Cargando ahora

La Garza y la Belleza de la Espera: Reflexiones sobre la Vida, el Arte y la Acción en Tiempos de Crisis

La Garza y la Belleza de la Espera: Reflexiones sobre la Vida, el Arte y la Acción en Tiempos de Crisis

Cuando las cosas no van bien,
nada como cerrar los ojos
y evocar intensamente una cosa bella

―André Maurois

Sin saberlo, el hombre compone su vida de acuerdo con las leyes de la
belleza,aún en los momentos de más profunda desesperación 

―Milan Kundera

Mientras leo absorta sobre la garza de Lászlo Krasznahorkai ―Y Seiobo descendió a la Tierra―, una hermosa ave, solo siendo ave y ejerciendo el viejo oficio de cazar, precedido de una calma absoluta, mientras todo, todo a su alrededor se mueve vertiginosamente, y ella espera el momento perfecto para sumarse a la danza cósmica y mover su pico con la velocidad del rayo y cumplir el propóits eternos de cazar. Otro cazadores menos avezados siguen vociferando órdenes ―sin sosiego, sin pausa, casi sin respiro― que podrían desatar una guerra nuclear, y aun así, sé que no hay nada más bello que seguir leyendo, y escribiendo, sobre la garza que solo sabe ser, y que cuando mata no lo hace con odio, ni siquiera con rabia, sino con natural elegancia y sin asomo de crueldad hacia su presa. El narrador húngaro, con precisión de cazador, apunta su pluma hacia todo lo que nos pasa desapercibido, lo que jamás en una vida entera registraremos, y que hará que partes del universo se queden sin la experiencia de haber sido conocidas por nosotros ―y nosotros sin porciones vastas de hermosura―, porque andamos distraídos, moviéndonos frenéticos o dando órdenes. Porque cazamos sin hambre y sin gracia. Porque cazamos cuando es tiempo de estarse quieto. O porque no nos movemos cuando ya hay que hacerlo.

Y, de pronto, recuerdo a Wang-Fô, el anciano pintor que se detenía por las noches a contemplar a las estrellas y a las libélulas durante el día, y que en los bares sus ojos de artista embellecían el rostro de los borrachos y convertían las manchas de vino del mantel en pétalos de rosa, y agradezco que Marguerite Yourcenar ―Cómo se salvó Wang-Fô― me recuerde lo que también nos es posible, aunque, desde el fondo, el noticiero, a velocidad de metralla, continúe vomitando fealdad, nacional e internacional, sobre mis oídos. Intentando imitar a aquella blanca cazadora, mantengo la quietud ―el tiempo necesario― que me traiga metáforas, símbolos e imágenes, alimento para el ser que, acurrucado y hambriento dentro de mí, quiere desperezarse y narrar.

Después, mientras los misiles disparados por aquellas, u otras, órdenes dibujan sus trazos curvos por los cielos del planeta, en una trayectoria cuidadosamente diseñada para destruir la mayor cantidad posible de vidas, o cuando la nave de los astronautas del Artemis II, por su parte, dibujaba sus elipsis muy lejos de la Tierra en busca de nuevos espacios donde reproducir la vida, procuro no abandonar mi refugio y mi cordura. ¿Vería el maestro Wang ―que agachó la cabeza, cuando Ling, su ayudante, solo temblaba de miedo durante una tormenta, para que el joven no se perdiera el espectáculo de la veta del rayo― algún esplendor en los trazos de esas armas supermodernas y letales? ¿Me sugeriría que escribiera sobre esos rastros luminosos?

¿Qué responderían los viajeros que se enamoraron de esa bola azul y blanca que veían desde sus pequeñas ventanas, sin bombas ni muerte, y que volvieron a este hogar, con bombas y muerte y cazadores crueles, si les preguntara qué sienten al constatar que, a pesar del rotundo éxito de su misión, aquí el empeño por destruir lo bello sigue viento en popa? Sé que mientras esperara sus respuestas, y para tratar de disiparles un cierto temblor que ahora los envuelve, inexpresable y desconocido antes de su viaje, nada me gustaría más que hacerles escuchar el canto de un ruiseñor. Porque, ¿No nos enseñó ya Harper Lee ―Matar a un ruiseñor― que Los ruiseñores no se dedican a otra cosa que a cantar para alegrarnos? Que no devoran los frutos de los huertos, no anidan en los graneros, no hacen nada más que derramar el corazón, cantando para nuestro deleite. Y que por eso es pecado matar a un ruiseñor. Podría ser que luego de ese canto, ellos cuatro y el resto de quienes lo escucháramos, recordáramos que hay pecados que no se deben cometer, como cazar la vida ―sin hambre ni otro propósito que matar―, como asesinar millones, muchos de ellos ruiseñores,con misiles y balas, y cárceles y tortura, y deportaciones humillantes,y aniquilar así las posibilidades de vivir en libertad y dignidad en nuestro planeta azul y verde y marrón y de los colores de todas las flores y de todas las garzas y de todos los atardeceres; entonces, ¿sonreiríamos, como el maestro Wang-Fô, que lo hacía cuando quería llorar porque creía que era una manera más tierna de sentir tristeza?

¿Y si resulta que los venezolanos, que llevamos décadas recibiendo balas e insultos, pasando hambre en el cuerpo y en el alma, huyendo de la propia tierra y viendo morir a los nuestros desde lejos sin poder enterrarlos, sonreímos tanto porque la tristeza ha sido mucha? ¿Y si resulta que también es real la risa que, además de la sonrisa-tristeza-ternura, desplegamos dentro y fuera de nuestras fronteras porque muy dentro sentimos, y siempre hemos sabido, que el amor que le tenemos al pedacito de esa bola azul y blanca que es nuestro, finalmente vencerá el odio de los pocos que se empeñaron en cambiar nuestros brillantes colores por gris ceniza, y frenará la ambición de quienes ahora solo parecen querer expandir nuestra economía, y dejar quieto lo demás, cuando, como la garza, ya sabemos que es tiempo de movernos?¿Y si aprendiéramos a observar a las garzas, y a la vida, con el mismo amor y reverencia que los astronautas observaron a la Tierra toda, hogar nuestro y de las garzas, al estar a 406.778 kilómetros de distancia, y sin saber si podrían regresar? ¿No sería ese el verdadero triunfo de la reciente aventura espacial? ¿Y si viviéramos como si cuando todo parece derrumbarse, el arte permanece, como afirma el húngaro? ¿Y si descubriéramos cómo morar verdaderamente la Tierra ―y nosotros, a Venezuela―, no solo depredarla o arrasarla, y aprendiéramos a otorgarnos así un vivir más poético, que sería no conformarnos con la fealdad ésta que ya aborrecemos? ¿Y si el maestro Wang, creado por la imaginación exquisita de Yourcenar, tuviera razón y la clave está en ver lo posible detrás de lo horrendo? Nuestro presente tiene deformidades y riesgos innegables ―los despiadados cazadores criollos no cesan de mover sus picos y de engullir todo lo que esté a su alcance en este río revuelto actual, mientras posan sonrientes para las cámaras―, pero, ¿podemos ver más allá y develar la belleza que aguarda a que, con nuestras acciones, la hagamos real? ¡Ya lo hemos hecho antes! Varias veces.

La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.

Publicar comentario