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Madurismo Imperial: La Persistencia del Pasado en la Transición Venezolana

Madurismo Imperial: La Persistencia del Pasado en la Transición Venezolana

Sabemos que las transiciones son lentas, y que debemos esperar con paciencia sus resultados. Es lo que nos dicen los expertos. Parece que es y ha sido así a escala universal desde tiempos remotos. Es natural que la impaciencia de la sociedad pida aceleración porque siente que la llegada del futuro se vuelve demasiado morosa, pero la realidad impone pausas, no solo reñidas con las ganas de cambio, sino también con su necesidad. Todos queremos salir mañana del purgatorio debido a que nos quemamos en sus brasas, aunque sean más soportables que las del infierno, según suponen los expertos en teología, pero los que saben de transiciones porque las han estudido insisten en la obligación del poco a poco. ¿Nos conformamos con ese tipo de pedagogía?

Muy difícil, porque las lecciones de la teoría y los consejos de los analistas no consideran la angustia de los hombres atrapados en las redes de un presente que no merece continuidad; pero especialmente debido a que las figuras que lo representan en las alturas no son anuncios de futuro, sino evidencias contundentes e incontestables de la permanencia de un pasado pavoroso. Nos referimos aquí a las mismas criaturas que desprecia y teme la sociedad por los males que le han causado y por agravios que no merecen ningún tipo de excusa, ningún tipo de condescendencia. Si nos fijamos en la plana mayor del establecimiento que ha permanecido en el poder desde la captura de Maduro, es decir, después de un bombardeo llevado a cabo por la primera potencia del mundo, topamos con el mismo elenco de mandones, con idéntica nómina de sujetos abominables, con la camada gemela de malhechores que merecían el impacto de los misiles imperiales.

Conviene recordar que la clasificación de semejante tipo de delincuentes fue hecha por el gobierno de Trump. De sus despachos salió la lista de los matones y de los malvivientes que había que echar a la fuerza del gobierno de Venezuela, porque sus acciones provocaban graves riesgos de subsistencia a la sociedad de los Estados Unidos. Por eso bombardearon y por eso se llevaron al cabecilla de la banda, afirmaron a los cuatro vientos desde Washington, para que ahora pasemos por las situaciones dolorosas que nos han impuesto sin tener a mano la llave del porvenir. Porque no solo le calzaron candado de acero a las decisiones políticas, sino que también se llevaron la maña de su apertura, hasta el punto de que ni siquiera la ganzúa más milagrosa que fabriquemos en casa puede sacarnos del encierro. Los expertos en transiciones deben detenerse en estas peculiaridades para sustentar sus lecciones, no vaya a ser que terminen haciendo el ridículo.

Deben responder un par de preguntas, por lo menos: aparte de Maduro y de su esposa, ¿qué figura de la alta burocracia que los acompañaba fue expulsada del poder?, ¿después de un bombardeo espectacular, se ha incorporado gente nueva y distinta al gobierno de Venezuela, que sugieran una mudanza de situaciones y un anuncio de novedad? Misiles para que nada cambie, marines para la continuidad, espías en beneficio de la permanencia, son las pruebas de una operación debido a la cual se ha reforzado y bendecido el continuismo de los hombres fuertes y de los procedimientos torcidos que acompañaron a Nicolás Maduro para vilipendio de la sociedad. Porque nadie puede decir, ni en la peor de las borracheras, que los hermanos Rodríguez sean criaturas de estreno, o que Diosdado Cabello esté debutando en las alturas por iniciativa del Pentágono, y que entre los tres han escogido a gente nueva y distinta, sin vínculos con las abominaciones del pasado reciente, para labrar el camino del futuro.

Mezcla deforme o engendro tenebroso: son hijos del trumpismo, así como fueron antes la representación o la encarnación más incontestable de una tiranía aparentemente desaparecida. Solo les falta el baile de iniciación en Mar-a-Lago, después de hacer su trabajo cotidiano en el SEBIN. Madurismo imperial, en suma y aunque parezca monstruoso hasta la hipérbole, para que Venezuela profundice sus padecimientos mientras duerme en el consejo de la paciencia que proponen los profetas de una luz que tardará en llegar.

La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.

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