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Cartas de Resiliencia: Reflexiones desde Venezuela sobre Democracia y Libertad

Cartas de Resiliencia: Reflexiones desde Venezuela sobre Democracia y Libertad

Un canario en la mina de carbón

Escribo estas cartas desde una nación que, en teoría, lo tenía todo para triunfar y que, en la práctica, se convirtió en el laboratorio de un colapso sistémico. Pero también en el laboratorio de un posible renacimiento. 

Venezuela, sin embargo, no es una anomalía tropical; es el aviso temprano de lo que ocurre cuando una democracia olvida cómo hablarse a sí misma. Este, por tanto, no es solo un libro sobre nuestro fracaso; es una anatomía de la fragilidad de la libertad y, sobre todo, una hoja de ruta para la reconstrucción allí donde parecían haber quedado solo ruinas.

Durante años, el mundo nos miró con una mezcla de asombro y lástima. Hoy, al observar las grietas en las democracias más antiguas del planeta, queda claro que la tragedia venezolana fue el tráiler de una crisis global. La captura del Estado por grupos de interés, la erosión de la verdad y la sustitución de la productividad por el rentismo son tentaciones universales; son los gases tóxicos que, quizás, ya circulan en tu propia casa.

Estas páginas nacen de una urgencia, pero buscan la serenidad. Mientras Venezuela se transformaba en el escenario de una involución histórica y de una resistencia democrática, me pregunté cómo hablarle al ciudadano que asiste al deterioro de sus instituciones y de su mundo de vida, y que requiere las herramientas para comprender lo sucedido y, sobre todo, para orientarse en medio del naufragio hacia un mejor destino.

Durante años, mis interlocutores naturales fueron mis compatriotas. Hoy me dirijo a ti: el ciudadano estadounidense que busca comprender lo que ocurre en este rincón del mundo. Nuestros destinos se han vinculado de formas que ya no pueden ignorarse. Estados Unidos sirve de andamio para nuestra causa, brindando un apoyo fáctico crucial; pero un país no puede habitar eternamente en un andamio. La soberanía real exige que seamos nosotros mismos quienes tracemos los planos y reconstruyamos nuestra casa.

Elegí escribirte cartas porque la carta es mi acto de rebeldía contra la estridencia. En un tiempo dominado por la velocidad y la fragmentación, la carta obliga a pensar con calma. Las cartas preservan lo que las redes sociales han debilitado: la capacidad de conversar sin gritar y de razonar sin la presión del aplauso inmediato. Si buscas el ruido del instante, este libro no es para ti; si buscas recuperar la dignidad de la palabra, bienvenido a la resistencia.

Debo, sin embargo, advertirte algo. Muchos sugirieron que, para atrapar al lector en tu país, debía inundar estas páginas con relatos desgarradores. Comprendo la seducción de la anécdota —y aquí encontrarás algunas—, pero me niego a ofrecerte otro catálogo de lamentos. En un laberinto de datos y noticias virales, el rigor es la única brújula. No busco entretenerte con el relato del caos, sino entregarte la anatomía del sistema. Priorizo la precisión del modelo sobre la anécdota; solo el rigor permite trascender la superficie y diseñar un futuro distinto.

Te invito a leer estas cartas no como el testimonio de un pasado ajeno, sino como una conversación sobre nuestro futuro común. En un mundo que prefiere el grito, yo te propongo el argumento. En un tiempo que exige rapidez, yo te propongo la lentitud de una carta.

CARTA 1. El andamio y la casa

1

Un estruendo súbito me arrancó del sueño. Los cristales de la habitación vibraban con tal violencia que mi primer pensamiento fue el de un sismo. Se lo advertí a mi esposa, quien, inmersa en un sueño profundo, apenas reaccionó. La ausencia de movimiento telúrico me situó en un punto de disonancia cognitiva. Consulté el reloj: eran las dos de la mañana. Segundos después, una segunda explosión —fortísima y seca, distinta a cualquier sonido que hubiese escuchado antes— terminó de despertarme. Salí al balcón con la certeza de que algo grave ocurría. Hacia el sur, una densa columna de humo se elevaba desde La Carlota, el aeropuerto militar a apenas a un kilométro de casa. Fue entonces cuando me percaté del rumor de los motores de aviones que se había adueñado de todo el espacio.

En los minutos siguientes, la realidad se fragmentó en llamadas y en la búsqueda de información en las redes sociales. A través de X —accesible solo mediante un VPN debido al bloqueo del régimen— circulaban registros inverosímiles: helicópteros de combate propios de una película y bombardeos en puntos estratégicos de Caracas y el interior del país. Entre el caos de hipótesis y la incertidumbre generalizada, una verdad era evidente: nadie sabía realmente qué estába sucediendo.

Unas seis horas después de la primera explosión, un mensaje de Trump anunciaba la captura de Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores. Al atardecer de ese día, en medio del silencio de una ciudad que, por miedo o incredulidad, no se atrevía a manifestar su regocijo, decidí que debía escribir estas cartas.

2

Escribo estas líneas desde Caracas, una ciudad que hoy no es solo mi hogar, sino uno de los lugares donde el choque global entre tendencias democráticas y autoritarias se manifiesta con mayor nitidez. Vivimos un tiempo marcado por la crisis de la institucionalidad internacional, el resurgimiento de la lógica de las potencias y, sobre todo, por el asedio a la democracia. En este contexto, Venezuela ha dejado de ser una nota al margen para convertirse en un espejo —incómodo, pero revelador— de este nuevo escenario mundial. Tú y yo intuimos que lo que ocurre aquí dice algo importante sobre el mundo que compartimos hoy.

Te escribo desde una capital donde la erosión institucional se palpa en el miedo: en el policía que requisa móviles buscando rastros de disidencia para la extorsión; en las ropas ajadas y la pérdida de peso de varios vecinos; y en el contraste hiriente entre los vehículos de alta gama y el colapso del transporte público. Se palpa, también, en la rutina herida de las videollamadas con quienes se han marchado. Pero es aquí mismo donde el deseo de cambio resiste. Se expresa en la burla punzante hacia el poderoso; en esos instantes cuando las voluntades logran alinearse en gestas colectivas —como ocurrió el 28 de julio de 2024—; en el empeño indomable de los defensores de derechos humanos; y en la dignidad de líderes y activistas que han pagado con cárcel, exilio o muerte su compromiso con la libertad.

3

Debo ser sincero desde el inicio: soy antichavista desde 1992, desde que Chávez rompió su juramento militar y usó las armas de la república en un fallido y sangriento golpe de Estado contra un gobierno democrático. He dedicado buena parte de mi vida adulta a oponerme al régimen autoritario. 

¿Por qué lo hago? Porque entiendo la trascendencia como la responsabilidad de mejorar la circunstancia que nos ha tocado vivir, convencido de que en ella se juega, para cada uno, el significado de nuestra vida. Y el mundo, para cada uno, empieza siempre en su entorno. Como escribió Ortega y Gasset: «Yo soy yo y mi circunstancia; y si no la salvo a ella, no me salvo a mí mismo». Mi circunstancia es Venezuela, y salvarla es una de las formas que he encontrado de dar sentido a mi paso por la vida.

Como opositor al régimen escribo bajo las limitaciones que impone la represión y con el pensamiento puesto en todos quienes han estado presos por razones políticas. Como tantas familias venezolanas, la mía se ha dispersado por el mundo; un mapa de ausencias que, por sí solo, retrata nuestra tragedia. No solo han partido las familias: también las amistades han sido quebradas por el exilio o por el silencio.

Hemos vivido la violencia política ejercida desde el Estado, el delirio de la hiperinflación y el colapso productivo de un país donde hoy casi el setenta por ciento de la población vive en la pobreza, mientras una minoría civil y militar, enquistada en el poder, ha acumulado riquezas inconcebibles mediante la corrupción y el narcotráfico.

Pero mi intención aquí no es quejarme, sino comprender nuestra realidad, imaginar posibilidades y proponer caminos, siempre en diálogo con otros.

4

Te escribiré sobre mi país y lo haré en primera persona. Por otra parte, no haré juicios sobre el rumbo de tu nación, lector estadounidense; lo evito por una mezcla de prudencia ante sus propias complejidades y respeto al lugar que te corresponde como ciudadano de ella. 

Sin embargo, en el caso venezolano, ignorar el peso de la política exterior de los Estados Unidos sería un ejercicio de ceguera voluntaria. Nuestras realidades están hoy inevitablemente conectadas por la geopolítica, la economía y la migración. Lo que ocurre en tu país nos interesa y nos interesará a los venezolanos; por ello, en algunas cartas encontrarás reflexiones sobre la dinámica política estadounidense, en aquellos puntos donde nuestras historias se cruzan.

Visto así, quizás surja en ti una interrogante: ¿por qué detener la mirada en Venezuela? Porque lo que ocurre aquí no es ajeno a tu país ni a ningún otro que aspire a la libertad; nuestro caso revela las tensiones que hoy desafían a todas las democracias, incluso a las más sólidas. Venezuela se ha convertido, como he dicho antes, en un trágico laboratorio de cómo se erosiona una república, cómo se captura un Estado y cómo se manipula la esperanza de un pueblo.

Debes saber que la caída de las instituciones no siempre empieza con un estallido; a veces comienza con la normalización de lo inaceptable: un juez que cede ante una llamada, un empresario que prefiere el privilegio al mercado, o un ciudadano que se cansa de la política y se refugia en el cinismo.

Pero Venezuela también es una futura experiencia de reconstrucción que exigirá el apoyo de ciudadanos y gobiernos —incluido el tuyo, que ya ha tenido y tendrá un papel crucial en esta historia— interesados en que la libertad, el Estado de derecho y la prosperidad vuelvan a echar raíces en esta tierra.

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Debo ser claro contigo también en otro punto: no quiero que mi país, para poner fin a la autocracia, se convierta en un protectorado del tuyo. Existe una diferencia esencial entre recibir apoyo extranjero para recuperar la soberanía popular y someterse a un tutelaje. El tutelaje no nos libra de la humillación de la opresión; solo la perpetúa bajo otras formas. El tutelaje no es libertad; es solo una forma más ordenada de dependencia. A un ciudadano atento como tú no debería interesarle un vecino subordinado y resentido, sino un aliado soberano y próspero.

Es útil pensarlo así: la soberanía popular es nuestro título de propiedad sobre el territorio, sobre nuestros asuntos comunes y sobre nuestro ordenamiento institucional. El 28 de julio de 2024 no fue un evento electoral más; fue el día en que el dueño legítimo de Venezuela mostró su escritura frente a los fusiles del usurpador. El soberano habló y reclamó su casa, pero se encontró con que la estructura de la República había sido desmantelada por quienes hoy la ocupan por la fuerza. Por eso, nuestra lucha no es solo para desalojar al régimen, sino para reconstruir las estructuras que nos protejan como dueños. En este esfuerzo, el apoyo de tu país es el andamio: necesario para sostener la fachada mientras levantamos de nuevo la estructura, pero nunca un sustituto de la casa misma. Nadie quiere vivir en un andamio; queremos vivir en una casa. En nuestra casa.

Nuestra vocación democrática es tan profunda que estaríamos dispuestos a ratificar ese mandato en las urnas si fuese un paso necesario para avanzar y destrabar la transición. No es falta de convicción, sino la determinación de usar el voto, una vez más, como la herramienta definitiva de nuestra libertad.

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Estas dieciocho cartas son, en esencia, la destilación de un pensamiento madurado tras años de observación, reflexión y compromiso público. El germen de varias de ellas reside en ensayos previos, ahora repensados bajo nuestro actual nudo histórico.

He organizado estas páginas en cinco cuadernos que proponen un recorrido metódico: desde el desconcierto ante la crisis y la comprensión de su anatomía, hasta la asunción de una responsabilidad cívica que desemboque en una estrategia de soberanía y, finalmente, en los planos de la construcción nacional. Mi empeño no es entregarte certezas absolutas, sino herramientas: un marco conceptual, un conjunto de advertencias y una hoja de ruta posible. Confío en que estas cartas te sirvan no solo para descifrar la tragedia venezolana y su potencial de renacimiento, sino para hallar en ellas lecciones universales sobre la fragilidad de la libertad y los fundamentos del desarrollo.

Pienso que los políticos tienen mucho que resolver, pero deben hacerlo escuchando a los ciudadanos. Y los ciudadanos, por nuestra parte, tenemos que formarnos opiniones serias, porque los problemas que enfrentamos son serios. Ese es, en el fondo, el espíritu de estas páginas: contribuir a que la conversación pública sea más lúcida, más honesta y responsable. Al final del día, el centro político que aquí defiendo no es un lugar de tibieza, sino un espacio de resistencia y de construcción compartida.

Si estas cartas logran acompañarte en ese recorrido —del desconcierto a la comprensión, y de la comprensión a la responsabilidad cívica— habrán llegado a buen destino.

Gracias por aceptar esta invitación al diálogo.

Empecemos, entonces.

La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.

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