Davos y Múnich 2026: Perspectivas Críticas sobre el Orden Internacional en Tiempos de Crisis
Davos: Una interpelación viralizada
El Foro Económico Mundial, o Foro de Davos, junto con la Conferencia de Seguridad de Múnich, son dos de los encuentros anuales más importantes en el ámbito de las relaciones internacionales. Esto no es porque en ellos se decida el destino del mundo, sino porque ayudan a moldear la agenda global. En ambos eventos, que se realizan a inicios de cada año, en enero y febrero respectivamente, se reúnen jefes de Estado, ministros, embajadores, empresarios y representantes de la sociedad civil; personas con la capacidad de enfocar el interés público en los temas y discusiones más relevantes y necesarias.
Uno de los productos más interesantes del Foro de Davos es el reporte sobre los riesgos globales, que se hace público al mismo tiempo que la cumbre. Este informe sirve como insumo para decisores internacionales y también para aquellos que, por simple interés privado, siguen estos asuntos. Me gustaría destacar dos aspectos entre los hallazgos del informe publicado este año. Por un lado, se menciona que un sistema multilateral está bajo presión, además de la pérdida de confianza y la disminución de la transparencia y del respeto por el estado de derecho, características que definirían el escenario mundial que observamos hoy. Además, me llama la atención que los dos primeros riesgos globales reflejados sean de naturaleza geopolítica: la Confrontación geoeconómica y los conflictos armados estatales. La tendencia en los últimos años había sido, sin embargo, que la naturaleza de los riesgos más importantes no fuese geopolítica, sino social y ambiental.
Estos hallazgos del reporte de riesgos globales de su edición 2026, coinciden con las preocupaciones expresadas por el primer ministro canadiense, Mark Carney, el 20 de enero pasado durante el Foro de Davos, en un discurso que se volvería viral y atraería la atención de muchos.
“Hoy hablaré de la ruptura del orden mundial, del fin de una ficción agradable y del comienzo de una realidad brutal en la que la geopolítica de las grandes potencias no está sujeta a ninguna restricción.” Con estas palabras iniciaba Carney su intervención en Davos, hace aproximadamente un mes. Lo que dijo Carney no es, en sí mismo, algo del todo nuevo; se discute lo mismo desde hace varios lustros en espacios académicos. Lo que es novedoso es que esto lo exprese el jefe de un Estado que ha sido y es parte de esa ficción, como él la llamó. La potencia de lo dicho por Carney radica en que esta dura interpelación al sistema global, que ha moldeado las relaciones internacionales durante las últimas ocho décadas, venga desde «adentro», y no desde los revisionismos históricos asociados al llamado Sur Global.
La naturaleza de las alarmas que activa Mark Carney es tal, que recurre a Tucídides para describir el momento actual. Tucídides fue un militar ateniense que hace veinticinco siglos escribió ‘Historia de la guerra del Peloponeso’, en donde se recrea el célebre Diálogo de Melos. En él, los atenienses exigen a Melos, neutral en el conflicto, unirse a Atenas, so pena de ser destruidos. Cuando los melios expresan su deseo natural de preservarse y mantenerse alejados del conflicto, los atenienses responden: “Traten más bien de lograr lo posible según lo que ambos bandos realmente pensamos, sabiendo tanto ustedes como nosotros que en el razonamiento humano lo justo cuenta cuando hay igualdad de fuerzas y que los poderosos hacen lo que les permiten sus fuerzas mientras que los débiles ceden.”
Un orden basado en reglas y algo más
Quiero referirme un poco a eso que llamamos el orden mundial, porque es desde su caracterización que podremos saber si, efectivamente, está en crisis y cuáles son las posibles rutas para su reordenamiento o ruptura definitiva.
Es difícil definir con certeza cuándo estamos ante un fenómeno estable de carácter internacional. Por ejemplo, en las aulas donde se forman internacionalistas, decimos que la disciplina de las Relaciones Internacionales se fundó en 1919, con la instalación de la Cátedra de Relaciones Internacionales en la Universidad de Aberystwyth, Gales, después de la primera guerra del siglo XX. De manera similar, cuando hablamos del orden internacional actual, ubicamos su nacimiento en 1945, al final de la segunda guerra del siglo XX. Aunque ambos momentos coinciden en que marcaron el final de confrontaciones armadas internacionales, no son cualitativamente iguales. Salta a la vista que 1919 no garantizó la paz internacional esperada, pues apenas 20 años después, en 1939, comenzaba la Segunda Guerra Mundial, profundizando el horror ya vivido en la Primera, con el Holocausto. Para este artículo, sin embargo, las diferencias más significativas entre ambos momentos son otras. En 1919, a pesar de los esfuerzos del presidente estadounidense Woodrow Wilson por establecer un sistema internacional que previniera la guerra, la Paz de Versalles resultó ser absolutamente insuficiente para construir la paz, ya que se centró demasiado en los elementos materiales de la guerra y en las sanciones a los vencidos.
Por el contrario, 1945 no fue el punto cero desde el que se comienza la construcción del orden internacional actual, sino el inicio de algo que ya se venía reflexionando y que superaba la simple necesidad de ganar la guerra. Así como en 1919, aunque de forma fallida, un presidente estadounidense tendría un rol significativo, también un presidente estadounidense desempeñó un papel determinante en la década de los 40. Se trata de Franklin Delano Roosevelt, considerado por muchos como el arquitecto de lo que hoy se llama orden internacional o, si se quiere, orden liberal mundial.
En agosto de 1941, cuatro meses antes del ataque a Pearl Harbor por parte de Japón y del ingreso de Estados Unidos a la Segunda Guerra Mundial, Roosevelt y el primer ministro británico, Winston Churchill, se encontraron en algún punto del Atlántico a bordo del USS Augusta, un crucero de la Armada de los Estados Unidos. Ese encuentro resultó en un documento corto en extensión, pero amplio en la visión hacia el futuro que planteaba. No se trataba solo de acabar con el régimen nazi y con la guerra que este había provocado; se trataba de establecer las bases de un orden moralmente superior y capaz de generar bienes públicos de carácter global.
Roosevelt, por su parte, hizo un guiño a su propio proyecto doméstico planteado en el New Deal, el cual inmortalizó en su famoso discurso de las Cuatro Libertades ante el Congreso de los Estados Unidos, siete meses antes de la reunión con Churchill.
El 6 de enero de 1941, Roosevelt se dirigió al Congreso estadounidense con estas palabras: “En los días futuros, que pretendemos hacer seguros, esperamos ver un mundo fundamentado en cuatro libertades humanas esenciales. La primera es la libertad de discurso y expresión – en cualquier lugar del mundo. La segunda es la libertad de cualquier persona para adorar a Dios de la manera que elija – en cualquier lugar del mundo. La tercera es la libertad frente a la miseria, que, traducida a términos mundiales, significa acuerdos económicos que aseguren a cada nación una vida digna y en paz para todos sus habitantes, en cualquier sitio del mundo. La cuarta es la libertad de miedo- que, en términos mundanos, implica una reducción global de armamentos a un nivel y de una manera tan reflexiva que ninguna nación estará en posición de cometer actos de agresión física contra ningún vecino – en cualquier parte del mundo. Esta no es la visión de un milenio distante. Es una base definitiva para un mundo posible en nuestro propio tiempo y generación.”
A la Carta del Atlántico le siguieron las conferencias de Washington, 1942 – 1943; Moscú y Teherán, 1943; Bretton Woods y Dumbarton Oaks, 1944; Yalta y Potsdam, 1945 y, finalmente, San Francisco, donde nació formalmente la Organización de Naciones Unidas en 1945. Es pertinente añadir a este recorrido, París en 1948, con la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
Era el inicio de un mundo basado en reglas, como suele decirse, pero no reglas a secas. Era la proyección internacional de un modelo doméstico, el norteamericano – liberal, que encontraba ecos al otro lado del Atlántico y que, luego de 1945, sería capaz de atraer también a actores de otros hemisferios. Un orden basado en el valor de las instituciones, de la democracia, de los derechos humanos, de la libertad y la dignidad de las personas.
Internacionalista – Profesor de pregrado y posgrado UCV
La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.



Publicar comentario