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La Fragilidad del Poder en Venezuela: Un Análisis del Colapso Institucional y la Pérdida de Control

La Fragilidad del Poder en Venezuela: Un Análisis del Colapso Institucional y la Pérdida de Control

En términos generales, antes de caer, el poder suele quebrarse por dentro. Conserva los símbolos, los discursos y las ceremonias, pero pierde aquello que realmente lo sostiene: la capacidad de resolver los problemas de la gente. Eso es precisamente lo que ha ocurrido en Venezuela. Desde hace años, el gobierno dejó de administrar el país para limitarsé a gestionar su propio deterioro.

Se acostumbró a gobernar desde sus propios discursos mientras el país real —el de las industrias, las carreteras y los servicios públicos— se deterioraba lentamente. El colapso de la infraestructura nacional no ha sido un accidente fortuito, sino la auditoría más cruda de una dirigencia cuya autoridad sobre la vida cotidiana de los ciudadanos se había agotado mucho antes de que empezaran a resquebrajarse sus mecanismos de control.

Un Estado solo tiene sentido cuando es capaz de mantener en funcionamiento sus servicios esenciales. En Venezuela, lo que ocurrió fue un largo proceso de abandono sistemático y la salida de miles de técnicos y especialistas de los sectores clave.

La electricidad dejó de ser un servicio confiable para convertirse en una lotería. Las refinerías dejaron de producir como antes. Las carreteras comenzaron a deteriorarse sin que nadie las reparara. El agua dejó de llegar con regularidad a millones de hogares. Eso no fue una desgracia repentina; por el contrario, es el resultado de años de abandono.

Este quiebre técnico convirtió al aparato público en una burocracia sin capacidad de respuesta, una cúpula que pretendía seguir proyectando una imagen de control absoluto, pero cuya autoridad ya no se traducía en la prestación de bienes públicos, sino en la pura y simple administración del racionamiento y la escasez.

Sin embargo, los regímenes pueden simular vitalidad durante mucho tiempo mediante una maquinaria de propaganda y control social. Hasta que la realidad material reclama su espacio con una violencia inapelable.

El terremoto no destruyó al Estado. Lo puso a prueba. Y el resultado fue devastador. El doble sismo del pasado 24 de junio no creó la vulnerabilidad física del país; simplemente la expuso. La naturaleza actuó como el evaluador final de una infraestructura previamente carcomida por las termitas de la desidia.

Bastaron unos segundos para que la fragilidad acumulada durante años quedara al descubierto. Las dificultades para atender la emergencia y la percepción de una respuesta institucional insuficiente reforzaron la imagen de un aparato público sin el margen financiero ni la capacidad logística necesarios para afrontar una crisis de esa magnitud. Cuando el andamiaje público se quiebra ante el primer estremecimiento de la tierra y el gobierno es incapaz de coordinar las tareas básicas de rescate y suministro, la ilusion de control se desvanece.

El terremoto dejó algo claro: la crisis actual no es un simple bache cronológico que anuncie una salida inmediata por la fuerza. Es el agotamiento definitivo de un modelo que perdió su capacidad para gobernar. El liderazgo actual conserva los títulos, las alcabalas, las escoltas y los despachos oficiales, pero ya no puede gobernar con eficacia ni salvaguardar a la población, porque opera, en la práctica, como una fuerza de ocupación inerte: mantiene un espacio físico en el Palacio de Miraflores, pero el país hace tiempo dejó de girar a su alrededor.

El poder real se mide por la capacidad de proyectar influencia, de proteger a los gobernados y de generar una zona de resguardo ante la adversidad. Cuando esa capacidad se extingue, el liderazgo se vuelve fantasmal.

La farsa ha llegado a su fin porque la tierra, al moverse, derrumbó el entramado institucional. Hoy queda claro que esa cúpula ya no tiene capacidad para resguardar a la población ni para conducir el rumbo del país.

Al oficialismo solo le queda el control de las estructuras formales. Pero ya dejó de ser el centro de la vida nacional. La historia ofrece numerosos ejemplos de gobiernos que permanecieron en pie mucho después de haber perdido su verdadera fuerza. Existe una diferencia entre ocupar el poder y ejercerlo. Ese contraste define la realidad de Venezuela: un país donde —tanto en la política como en la naturaleza— los muertos ya no proyectan sombra.

Arquitecto de Procesos. Economista. Especialista en Comercio Internacional. Coach de Ventas, Consultor Senior de Frontconsulting Group, docente y articulista.

La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.

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