Sin Oposición Política, No Hay Futuro: Reflexiones sobre el Papel Crucial de los Líderes en Venezuela
La dificultad para salir del chavismo, las experiencias dolorosas de las últimas décadas y una sensación de permanecer todavía en un lóbrego agujero, sugiere la búsqueda de un culpable que no sea la sociedad, esto es, que no sea la gente común atrapada en las redes de un régimen pavoroso. Tarea sencilla a la hora de eludir responsabilidades colectivas, porque los responsables están a mano: los políticos que han fracasado en el trabajo de restablecer la democracia, o la decencia en el manejo de los asuntos públicos. Alguien tiene que pagar los platos rotos, como si no fuera un problema compartido.
Se trata de una irresponsabilidad comprensible, porque no hay nada más fácil que escurrir el bulto de la historia cuando los paganinis están a mano. Los culpables siempre aparecen, a la hora de buscar la quinta pata del gato que no confronte a la sociedad con sus desaciertos, con sus cegueras y descuidos. No hay nada más fácil que mirar hacia el oficio de la política para destapar los pecados de sus habitantes, debido a que los demás, gentes corrientes y molientes, pobres individuos sin luces ni cojones, criaturas ingenuas y angelicales, gente de la casa pero no de la calle, dependen o han dependido del trabajo de un elenco que, en lugar de hacer su trabajo, han preferido los caminos de la vacilación y del fracaso. Por eso estamos como estamos, concluye la gente sencilla a la que le parece que no está en sus manos la solución del entuerto porque apenas sirven para alborotar, aunque también a veces para aplaudir a los actores de turno.
Una conducta cada vez más habitual en nuestros días, seguramente provocada por la frustración de ver cómo el madurismo, pese a su rapiña y a sus tropelías sin cuento, permanece en el poder después de ciertos rasguños, después de una escaramuza que ni siquiera sucedió de veras porque apenas tocó el pellejo de dos de sus cabecillas. El problema de esa conducta, cada vez más pronunciada, radica en el olvido de las gestas realizadas por la sociedad para librarse de una dominación que todavía permanece. Reuniones en barrios y urbanizaciones, organizaciones cada vez más comprometidas con el bien común, cónclaves en domicilios privados, animación de la calle, trabajos sindicales y gremiales, movimientos de los jóvenes en las universidades, manifestaciones masivas en las cuales se expuso la vida, elección primaria para concluir en una esplendorosa victoria electoral que todavía no se ha cobrado. Cuando las mayorías de la sociedad se dedican al desprestigio o al ataque a mansalva de los políticos, no solo desconocen la proeza que han llevado a cabo en el rescate de una convivencia perdida y de lo que realizaron en la víspera para figurar en el cuadro de honor del republicanismo, debido a que hicieron política con los políticos y debido a su dirección.
Más todavía: muchos venezolanos, pero muchísimos, se convirtieron entonces en políticos hechos y derechos sin necesidad de carnet ni de franela estampada, sin salir de la casa de un partido ni tratando de fabricar una nueva, de manera que dedicarse a criticarlos es echarse barro en la cara, o reventar a patadas un espejo prometedor y reluciente. Que abundan los pillos y los inútiles en la mansión de la política es cosa sabida desde antiguo, pero también sobran las maneras de marcarlos y de sacarlos del juego. Ese trabajo ya está hecho, por cierto, porque el pasado reciente los puso en su lugar, los arrinconó, los condenó a medio caminar en el hombrillo. Sus desaciertos, su carencia de ideas y su indecencia de ayer ya los sentenciaron a una merecida medianía. Ahora, cuando los líderes de la oposición se han reunido en Panamá para juntarse en una sola batalla contra la dictadura, conviene darle vueltas a las críticas a mansalva de que han sido objeto algunos de ellos. No solo porque están con merecimiento en la punta del candelero, cada uno con sus virtudes y sus límites, con su historia personal y grupal, con la memoria de lo que han hecho y con una obligación a cuestas, sino también porque sin ellos no llegaremos jamas a buen puerto.
Sin políticos de oposición no hay vida, en suma, nuevos y repetidos, pulcros o con lunares. El cuerpo no funciona sin cabeza.
La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.



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