El Humor Político en Venezuela: De la Democracia a la Actualidad
Se asombrarían los jóvenes si pudieran asomarse a un día cualquiera del pasado democrático en Venezuela y escuchar en las calles la frecuencia y agudeza de los chistes que se hacían a costa de los gobernantes. O, casi exclusivamente, de los presidentes, porque en democracia casi nadie sabe el nombre del ministro de la Defensa, mucho menos el de un capo de bandas oficialistas armadas, puesto que en un régimen institucional tal aberracion no existe.
Los jefes de Estado de la etapa democrática podían fluctuar en popularidad, pero nada los salvaba de protagonizar cuchufletas, por cierto, alusivas a características reales o inventadas. Como las humoradas que pretendían presentar a Carlos Andrés Pérez como un hombre de escasa inteligencia y formación. Nada más alejado de la realidad: Pérez distaba mucho de ser tonto y, aunque efectivamente no había completado sus estudios de Derecho ni hablaba otras lenguas, era buen lector y, desde luego, conocía muy bien el país, el continente y el mundo de su época. Las chanzas que le inventaban destacaban su origen andino, que el resto del país —sobre todo el centro— asociaba con un carácter cazurro y escasa perspicacia. Una percepción manipulada que, seguramente, tuvo su origen cuando los andinos llegaron al poder en 1899.
Ese año el general tachirense Cipriano Castro emprendió su Revolución Liberal Restauradora. El 23 de mayo de 1899 cruzó el río Táchira desde Colombia con un pequeño grupo de hombres y marchó en armas hacia Caracas, donde entró triunfante el 22 de octubre de 1899, derrocando al presidente Ignacio Andrade, merideño. Como se ve, la expresión “los andinos en el poder” no alude solo al origen del mandatario.
Describe un fenómeno político específico: el dominio del Estado venezolano por una red de caudillos y militares tachirenses que se instala en el poder con Cipriano Castro en 1899 y se consolida con Juan Vicente Gómez. Son los regímenes de Castro y Gómez los que constituyen la “Hegemonía Andina”, durante la cual, me imagino, se instaló la idea, tan ofensiva como falsa, de que los andinos son ambilados.
De Rafael Caldera, presidente en dos oportunidades, se hacía chacota a partir de la solemnidad de su personaje público y de su religiosidad. Y cuando estaba en Miraflores (de otra manera no tenía sentido) circulaba un chiste según el cual el circunspecto Caldera moría y era enviado al infierno, donde lo esperaba una rumba divina: ríos de caña, cornucopias de tequeños dorados y calienticos, Oscar D’León cantando día y noche y, por si fuera poco, Marilyn Monroe sentada en sus rodillas. En un momento de respiro, el doctor Caldera se alisaba el desgreñado cabello y le preguntaba al Diablo cómo era que ese lugar tan delicioso estaba tan desprestigiado y que le dijera, por favor, cuáles eran los pecados que estaban siendo castigados con aquella rubia tan fogosa; y el Diablo le contestaba: “No, mijo, no te equivoques, el castigo es para ella”.
La circulación de piezas como esta era completamente libre. Los chistes se contaban en voz alta, en presencia de desconocidos, en reuniones sociales, en oficinas públicas. No tenían la condición de gesto clandestino ni de acto de desafío heroico. Nadie pensaba que podía haber consecuencias por oírlos y, de hecho, nadie paró en una mazmorras por repetirlos o celebrarlos (hubiéramos ido todos a la cana, incluidos los ministros y el propio presidente satirizado). El jefe de Estado era una figura poderosa, desde luego, pero no estaba protegida por un aura de intangibilidad: no era hijo de Bolívar, mucho menos de Fidel Castro o de algún otro tirano. La burla era parte del ecosistema democrático. El poder admitía la irreverencia.
En fin, he recordado el chiste de Caldera al leer que el gobierno de Donald Trump notificó que Estados Unidos admite a Delcy Rodríguez como “la única jefa de Estado capaz de actuar en nombre de Venezuela”, en el contexto del restablecimiento de relaciones diplomáticas entre ambos países.
Dado que con este reconocimiento se le termina de arrebatar a Maduro la hojita de parra que le quedaba, da la impresión de que la tal distinción no es tanto para elevar a Delcy como para terminar de hundir al presidiario de Brooklyn. En realidad, la decisión no altera demasiado la situación del poder en Caracas. Desde la captura de Maduro, el aparato del Estado ha seguido funcionando bajo la dirección del mismo grupo político y militar, con Delcy Rodríguez ejerciendo de hecho las funciones del Ejecutivo. Washington simplemente pone nombre diplomático a una realidad ya existente.
Pero el efecto sobre Maduro es mucho más profundo y tiene que ver con su situación judicial en Estados Unidos. En el tribunal federal de Nueva York donde espera juicio por cargos de narcoterrorismo, tráfico de cocaína y delitos relacionados con armas, una de las líneas previsibles de su defensa es la inmunidad que corresponde a un jefe de Estado en ejercicio. Si el propio gobierno estadounidense establece que otra persona representa al Estado venezolano (y la interina lo acepta encantada), ese argumento pierde sustento. El hombre que insiste ante el juez en que sigue siendo el presidente de Venezuela queda, en los hechos, sin ese escudo. De modo que lo que parece elevar a Delcy termina funcionando también como una manera de estrechar el cerco jurídico alrededor de Maduro.
La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.



Publicar comentario