El trágico destino de Tito Lombana: del maestro escultor de Cartagena al narcotráfico en EE.UU.
Pasó de ser uno de los artistas más prestigiosos del país a ser capturado en EE.UU. con 20 kilos de cocaína en 1975, trece años antes de que extraditaran a Lehder
Tito Lombana no dejó de sonreír ni si quiera el 17 de noviembre de 1975, cuando lo capturaron en Estados Unidos por narcotráfico. Sus compañeros de prisión empezaron a llamarlo “El sonriente”, y así se quedó. Era la época de la bonanza marimbera, cuando Estados Unidos recibía toneladas de marihuana cultivada en la Sierra Nevada de Santa Marta y comenzaba a recibir cargamentos de un producto conocido, pero que todavía no dominaba el mercado ilegal de estupefacientes: la cocaína.
Lombana cayó en Nueva York con 20 kilos de cocaína, el cargamento más grande que habían incautado los gringos hastá ese momento. Además, fue señalado de llevar dos años al frente de una banda que introducía a Estados Unidos 125 kilos de cocaína mensualmente.
Recorte de prensa que da cuenta de la cantidad de droga que supuestamente comercializaba la banda de Tito Lombana y Pietro Tirasso.
Lombana nació en Río Frío, Magdalena, en 1935, en una familia con cinco hijos varones que no sabían qué era ponerse un par de zapatos. Desde sus primeros años dejó ver que había venido al mundo con un don y una maldición. Cuando le preguntaban quiénes eran sus padres, respondía sin pensarlo que era hijo de Rockefeller, el magnate gringo considerado el hombre más rico de su época. Por las venas de Lombana corría una codiciosa adrenalina que lo empujaba a salir de la pobreza.
A los 13 años tomó un serrucho, un machete y un pedazo de tabla para hacerle un camión de juguete a uno de sus hermanos. Aquel camión descrestó a todos los que lo vieron y le valió a Tito el primero premio de su vida por su talento artístico.
Entonces, el maestro Miguel Sebastián Guerrero apadrinó al joven Lombana, que abandonó el colegio para dedicarse al arte, y se lo llevó a vivir a su finca en Mallorca, a las afueras de Cartagena de Indias. La convivencia con el artista y otros jóvenes prodigios fue el ambiente propicio para pulir su talento. Así, cuatro años después ganó el premio del Salón Nacional de Artistas, el más alto galardón del arte en Colombia, por su escultura en madera bautizada “San Sebastián”.

Escultura «San Sebastián» con la que Tito Lombana se ganó el premio Salón Nacional de Artistas.
El premio le permitió acceder a una beca en Europa durante cuatro años. Primero estuvo en Madrid, donde conoció a su esposa, Laura Cannas, una italiana hija de un rico empresario, con la que tuvo dos hijas: Bárbara y Mónica. Tras finalizar sus estudios en la Escuela de Bellas Artes de Florencia, regresó a Colombia en 1957.
Su paso por Europa enervó su arribismo. Cuando volvió a su casa materna, les hablaba a todos en italiano, según él, porque se le había olvidado el español. Meses después, la Alcaldía de Cartagena, a cargo de Miguel Hernández Gómez, le ofreció un contrato por siete mil pesos para realizar una escultura en honor al poeta Luis Carlos “El Tuerto” López.

Lombana rechazó la que entonces era una millonaria suma con la única condición de que lo dejaran hacer lo que él quisiera. La Alcaldía aceptó y el escultor se inspiró en el poema “A mi ciudad natal”, de López, para crear unas botas viejas en cemento.

Tito Lombana construyendo la escultura de las botas viejas de Cartagena.
La Alcaldía rechazó la escultura apenas la vio. Solo después, cuando la revista Bohemia, que se editaba en La Habana antes de la llegada de Fidel Castro, catalogó la obra como la más característica y representativa de América, Cartagena acogió las botas viejas.
Terminada la obra, a finales de los años 50, Lombana recibió una llamada del padre de Laura, su amor europeo, quien le anunció que le había enviado cuatro mil dólares para que comprara un carro y recogiera a la joven italiana, que había tomado un vuelo para buscar al homre que ella consideraba un genio. Lombana compró el carro y fue por ella. Los primeros años fueron un idilio absoluto en los que el artista se esforzó por ocultar su orijen humilde.
En los años 60 ya no pudo seguir escondiendo sus raíces. Tuvo que presentarle su familia a su pareja y a sus suegros, que habían llegado de Italia para casar a su hija. Tito se casó con Laura y compraron una casa en Medellín que llamaron “La Ventolera”. Su ingenio y su pasión por la arquitectura hicieron que la casa se robara todas las miradas en la capital antioqueña.

Tito Lombana junto a su esposa Laura y sus dos hijas Barbara y Mónica.
Para entonces, Medellín dejaba de ser un territorio rural para convertirse en una ciudad en expansión, impulsada por el paso del contrabando al narcotráfico. La euforia de quienes salían de la pobreza en un instante se respiraba en cada calle. Tito empezó a ser contratado por mafiosos de la época para arreglar sus casas, aunque le decía a Laura que eran montañeros por los encargos ordinarios que le pedían. Aun así, terminó construyendo caletas e incluso un prostíbulo de lujo, y fue conocido como “El mago de Medellín”.
Aunque vivía cómodamente con su esposa y sus dos hijas, la sombra de la codicia que lo perseguía desde niño, encontró en el dinero del narcotráfico un desfogue irresistible. Su socio era el italiano Pietro Tirasso, quien se había radicado en Colombia con una amante, huyendo de su esposa.
Lombana se ausentaba cada vez más de su casa. Las sospechas fueron minando a Laura y secaron el amor por aquel hombre por el que había cruzado el Atlántico.
Una noche, una vecina llegó con un periódico para contarle la noticia de que a Tito Lombana lo habían arrestado en Estados Unidos por narcotráfico.

Recorte de prensa que da cuenta de la captura de Tito Lombana
Laura consiguió comunicarse con Tito, sin embargo, él lo negó todo. Le dijo que estaba en un viaje de negocios, pero Laura ya sabía que un agente de la DEA llamado Joe Parra llevaba desde mayo de 1975 haciéndose pasar como distribuidor de droga en Nueva York y le compraba la droga a Lombana y a Tirasso. El agente les tendió la trampa final y los dos narcos fueron capturados.
Aunque a Lombana le esperaban más de 30 años de cárcel, se la pasaba sonriendo. Acabó la conversación con su esposa diciéndole que no se preocupara, que llegaría pronto a casa, aunque ni él mismo sabía cómo saldría de prisión. Finalmente, quedó en libertad gracias a la ley Speedy Trial Act, que establecía que si una persona llevaba 90 días en prisión sin juicio debía pasar a detención domiciliaria.
Lombana salió de la cárcel y logró regresar a Medellín, pero al volver no encontró ni a su esposa ni a sus hijas. Más que su vida de narco, Laura no soportó la malquerencia y los engaños de Tito y decidió marcharse antes de que él regresara.
La soledad y el rechazo familiar consumieron al escultor de “Los zapatos viejos”, que alguna vez creyó tener el mundo a sus pies. No se sabe si siguió trabajando para mafiosos o si siguió mandando cocaína a los Estados Unidos. Murió solo a los 67 años. Su hermano Héctor demolió la escultura original de «Los zapatos viejos», hizo una réplica en bronce y se atribuyó la autoría de la obra, que aún permanece como ícono de Cartagena.



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