Jorge Rodríguez y el Desgaste de la Élites Chavistas: Reflexiones sobre el Perdón y el Poder en Venezuela
Cuando a John Lennon le preguntaron por la separación de Los Beatles —que si fue por las peleas que había entre ellos y todo eso— contestó que no, que siempre serían buenos amigos. «Nos conocemos desde los 15 años, ¿sabe? Nos separamos por el aburrimiento: habíamos dejado de hacer giras; solo era regresar una y otra vez a los estudios a grabar un disco». Es exactamente igual a lo que está sucediendo en estos momentos con la élite chavista que hasta hace poco mandó, a sus anchas, en Venezuela. Ahora sigue mandando, cierto, pero ¡ay!, no a sus anchas.
Como Los Beatles, ya no les resulta divertido seguir juntos bajo la misma marca, bajo el mismo sello. De allí, ese cierto tufo a desbandada. No es que Diosdado Cabello, el general Padrino López y los hermanos Rodríguez no sigan siendo buenos amigos: se reconocieron entre sí desde el primer muerto que arrojó el chavismo, ¿no es verdad? Los días de botija llena y corazón henchido de revancha han pasado; ya no tiene tanta gracia enviar matones motorizados a la calle ni queda bien la exaltación mediática regurgitando palabras como «revolución» e «imperialismo». Qué verde era vuestro valle. Los días de vino y roses han caducado. Siguen estando en la escena, pero todo resulta de un aburrimiento letal. ¿Acaso pueden reprimir y torturar como antes? Es lo que los politólogos resumen en esta frase: ahora el costo de mantenerse en el poder les va resultando más caro que abandonarlo. O algo así.
Tan oneroso que incluso deben echar mano de esa palabra que antes no asomaba en esos turgentes labios que se gastan: perdón. La Gran Aldea recién ha publicado en su cuenta de IG esta frase de antología firmada por Jorge Rodríguez: «Nosotros pedimos perdón y tenemos que perdonar también… Pedimos perdón porque, lo digo con claridad, a mí no me gustan los presos». Luego se fue a la Zona 7 a montar una pequeña obra teatral, según indicios, con madres falsas de presos inexistentes, para promover su amnistía personalizada, lista para llevar a casa.
En realidad, estoy bastante harto de escuchar lo sagaz, maléfico y manipulador que resulta Jorge Rodríguez. Venezuela le queda pequeña, por lo visto. Debería estar en los tebeos junto a Lex Luthor y no en la Asamblea Nacional caraqueña, lidiando con ese puñado de pánfilos que la puebla. Ante ese público, cualquiera con un CI un poco más alto es Einstein. La gente en las redes lo evalúa con cierta admiración: un hombre de una perversidad indómita, inexorable, apocalíptica. Si fuera tan talentoso, en primer lugar no habría necesitado del chavismo para escalar socialmente. Comenzó aprendiéndose de memoria los nombres de los periodistas que cubrían el Consejo Nacional Electoral, y eso pudo haber cautivado a unos cuantos periodistas cándidos que cubrían el CNE. Esa es toda la historia de JR: crónica vívida de un camaleón.
Habla de perdón, lleva y trae esa palabra, y El Nacional, con toda razón, la pone de título, solita, en uno de sus editoriales recientes.
¿Perdón? El ciudadano no tiene que ponerse a perdonar nada. Tampoco tiene por qué ponerse a no perdonar algo. Cada quien que lleve su ánimo perdonador hasta los confines de la Tierra, si lo desea; pero que no haga de eso una causa pública propia. Esto no es una causa pública propia, sino de un país entero. Lo único que tiene que hacer el ciudadano, bien pertrechado de convicciones y respaldado por organizaciones e instituciones nacionales e internacionales, es promover la realización de un juicio como el de Núremberg. Ahí sí sería una delicia ver al listillo de Jorge Rodríguez en pleno uso de sus facultades mentales.
La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.



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