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En medio de la bruma actual: Reflexiones sobre la lucha por la democracia en Venezuela

En medio de la bruma actual: Reflexiones sobre la lucha por la democracia en Venezuela

En política, que a uno le engañen no es excusa. —Leszek Kołakowski.

La mayor parte del poder del autoritarismo le ha sido otorgado libremente. —Thimoty Snyder.

I

En el s. XX, la humanidad padeció o pereció por el derrumbe de las democracias frente al advenimiento del fascismo, del nazismo y del comunismo. En el s. XXI, no parecemos haber asimilado las lecciones del siglo anterior, y mientras seguimos viendo amenazados los modos de vida democrática, también atestiguamos la inoperancia de los organismos internacionales, creados, precisamente, para la preservación de la democracia. La Carta de la Organización de los Estados Americanos, que defiende el sistema representativo como condición indispensable para la estabilidad, la paz y el desarrollo del continente, y que explícitamente sostiene que “el sentido genuino de la solidaridad americana y de la buena vecindad no puede ser otro que el de consolidar en este Continente, dentro del marco de las instituciones democráticas, un régimen de libertad individual y de justicia social, fundado en el respeto de los derechos esenciales del hombre”, no supo o no pudo defender a los ciudadanos de Venezuela ni a su democracia mientras era desmontada ladrillo a ladrillo, crimen tras crimen. Desde 2022, Naciones Unidas reportó crímenes de lesa humanidad continuos en Venezuela, represión a la disidencia mediante detenciones arbitrarias, torturas y ejecuciones extrajudiciales, lo cual condujo a uno de los desplazamientos más graves del mondo, que se contabiliza en alrededor de 8.000.000 de seres humanos fuera de su país de origen. Y, sin embargo, el Consejo de Seguridad de ese mismo organismo vio caer bajo el peso del veto cualquier acción ulterior. La lentitud pasmosa de la Corte Penal Internacional, en relación a Venezuela ―no en otros casos, por cierto― ha sido ofensiva, además de sospechosa, y jamás ordenó la captura del dictador venezolano.

Entonces, la operación denominada «Determinación Absoluta», llevada a cabo por militares norteamericanos el 3 de enero pasado, para capturar a Nicolás Maduro, junto a Cilia Flores, en cumplimiento de una orden judicial contra una persona acusada de ser el líder de una organización criminal internacional, y no en su condición de Jefe de Estado (no lo es y Estados Unidos no lo reconoce como tal), requiere ser enmarcada en el contexto en el que ocurrió. Lo contrario es perpetuar la miopía o la ceguera. Los organismos, los mecanismos y los funcionarios designados para preservar la paz y la democracia en el continente americano, fracasaron. Y, al hacerlo, forzaron, o propiciaron, una salida de fuerza. A pesar de que el quebrantamiento de la democracia en un país, como ocurría y sigue ocurriendo en Venezuela, tendría que convocar acciones contundentes de parte del resto de los países del continente, en nombre de la no interferencia o de otro tipo de intereses, no fue lo que sucedió. La democracia, la paz y la libertad son asuntos supranacionales. Hay que insistir hasta que se vuelva real, lo que es una verdad. Así como para las bandas criminales no hay fronteras que frene su actuar, proliferan con libertad y crean alianzas altamente eficientes, no puede, por lo tanto, ser la lucha contra el crimen organizado un asunto exclusivamente nacional, pues desborda sus capacidades cuando se enfrenta con organizaciones transnacionales, o se vuelve imbatible cuando el crimen proviene del propio régimen que tiraniza un país, e intocable por la noción de soberanía nacional, o porque el gobernante llegó al poder por vías democráticas.

Hay posturas encontradas en relación a la reciente intervención norteamericana en Venezuela. Hay justificación legal y moral, según algunos, y es un flagrante delito, según otros. Sin embargo, la mirada no ha estado puesta suficientemente, ni ahora ni mucho menos durante las décadas pasadas, en el sufrimiento de millones de ciudadanos, a quienes, arrebatada esa condición, un régimen empeñado en perpetuarse en el poder, les privó de casi todo lo que hace la vida digna de ser vivida. Mucho es lo que tiene que cambiar en los modos en que nos hemos organizado para vivir en la sociedad global hasta ahora. En el ámbito jurídico, los sistemas deben ser revisados, modificados y adecuados para impedir que se sigan tolerando atrocidades contra seres humanos, bajo el amparo de figuras como la soberanía nacional, la no injerencia o el respeto a la autodeterminación de los pueblos. En la esfera moral, deshacernos de dogmatismos que nos condenan a una única interpretación, mientras en determinados territorios se comenten vejaciones evidentes, documentadas y de larga ocurrencia, es imperioso. Cuando en un país es el propio gobierno quien viola las libertades de los ciudadanos, a éstos solo le queda el recurso de las leyes internacionales, y cuando éstas fallan, ese país queda en la indigencia, para vergüenza, presente y futura, de todos los que no lo impidieron. Los eventos que ocurrieron en la madrugada del 3 de enero no fueron un ataque contra el gobierno legítimo de un país democrático, sino contra una organización criminal devenida Estado omnipotente. Cuando la ley y la justicia lleguen a Venezuela, será más que bienvenida, pero habrá llegado varios años de crímenes tarde.

II

Un cuento cargado de sabiduría en clave simbólica, como suele ser, conocido como “La Doncella sin manos”, denuncia un asunto más que amenazante para las psiques individuales y las colectivas, como los llamados tratos a ciegas, o tratos fáciles. Resulta más que relevante, en estos precisos momentos, reflexionar sobre su sentido, para obtener algunas luces en medio de la oscuridad en la cual aún nos encontramos. El cuento empieza así:

“A un molinero le iban mal las cosas, y cada día era más pobre; al fin, ya no le quedaban sino el molino y un gran manzano que había detrás. Un día se marchó al bosque a buscar leña, y he aquí que le salió al encuentro un hombre ya viejo, a quien jamás había visto, y le dijo:

 —¿Por qué fatigarse partiendo leña? Yo te haré rico sólo con que me prometas lo que está detrás del molino. 

«¿Qué otra cosa puede ser sino el manzano?», pensó el molinero, y aceptó la condición del desconocido. Éste le respondió con una risa burlona:      

—Dentro de tres años volveré a buscar lo que es mío— y se marchó. 

Al llegar el molinero a su casa, salió a recibirlo su mujer. 

—Dime, ¿cómo es que tan de pronto nos hemos vuelto ricos? En un abrir y cerrar de ojos se han llenado todas las arcas y cajones, no sé cómo y sin que haya entrado nadie. 

—He encontrado a un desconocido en el bosque y me ha prometido grandes tesoros. En cambio, yo le he prometido lo que hay detrás del molino. ¡El manzano bien vale todo eso!  Respondió el molinero.

—¿Qué has hecho, marido? — exclamó la mujer horrorizada. Era el diablo, y no se refería al manzano, sino a nuestra hija, que estaba detrás del molino barriendo la era.”

El desconocido, con quien el molinero acepta hacer un trato de inmediato creyendo que es altamente beneficioso, regresa, a su tiempo, a reclamar su parte del trato: intenta llevarse a la doncella (ella se ha bañado y se ha vestido de blanco, y el diablo solo puede atrapar lo que está sucio), al no poder hacerlo, le exige al padre mutilar las manos de su propia hija. Como suele suceder, los cuentos usan imágenes casi intolerables para obligarnos a mirar aquello que habitualmente no queremos o no sabemos ver. La riqueza material excesiva, inmediata o cualquier cosa obtenida de forma demasiado fácil, a cambio de lo que sea, sin que medie una pausa para sopesar las consecuencias de lo que estaríamos comprometiendo ―o sacrificando―, es una forma de ingenuidad peligrosa, que puede acarrear pérdidas tan terribles como la sufrida por la joven, ¡quien pierde la capacidad de accionar! La ambición excesiva o la simple ceguera suele conducir a aceptar tratos con depredadores de toda índole y las consecuencias no son nunca inocuas. El diablo siempre regresa a cobrar su parte.

¿No estamos los venezolanos clamando por salir de un trato fácil, hecho hace 28 años con un salvador que nos ofreció el oro y el moro, y que ocasionó una euforia colectiva antes de saber lo que se nos pediría, o arrancaría a cambio? Fue más que la amputación de las manos el precio pagado: fue casi la extinción. Ahora, después de lo indecible, como resultado del pacto a ciegas con aquel depredador colectivo, nos convendría estar más que alertas ante una situación que luce excesivamente fácil, pragmática y de unas velocidades vertiginosas, sin que sepamos exactamente qué estamos ofreciendo. La sociedad venezolana, exhausta por diversas hambres, recibe con una alegría más que comprensible el que pudiera ser el inicio de un cambio de vida: de la indigencia al bienestar. Pero, debe plantearse de inmediato varias interrogantes. ¿La amenaza a la propia autonomía es el precio a pagar? ¿El actual tutelaje norteamericano se detendrá allí o se convertirá en algo más permanente y hasta definitivo, según los cambiantes deseos del nuevo comandante en jefe? ¿Además de petróleo a precios muy ventajosos, con privilegios comerciales, qué más querrá a cambio el señor que dio la orden de extracción, que millones agradecieron y celebraron a puertas cerradas? La euforia no puede cegarnos nuevamente, si el desgarrador camino al que fuimos arrojados durante casi tres décadas, nos ha dejado algunas lecciones y, sobre todo, si nos ha transformado, como a la doncella del cuento, a quien, después de varios descensos, simbólicos y literales (soledad, hambre, engaños, traiciones, miedo, dolor), pero, sobre todo después de resistir e insistir, ¡le crecieron nuevamente las manos! 

Durante el gobierno de Chávez, en Venezuela se observó el fenómeno al que Timothy Snyder califica como obediencia anticipatoria: cuando un número suficiente de personas brindan su apoyo voluntariamente a un líder y le muestran lo que aquél ni siquiera sabía que sería capaz de alcanzar. La figura del tutelaje norteamericano ha generado unos entusiasmos preocupantes, por excesivos y ¿apresurados? Mantener una mirada crítica es imperativo. Estamos ante una nueva situación, un híbrido impensable hace menos de un mes: el gobierno norteamericano dictando órdenes al gobierno chavista residual. No caer en una nueva obediencia anticipatoria exige reflexionar. Rescatar el derecho a pensar, ese alimento que escaseó casi tanto como el otro, es perentorio.

Es de importancia fundamental para la sociedad venezolana participar. Después de décadas sin opinar, o sin que su opinión sea tomada en cuenta, o peor aún, después de ser perseguida, apresada o desaparecida por opinar en contra del régimen, una postura crítica frente a lo que está proponiendo ―o simplemente intentando hacer― el gobierno liderado por Donald Trump, es crucial. Una postura complaciente, de aceptación de todos los modos que pretenda imponer el nuevo libertador, comporta el riesgo de nuevas y gravísimas pérdidas. El enorme pragmatismo del actual presidente de los EEUU, y su ambición de poder global, quedó reiterada, una vez más, con su confesión de que los únicos límites que reconoce son «Mi propia moralidad. Mi propia mente. Es lo único que puede detenerme». No los del derecho internacional ni los de los tratados, sino él mismo, según declaró recientemente en el Salón Oval de la Casa Blanca, a reporteros de The New York Times. Las posturas de otros líderes del s. XX, retumbando en el s. XXI, hacen temblar de solo escucharlas. 

Participar es advertir, y si es posible evitar, los tratos fáciles, para lo cual es indispensable reconocerlos como tales. No se debe confundir el necesario alivio que está produciendo el ingreso de dólares producto de la venta supervisada de petróleo, con el objetivo último, que es la restitución del estado de derecho, que garantice las libertades ciudadanas y, por consiguiente, genere la prosperidad económica. El orden de los factores cuenta, es crucial. Si el enfoque del actual gobierno norteamericano hacia Venezuela se centra en la restauración de la democracia y del estado de derecho, recibirá muchas más simpatías y apoyos nacionales e internacionales, que si la agenda se centra exclusivamente en la producción petrolera.

III

Es fundamental que el énfasis de cualquier intervención, apoyo, tutelaje de EEUU en Venezuela, tenga una base moral: es lo que intenta agregar una y otra vez el Secretario de Estado, Marco Rubio, a las alocuciones de su presidente. Si es groseramente evidente que la intención es meramente mercantilista, va a convertirse en una nueva bandera para que las izquierdas dogmáticas persistan en su discurso antimperialista, para que se pierda todo el trabajo de limpieza de esa imagen que diversas administraciones norteamericanas han venido haciendo para dejar de ser vistos como colonialistas, y más importante aún, para que los mismos venezolanos puedan prolongar su alegría más allá de la acción que condujo a la extracción del gobernante ilegítimo, y de su mujer (quien no es precisamente el poder detrás del trono, sino delante), hasta la recuperación de la democracia, que es el único objetivo que podría generar cohesión y alianzas. 

La cualidad moral de la presencia norteamericana en nuestro país se verá materializada cuando se arribe a la tercera fase enunciada: la de transición, que culminaría con la celebración de elecciones libres y el establecimiento de un nuevo gobierno. Mantengámonos más que vigilantes en las dos fases previas, estabilización y recuperación, y también después, sobre todo después.

Mientras tanto, María Corina Machado, a su salida de la reunión que sostuvo con Marco Rubio el 28 de enero, declaró al grupo de periodistas que la esperaba en medio del inusual frío que azota actualmente esas regiones, que «El régimen tiene al pueblo y a las instituciones militares bajo un terror inmenso. Y es por eso que necesitamos el apoyo, el acompañamiento de otros gobiernos democráticos, como los Estados Unidos. Pero, por supuesto, que al final todo está en manos del pueblo venezolano”.  “Quisiera darle la certeza a todos los venezolanos que estamos avanzando con pasos firmes… Esto lo vamos a lograr, está pasando. Cada quien tiene que asumir su responsabilidad sobre el destino de Venezuela».

Asumir nuestra responsabilidad histórica, viniendo de dónde venimos ―una sociedad que logró la independencia de un imperio poderoso, que tuvo repúblicas y las perdió, que vivió en democracia y regresó a la dictadura, y que logró recuperar las manos que le fueron amputadas por el padre, por mérito de su propia resiliencia―, pasa por mantenernos vigilantes frente a los peligros que acechan, así como por celebrar y aupar los verdaderos avances. Pasa también por reflexionar sobre lo que nos ha sostenido como sociedad durante estos nefastos años de hambre, exilio, persecución y muerte. Necesitamos mirar hacia adentro para encontrar eso que nos ha sustentado; ese algo propio del alma venezolana, más profundo y esencial que la noción misma de soberanía, que no puede ser vendido a cambio de dólares, petroleros o no, o de tutelajes permanentes o no, y que se puso en evidencia a lo largo de la resistencia a la última dictadura ―aún en pie― y que nos ha mostrado qué país queremos tener. Los venezolanos quieren salir del estado de supervivencia en el que el demiurgo uniformado los arrojó, después de ofrecerles espejismos delirantes, pero sobre todo desean libertad y democracia: saben que no es suficiente con no morir, para estar vivos. Al final todo está en manos del pueblo venezolano.

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