Crónica de un Terremoto Infinito: Relatos de La Guaira entre Escombros y Esperanza
Esta crónica reconstruye el apocalipsis a través de una mirada coral y vivencial: desde una sala en el cerro Las Lluvias y la odisea de escapar de torres colapsadas en Mare Abajo, hasta la angustiosa búsqueda familiar entre escombros, oscuridad y caminos bloqueados por la devastación
El suelo no avisa cuando decide tragarse la historia de una vida enterá. A las 6:04 p.m. del 24 de junio, la tierra en La Guaira no solo tembló: rugió como un trueno subterráneo que reventó los cimientos del estado y dejó el tiempo suspendido en una nube de polvo blanco.
Mientras yo, sentado en la mesa de la sala en el cerro Las Lluvias, sentía que las paredes de la casa se volvían de gelatina y abrazaba a mi madre rezando para que el techo no nos sepultara, a kilómetros de distancia, en la carretera hacia Los Caracas, mis tíos Marciano y Flor sentían el golpe seco en el carro, creyendo que los cuatro cauchos se habían reventado a la vez, antes de ver cómo los árboles y la montaña entera se desprendían sobre la vía.
Fue el mismo momento en el que Jesús, mi hermano menor, se quedaba mudo y paralizado en la cocina de mi abuela -en la casa de abajo-, intentando entender un sismo que jamás había sentido. Fue el mismo momento en el que -al oeste, en el urbanismo Hugo Chávez- Osmerlys Pérez y sus hijos tomaban la decisión más desesperada de sus vidas: lanzarse al vacío desde un segundo piso mientras el edificio entero se desplomaba a sus espaldas.
Esa es la radiografía de un minuto trágico fragmentado en mil pedazos. Un rompecabezas de terror simultáneo donde cada quien vivió su propio apocalipsis a la misma hora.

En mi casa, ubicada en la parte media del cerro, el día había transcurrido pesado. Desde la madrugada llovía con furia, con truenos tan violentos que presagiaban algo oscuro. Yo pasé las horas trabajando en modo freelance, escribiendo y editando entre la mesa y la ventana que da hacia el puerto. Tenía un mono gris puesto, estaba sin camisa y descalzo. A las 6:04 p.m., el aire se detuvo antes del estruendo.
—Mamá, está temblando —alcancé a advertir. Ella, que revisaba el teléfono en la cama, intentó incorporarse pero cayó de golpe. Cuando logró salir a la sala, la tierra ya rugía con una violencia desmedida. Quedó paralizada, con los ojos abiertos por el pánico, y comenzó a orar con desesperación. La arrastré hasta el marco de la puerta del cuarto, bajo una columna, y nos abrazamos con tanta fuerza que los huesos dolían.
Mientras nosotros nos tambaleábamos y veíamos la casa de al lado mecerse como si fuera de papel, a kilómetros de allí, Marciano y Flor vivían su propia pesadilla sobre el asfalto. El carro se sacudió violentamente; ellos creían que era una falla mecánica, pero al rodar unos metros más y ver el retrovisor, entendieron el horror: la vegetación se venía abajo y la vía colapsaba. El pánico los obligó a dejar el vehículo abandonado en medio de la nada para correr hacia Caribe, sin saber que al llegar al edificio OPP 27 se encontrarían con un solar vacío. El lugar ya no existía.
En mi casa el evento se vivía en capas. El piso se movía de forma horizontal al principio para luego volverse un remolino circular que amenazaba con partir la estructura en dos. Yo pensaba en la casa de arriba y de atrás, temiendo que se viniera abajo sobre nosotros, o que nuestra placa cediera y cayéramos directo a la casa de mi abuela. A través de la ventana podía ver la vivienda de al lado: se mecía exactamente igual, como si fuera de papel.

Fue un momento eterno. No sé cuánto duró; conté cinco segundos, pero la desesperación disolvió la noción del tiempo. Mientras más fuerte sacudía el sismo, más aterrador era el sonido de la tierra desgarrándose. Tenía los ojos anegados en lágrimas, abrazado a mi madre, gritándole a papá —que dormía— que se levantara, mientras nuestra perra se escondía aterrorizada bajo un mueble.
En medio del caos, mi mamá comenzó a gritar el nombre de mi hermano menor. Minutos antes había bajado a la casa de abajo para llenar unos envases con el agua que apenas llegaba. Ella quería salir corriendo, pero el cuerpo no le respondía. Yo quería grabar el momento con el teléfono, pero era imposible: mis manos temblaban de puro pánico, sacudidas por la misma furia de la tierra.
Un pipote de agua recién llenado se cayó en la entrada y bloqueó la puerta, una prueba física de la potencia brutal del sismo. Con cautela, me acerqué, levanté el pipote como pude y eché un vistazo hacia el cerro. A las 6:10 p.m. escribí «terremoto» en los grupos de trabajo y pregunté «¿están bien?» en el chat familiar. Después de eso, el silencio: la luz se fue por más de 24 horas y la señal telefónica desapareció por tres días.
Me vestí rápido, tomé el celular y bajé a la casa de mi abuela. Mi hermano estaba bien; me contó que le pasó lo mismo, estupefacto en la entrada de la cocina. Él jamás en su vida había sentido un temblor. Mi abuela, en cambio, lo vivió con otra perspectiva: ya había sobrevivido al devastador terremoto de 1967. Había replicado, sin saberlo, la imagen de mi mamá y de mí: mi tío la abrazó fortísimo. Estaba tranquila. Ella decía que no sintió el movimiento en sí, sino el estruendoso rugido del techo del anexo de la casa grande.

Regresé a nuestra platabanda para mirar el horizonte. No entendía la magnitud, pero a lo lejos vi una densa nube de polvo levantándose sobre la ciudad.
Salimos a la calle. Me puse ropa negra y decidí caminar para ver qué había pasado. Llovía de nuevo. La gente se agolpaba en las vías, huyendo despavorida de las estructuras de concreto. Vi paredes derribadas, postes eléctricos caídos y la fachada de una iglesia destruida entre Pariata, 10 de Marzo y Maiquetía. En mi ingenuidad de centralista, creí que esos daños «no tan fatales» eran lo peor. No cabía en mi cabeza la devastación absoluta que en ese preciso instante arrasaba con el este y el oeste del estado.
Las horas pasaban con lentitud angustiosa. Nadie podía comunicarse. Se escuchaban algunas sirenas lejanas, totalmente insuficientes para el tamaño de la catástrofe que flotaba en el aire. A las 8:30 p.m. cayó la noche y, con ella, la llegada de «La negra», una de nuestras primas, que apareció con los ojos hinchados de tanto llorar. «Catia la Mar desapareció», soltó entre sollozos. La frase nos dejó secos, pensando en la enorme red de familiares que tenemos regada por toda esa zona. «Playa Grande se derrumbó», «Mare quedó destruido».
El miedo nos paralizó y tomamos una decisión urgente: dividirnos para buscar a los nuestros.

Mientras Eladio caminaba hacia Súma cruzando la devastación y encontraba a la familia de Osmerlys entre los heridos del urbanismo Hugo Chávez, «La Negra» y yo caminábamos en simultáneo hacia Mare buscando a Osnerbis. Avanzábamos en absoluta oscuridad pasadas las 8:30 p.m., saltando grietas gigantescas en la carretera costera que parecían abiertas por las garras de un monstruo. Llegamos a la zona habitada de Mare Abajo.
La oscuridad ocultaba parcialmente la escena dantesca: la escuela local colapsada hacia adentro, casas inclinadas y destruidas, y los edificios en pie pero con las fachadas vaciadas como si hubieran sido alcanzados por bombas. No había gente en las calles; el silencio era espeso. No los encontramos en sus hogares porque la comunidad se había trasladado al polideportivo buscando refugio, nos conseguimos tras horas de angustia ciega. El primer abrazo fue un bálsamo.

Casi al mismo tiempo, las noticias del este nos golpeaban con la misma fuerza. Una tía llegó en moto desde Mamo y nos soltó otra bofetada: «Caribe está destruido. Tu tío Marciano lo perdió todo, pero está bien». Se salvaron de milagro porque celebraban el Día de San Juan y habían llegado minutos después del sismo. Su esposa relató la odisea: iban llegando a Los Caracas cuando sintieron el golpe seco en los cauchos, vieron un árbol colapsar y la vegetación venirse abajo. Tardaron 40 minutos en recorrer el tramo entre Naiguatá y Tanaguarenas, bloqueados por humo y fuego, antes de dejar el carro abandonado en un bosque y correr hacia un Caribe que ya no existía.
Al día siguiente, el amanecer no trajo alivio, sino más caminos por andar.
Eladio, mi hermano Roger y yo volvimos a caminar hacia el oeste, a Catia La Mar para dar con el paradero de nuestra hermana Rohelyn. Por fortuna, la encontramos a salvo en el sector Santa Eduvigis. Yo intentaba reportear, tomar notas y hacer fotos con la mente partida, intentando mantener la objetividad periodística mientras el corazón me latía en la garganta buscando al resto de la familia. Con los días, el rompecabezas del horror sumó otra pieza dolorosa: nos enteramos de que otra tía, esposa de un tío, había quedado tapiada. Su cuerpo sin vida aparecería 11 días después bajo los escombros.
Hoy, a semanas de aquel 24 de junio, cuando recorro los refugios improvisados en el campo de golf de Caribe o las carpas de Mare Abajo y veo a la gente negándose a abandonar las ruinas, entiendo que nosotros tampoco nos hemos movido de ese día. El sismo duró solo unos segundos, pero el estruendo de la tierra sigue resonando en cada esquina de La Guaira, recordándonos que hay sismos que nunca terminan de sacudírnos por dentro.
*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes «contra el odio», «contra el fascismo» y «contra el bloqueo». Este contenido fue escrito tomando en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.
Post Views: 31



Publicar comentario