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Las Claves Ocultas de la Victoria del 28 de Julio de 2024: La Fuerza de la Unidad en Venezuela

Las Claves Ocultas de la Victoria del 28 de Julio de 2024: La Fuerza de la Unidad en Venezuela

“Debemos unirnos y organizarnos por Venezuela”.

En el artículo anterior conté cómo la victoria del 28 de julio no fue un hecho aislado ni un momento mágico, sino el resultado de años de trabajo de miles de dirigentes que, en cada rincón del país, organizaron comunidades, reconstruyeron confianza y apostaron por la unidad cuando muchos creían que era imposible.

Ese primer artículo describía las fases de un proceso largo y complejo. Hoy quiero detenerme en uno de los espacios donde comenzó a construirse esa historia: la dirección operativa de la Plataforma Unitaria, un espacio poco visible para el país, pero decisivo para todo lo que vendría después. Mientras el país observaba debates intensos, hostilidades y diferencias en la superficie de la política, debajo comenzaba a engranarse algo maravilloso: la construcción de una maquinaria humana que terminó siendo determinante para la victoria del 28 de julio de 2024.

Nacimiento de la dirección operativa

Entre los años 2022 y 2023, ante la necesidad de tener mayor agilidad en la construcción de la unidad territorial, la dirección política de la Plataforma Unitaria Democrática (PUD) decidió crear la dirección operativa. Esta decisión resultó fundamental en este proceso, ya que esta instancia estaba conformada por personas con un perfil más operativo que discursivo, y casi todos responsables de la organización territorial, electoral y estructural de nuestros partidos políticos durante muchos años; por eso, algunos nos conocíamos de procesos anteriores.

Al principio, el proceso y la decisión eran inciertos e incómodos. En las primeras reuniones llegábamos con mucha desconfianza, y es que éramos representantes de partidos distintos, con trayectorias diferentes y con jefaturas políticas que, de alguna manera, se encontraban en discusiones permanentes y hostiles. En el ambiente se percibía un enorme cuidado en qué se decía y en qué no, al igual que celo en cada decisión que tomábamos, ya que había temor de que esta favoreciera a otras organizaciones. Gracias a Dios, en algún momento esta dinámica empezó a cambiar. Podría decir que desde el día en que alguien, con absoluta franqueza, dijo en alguna reunión algo que muchos pensábamos en silencio:

“Seamos honestos, muchachos: aquí todos estamos pendientes de cuidar a nuestros propios partidos y, mientras sigamos así, la unidad aguas abajo será muy difícil de concretar”.

Y la verdad es que esto no era una acusación, era simplemente la realidad de lo que nos estaba pasando y lo que debíamos cambiar.

Fue en este ambiente nada romántico, hostil y complicado donde se dio el verdadero punto de partida de todo este camino de la ingeniería política de la unidad.

La sala de máquinas de la unidad

En medio del malestar de las primeras reuniones, asumimos que éramos la sala de máquinas de la unidad venezolana, y eso significaba trabajar para que las cosas sucedieran. La primera decisión que tomamos en consenso fue que no hiciéramos de estas reuniones espacios de discursos interminables de análisis político que a nadie interesaban, sino que fueran una verdadera sala de trabajo y construcción de ideas reales para organizarnos y acercarnos más a los ciudadanos.

En ese contexto, comenzamos reuniéndonos una vez a la semana, luego dos o tres veces por semana y, cuando se acercaban momentos importantes del proceso político, llegábamos a encontrarnos prácticamente todos los días: revisando temas, evaluando tareas, haciendo realidad ideas y sueños.

Intentábamos que cada reunión tuviera una lógica eficiente: primero revisábamos avances de decisiones anteriores y nos evaluábamos; luego discutíamos nuevas ideas y terminábamos asignando responsables para las próximas tareas. No se trataba de hablar grandes teorías sobre la política venezolana, sino de resolver problemas organizativos concretos de la ingeniería política y sus debidos procesos.

Como ejemplo de estos problemas concretos, menciono algunas de las preguntas que nos dedicábamos a contestar:
¿Qué debemos hacer para mejorar la organización unitaria entre los partidos en cada rincón del país?
¿Cómo podemos evaluar el accionar de los partidos en unidad en cada región?
¿A qué estados debemos viajar para ayudar a resolver algún conflicto local?
¿Qué más podemos hacer para mejorar nuestro accionar por Venezuela?

Este ritmo fue generando algo que, en política, suele ser más poderoso que cualquier discurso: un espíritu de disciplina compartida, al que además se le añadían momentos especiales que debíamos coordinar y acordar en unidad de la noche a la mañana, como por ejemplo:

Construir actividades políticas conjuntas para días especiales como el 23 de enero, el 5 de julio, entre otras fechas importantes.Actos relacionados con declaraciones públicas de líderes de la unidad democrática.La organización en conjunto de todos los procesos políticos.

Todo esto puede sonar sencillo, pero les aseguro que el solo hecho de tener que acordar el orden de palabra en cada acto, el orden de las sillas donde debía ubicarse cada quien, qué debía decir cada uno y, entre otras cosas, decidir cuánto debía durar el evento, hacía de algo que podía ser muy fácil un problema sumamente tedioso.

Con el tiempo, entendimos que más allá de nuestras diferencias existía una tarea común, y esa tarea tenía un objetivo muy claro: organizar territorialmente a la unidad junto a los miles de dirigentes regionales, para exigir elecciones libres y ganar esas elecciones.

Una cosa debía ser el debate político, y otra la eficiencia de la organización territorial.

Uno de los aprendizajes más importantes de este proceso fue entender que las diferencias políticas no podían paralizar el trabajo organizativo unitario, sino que debíamos aprovechar esas diferencias para lograr complementarnos. Esto nos ayudó a comprender que detrás de cada uno de nosotros había también una persona con su historia, con sacrificios personales y con tipos de formación política diferentes.

Desde mi perspectiva, iniciar ese descubrimiento humano fue venciendo poco a poco muchas de las barreras que habíamos traído, y comenzamos a sentirnos como parte de un todo.

Fue así como surgió la idea de los extramuros, de los que hablaremos en el próximo artículo, los cuales fueron determinantes para ir encontrando una forma que terminaría siendo clave para el proceso: las diferencias políticas podían discutirse, pero el método de organización no podía detenerse.

En la práctica, eso significaba algo muy sencillo: que, independientemente de los debates políticos de nuestros líderes, el trabajo territorial debía continuar, las tareas debían cumplirse y los equipos debían organizarse para poder lograr en unidad el cambio en Venezuela.

El siguiente paso era inevitable

A medida que la confianza crecía dentro de la dirección operativa, también crecía una convicción compartida: la unidad no podía quedarse en una mesa de reuniones, sino que debíamos organizarnos de forma unitaria en cada municipio, parroquia, zona, sector y alrededor de los centros de votación.

A medida que fuimos encontrando el ritmo de trabajo, también fuimos descubriendo algo que resultaría fundamental para todo el proceso: para todo lo que venía, era necesario fortalecer la confianza que se había venido ganando.

Fue en este momento cuando comenzó a hablarse de la necesidad de crear espacios que nos permitieran mirarnos más allá de las etiquetas partidistas, entender de dónde venía cada uno y saber hacia dónde queríamos llevar juntos este esfuerzo democrático. Espacios donde pudiéramos hablar con mayor franqueza, revisar nuestras fortalezas y debilidades como equipo y aprender a tomar decisiones pensando en Venezuela.

Con el tiempo, esos espacios —a los que llamamos extramuros— terminarían siendo decisivos para consolidar la confianza, la formación y la preparación entre quienes estábamos construyendo la unidad territorial y electoral.

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