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Venezuela en Transición: Entre la Paz Vigilada y la Esperanza de Recuperación Post-Maduro

Venezuela en Transición: Entre la Paz Vigilada y la Esperanza de Recuperación Post-Maduro

Un mes después de la captura de Maduro, Venezuela transita entre la cautela y la esperanza. Las calles comienzan a moverse lentamente: estudiantes vuelven a ocupar las universidades y las voces cívicas se pronuncian con precaución, midiendo cada palabra. También se escucha hablar de reordenamiento económico, de inversiones petroleras impulsadas desde Estados Unidos. Hay ilusión, sí, pero saben que ningún barril sustituye a la democracia ni a unas instituciones sólidas.

Llevarse a quien estaba a la cabeza no provocó la caída del gobierno. En la calle, los venezolanos lo saben. Conviven en una paz vigilada, condicionada y frágil. Caminan con cuidado y aún susurran cuando se les pregunta sobre lo ocurrido el 3 de enero. En muchos, el miedo persiste. Por eso, un mes después del ataque de Estados Unidos, Venezuela sigue siendo ese lugar donde ocurrió todo y, al mismo tiempo, no ha cambiado nada.

Cambiaron los personajes, pero no el argumento. El chavismo, tras 27 años en el poder, continúa gobernando el país. Ahora lo hace bajo una tutela externa que nadie oculta. Estados Unidos marca el compás y Donald Trump proyecta su sombra sobre el nuevo escenario político. Se habla de transición, de una etapa intermedia que podría durar meses o años. Pero en la vida cotidiana, aún no hay una traducción concreta.

«No veo por dónde aparece la transición. Quien está en el poder son las mismas personas. ¿Cómo puede haber una gran diferencia si no se establece un nuevo gobierno?”, se pregunta Adriana Betancourt, una maestra caraqueña de 43 años. Habla con cuidado. En su teléfono, las aplicaciones de redes sociales están ocultas. Desde el ataque, dice, han vuelto las alcabalas improvisadas y la revisión de celulares.

«Hay más libertad para expresarse», contrasta otra persona consultada en Caracas. «Antes uno tenía miedo de que lo escucharan hablando de política y lo metieran preso. Ahorita no». Aun así, no permite grabar su testimonio en video. Ella, como muchos otros, tampoco quiere quedar expuesta. La frase se repite: «Mejor no», «No por ahora», «No todavía». 

«Me he sentido más tranquilo, en realidad. No voy a decir que me siento esperanzado, pero… el que tiene tres dedos de frente sabe que lo que ha pasado es lo mejor. No es como uno lo esperaba, pero a veces se requiere mano firme», se atreve Diego Sánchez, de 26 años y estudiante de Administración.

«Todavía no tenemos un país donde podamos hablar de libertad política con total amplitud», advierte Simón Colmenares. Reconoce que hay más margen, más conversación e incluso más atrevimiento. Pero insiste: la libertad sigue siendo parcial. Condicionada. 

Si alguien lo sabe es Venevisión. El canal transmitió un fragmento de declaraciones de María Corina Machado desde Washington luego de reunirse con el secretario de Estado Marco Rubio. La líder opositora tiene un veto evidente en los medios radioeléctricos nacionales. Al día siguiente, Venevisión salió del aire de las plataformas digitales controladas por el Estado, como denunció el canal en pantalla. El mensaje fue inmediato.

#AlertaSNTP | Venevisión denunció este #30Ene que su señal fue retirada de la parrilla de canales nacionales que se ofrecen de forma gratuita en el sistema de televisión digital abierta (TDA) y satelital (FTA).

Se trata de sistemas de solución digital implementados por Cantv, en… pic.twitter.com/4Cd7ERUulz

— SNTP (@sntpvenezuela) January 31, 2026

¿Cuál apertura?

Una mañana de enero, una veintena de pancartas aparecieron colgadas en universidades de todo el país: «Ni Rotunda, ni Guasina, ni Helicoide», «Liberen a todos los presos políticos» se leía en las telas colgadas en las fachadas. Fue uno de los primeros signos de reactivacion del espacio cívico. El movimiento estudiantil volvía a ocupar su lugar. Las universidades, otra vez, se han reafirmado como espacios donde la sombra se enfrenta.

Y aunque inicialmente fueron pasos tímidos, con carteles, después consignas, algo ya se mueve. Tal vez no con euforia, ni con multitudes, pero se mueve. Las calles comienzan a reactivarse. Hay más encuentros, más conversaciones. Las exigencias se han concentrado en la liberación de los presos políticos, sí, pero el mensaje es mucho más amplio: la organización social intenta salir del repliegue impuesto por años de persecución, criminalización y desgaste.

En al menos 11 universidades de todo el país se alzaron pancartas como forma de protesta pacífica por los presos políticos.

También han vuelto figuras opositoras que habían desaparecido del espacio público. Estaban en clandestinidad. Su regreso no marca un quiebre definitivo, pero sí un movimiento sutil en el equilibrio entre el miedo y la acción política.

«Seguimos bajo un régimen que aparenta una apertura», dice un estudiante de la Universidad de los Andes, en Mérida. «Pero es un régimen dictatorial que solo cambió de personajes. No podemos hablar de transición mientras existan presos políticos y censura». Aun así, matiza: «Lo que nos da cierta alegría es que cambió la cabeza y que las dinámicas internacionales, con Estados Unidos como factor diferencial, pueden abrir una ventana».

El espacio cívico sigue siendo frágil. Las libertades aparecen y desaparecen. Se ensayan gestos, pero no garantías. Una ley de amnistía, como la anunciada por el gobierno interino durante su primer mes, no borra una historia marcada por censura, detenciones arbitrarias y torturas.

El propio ministro de Justicia, Diosdado Cabello, lo dejó claro: la amnistía, dijo, «no es una página para pasar y olvidar todo. Habrá beneficiados y habrá no beneficiados».

Para las oenegés, entre ellas Provea, el enfoque es otro: no es el Estado quien debe perdonar. Son los responsables de graves crímenes quienes deben pedir perdón a las víctimas y a la sociedad que espera garantías de no repetición; porque las cicatrices no se cierran con excarcelaciones selectivas ni con cambios de tono en el discurso oficial. 

El bolsillo aún espera

Venezuela atraviesa una reforma petrolera. El modelo estatista de Hugo Chávez fue enterrado con aplausos por quienes ahora abogan por la apertura a capitales foráneos, siguiendo siempre las directrices de Washington. Y comienzan a navegar los buques, y el crudo fluye a Estados Unidos, y el dinero se intercambia por millones en esquemas bancarios vía Catar. Además, la Bolsa de Valores de Caracas crece.

A nivel de calle el bolsillo sigue esperando. La moneda cae, aunque la curva sea menos pronunciada. Algunos precios se han ajustado. Pero la transición, si existe, aún no se siente. La gente continúa calculando cada gasto, estirando la comida, priorizando lo básico.

Desde las facultades de Derecho y Ciencias Políticas se convocó una protesta frente al Tribunal Supremo de Justicia para exigir un ajuste salarial. Alegaron una «omisión constitucional»: la ley establece incrementos anuales que no se cumplen desde hace tres años, cuando el último lo prometió Delcy Rodríguez para «las próximas horas».

El silencio, dicen, no es opción cuando está en juego el sustento familiar. El Tribunal recibió un recurso por escrito. Veremos.

La Administración de Donald Trump ha pedido a grandes petroleras invertir miles de millones de dólares en la industria venezolana. Las empresas, sin embargo, exigen condiciones claras: seguridad jurídica, reglas estables y garantías tras años de expropiaciones, sanciones y cambios abruptos. El petróleo puede generar ingresos, pero no sustituye a las instituciones.

Un informe reciente de Oxford Economics es contundente: incluso en escenarios optimistas, el PIB venezolano tardaría al menos una década en ubicarse aún 50% por debajo del máximo de 2013. La recuperación, advierte, no depende solo del flujo petrolero, sino de mejoras sustanciales en instituciones, educación e infraestructura. Sin una transición democrática, cualquier crecimiento sería parcial y vulnerable.

«Yo creo que puede haber avance económico pero con un techo. Una economía en conflicto político perpetuo, donde incluso la legitimidad está en entredicho, no puede alcanzar recuperación plena», dijo el economista Asdrúbal Oliveros.

El tutelaje

En la vida cotidiana, el debate toma otras formas. Muchos venezolanos ven a Estados Unidos como posible factor de reordenamiento económico y político. «Veo un futuro mucho mejor con estas relaciones venezolanas-estadounidenses, creo que nos va a beneficiar», dice Kell Hernández.

Algunos tienen más cautela que optimismo: «Lo que más miedo me da acerca del futuro es que esos cambios finalmente no se den», apunta Simón Colmenares.

Aun así, hay quienes mantienen la fe. Tamara Ceballos, de 62 años, cree que vendrán «días de gloria, porque «lo que pasó, ya pasó». Otra mujer lo formula de forma más práctica: «Que entren empresas extranjeras sería excelente. Habría empleo, salarios dignos». La espiritualidad aparece como refugio frente a una política que ha decepcionado muchas veces, especialmente entre pensionados que sobreviven con ingresos bajos y mucha propaganda.

Eso sí. El venezolano tiene claro cómo se están moviendo los hilos del poder. Una abuela de 86 años le dijo a su nieta, medio en broma y medio en serio, «si vienes a robarme mis matas, no lo hagas, porque llamo a Marco Rubio».

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