a los que se van para afuera».

Foto: Roison Figuera

La situación sanitaria es igual de precaria. Los baños son estructuras levantadas por la propia comunidad y voluntarios civiles que han llegado de otros estados, movidos únicamente por la calidad humana. «Si no fuera por ellos, no tendríamos nada», admite Arlemis, mientras lista las carencias: pañales, mosquiteros y artículos de uso personal que, según denuncian, nadie les provee.

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A pocos kilómetros de la tragedia que se vive en el campo de golf de Caribe, el panorama en Mare Abajo refleja otra arista del abandono. Aquí, el desalojo de los edificios Mare I y Mare II —declarados inhabitables tras el sismo— no significó el fin de la vinculación con las estructuras, sino el inicio de una peligrosa convivencia con los escombros.

Lilia Mena, a sus 79 años, es la imagen de una resistencia física y mental agotada. Instalada en una carpa grande donde logró acomodar algunos muebles y utensilios rescatados, Mena alterna sus días entre la atención médica de voluntarios internacionales y la incertidumbre de no tener qué llevarse a la boca. «Por lo menos ahorita estoy mejor que cuando dormía frente a la playa, al aire libre», recuerda.

«Pero yo tengo que sobrevivir. A veces la comida que llega aquí me cae mal, mi estómago ya no aguanta. Estoy aquí sentada frente a mi bloque esperando mi respuesta. Sé que de aquí no me van a sacar. Estoy esperando a que me den mi casita, lo que sea, pero me la tienen que dar».

A escasos metros, pero lejos de la «organización» del campamento principal, Osnerbis Pérez, madre de cuatro hijos, sobrevive en un refugio improvisado junto a otros vecinos que optaron por separarse de la masa. La razón es la asfixia del sistema: «No nos damos abasto», comenta. Según Pérez, la ayuda humanitaria ha mermado visiblemente y el agua es un bien de lujo.

El pánico que no se va

Alejandra Pacheco, de diez años de edad, empezó a ver cómo se movía la lámpara. Bajó corriendo las escaleras con las llaves en la mano: «Las escaleras se movían de lado a lado y me caí. Todo el mundo estaba gritando. Yo lloraba porque mi mamá fue a ayudar a una señora y tenía miedo de que le cayera el edificio encima», rememora.

Un mes después del doble terremoto, el movimiento sigue apareciendo en su vida cotidiana: «Cuando no estoy asomada en la ventana me paniqueo. Escucho gritos, pienso que está temblando y me asusto mucho, más cuando me voy a bañar», cuenta la niña, que corre por las aceras mientras juega con otros niños del edificio.

Explica que se baña en el Museo Carlos Cruz-Diez: «Me cepillo allá y cuando voy a hacer pipí, hago allá».

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Pacheco sostiene que si pudiera pedir una sola cosa, quisiera «que nos ayuden porque mientras ellos se dan la vida cómoda, nosotros estamos aquí sufriendo. Que arreglen rápido los apartamentos, traigan mas trabajadores porque no es fácil».

El Banco Mundial estima en $19.600 millones de dólares los daños físicos directos provocados por los terremotos y advirte que una reconstrucción lenta podría frenar la recuperación económica del país durante la próxima década.

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La evaluación, elaborada mediante la metodología Global Rapid Damage Estimation (Grade), concluye que 47% de los daños corresponde a viviendas, con pérdidas valoradas en $9.300 millones, mientras que la infraestructura sufrió daños por $5.200 millones (27%) y los edificios no residenciales por $5.000 millones (26%).

El informe resalta que las zonas más afectadas fueron La Guaira y el Distrito Capital, que concentraron cerca del 47 % del impacto económico total.

*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes «contra el odio», «contra el fascismo» y «contra el bloqueo». Este contenido fue escrito tomando en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.

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